Juan Pablo López
Era la tercera noche que Galatea no podía dormir, se levantaba sudorosa y agitada, miraba a su lado, él seguía durmiendo tranquilo. Abría las ventanas y se quedaba el tiempo suficiente para refrescarse, mirando el cielo sentía ganas de llorar, no sabía por qué, ahí estaba parada de nuevo. Se dirigió a la mesa de noche, cogió el vaso de agua y bebió, él seguía durmiendo, se sentó en la cama, sentía el agotamiento acumulado, acomodó la almohada buscando la forma para acostarse, que solo fuera colocar la cabeza y caer dormida. Se recostó y su cuerpo se desvaneció entre las sabanas. En la tranquilidad del sueño logrado sintió un fuerte golpe en sus caderas. Alarmada abrió los ojos e intentó pararse, no lo logró, intentó gritar, sin embargo, ningún sonido salió, desesperada comenzó a mirar para todo lado, no reconocía el lugar, no era su habitación, él no estaba a su lado, lloró y sintió cómo las lágrimas se deslizaban, cerró sus ojos e intentó moverse de nuevo cuando una mano se posó sobre su hombro, Gala despierta, Gala ¿Estas bien? Abrió los ojos y él estaba a su lado, emocionada, lo abrazó fuerte, tanto que sus cuerpos parecían uno solo, ¿Estas bien hermosa? Me desperté al escuchar un ruido y al mirarte estabas llorando y tratando de moverte. Lo siento, tuve un sueño muy fuerte, no podía hablar, tu no estabas, todo era muy confuso, sentí un dolor terrible en la cadera, por favor no dejes de abrazarme. Tranquila, aquí estoy contigo. Con un poco de calma, Galatea se revisó la cadera, había sido muy vívido el dolor y quería asegurarse que todo estaba bien, encontró un morado, se miraron. Hermosa ha de ser que te golpeaste en el día y no te acuerdas, no te asares, tratemos de dormir. Galatea lo abrazó más fuerte, se repitió a su misma tres veces, él tiene razón es mejor dormir. Y como si fuera un conjuro finalmente logró conciliar el sueño.
Se levantó por el calor, miró el reloj, era medio día, ¡No, me quedé dormida! Corrió rápido al baño, en el trayecto se quitó el pijama como pudo, al cerrar la puerta y abrir la llave se percató que no tenía la toalla, salió hacia la habitación, chocó contra él ¡Me cogió la tarde ¿por qué no me levantaste?! Sonriendo, él la coge de la mano y la acerca ¡porque hoy eres mía, además es domingo! Galatea se sonroja ¡eres un bobo! Perdón, tenía que aprovechar la vista, no todos los días te puedo ver corriendo desnuda. Galatea le da un pequeño empujón ¡eres un cansón! me voy a bañar ¿qué vamos a hacer hoy? Lo que tú quieras ¿qué te provoca? La verdad no sé. ¿Salimos a comer? Estoy haciendo el almuerzo, pero está bien, lo podemos dejar para la comida. Bueno ¿no te quieres bañar conmigo?
Entran a la ducha, él la comienza a enjabonar, pasa suavemente por sus hombros, por su espalda, llega a sus senos, Galatea se eriza, él baja un poco más, ella lo agarra del cabello y lo funde entre sus piernas, él comienza a mover su lengua mientras Galatea busca aferrarse a la pared, ella lo mira, se muerde los labios, él siente el calor que emana ella, busca entrar más y llenarse de toda su humedad, la agarra de la cadera, Galatea grita y lo separa inmediatamente, ¿Qué pasó? ¿te lastimé? Entre llantos Galatea le da la espalda, él la mira y observa que el morado es más grande, ella se toca por instinto, cierra los ojos, el dolor es demasiado intenso, se desmaya ¡Galatea despierta, Gala! Ella abre los ojos, siente como si fuera un deja vu, está en la cama con el cabello mojado, siente dolor en el brazo y la cadera ¿Qué te pasó? Me asustaste mucho. No sé qué me pasa, solo sentí un dolor tan fuerte que cuando cerré los ojos y los abrí de nuevo estaba acá acostada, perdóname. No tienes por qué pedir perdón, ahora eres tú la boba, te desmayas y te levantas pidiéndome disculpas, ojalá fueras así siempre cuando te enojas. No me hagas reír que me duele todo. Galatea se mira el cuerpo, se ve un nuevo morado en el brazo, no sabe bien el por qué, al verse así solo puede llorar. Hermosa acá estoy contigo, cálmate, ven te ayudo a cambiar y nos vamos para el médico, no me gustan para nada esos morados. Por favor quedémonos en la casa, no quiero ir al médico, solo déjame abrazarte, déjame dormir un rato y revisamos luego ¿Cómo se te ocurre? hay que ir al médico. No, en serio, solo quiero quedarme a tu lado, no quiero salir, no quiero dar explicaciones. Por favor Galatea, vamos. Ella lo besa, quedemos en casa, si vuelve a pasar algo te juro que saldré desnuda si es el caso. No digas eso hermosa, no estoy de acuerdo, pero tampoco te voy a obligar. Lo sé, desde que nos conocimos nunca mes has obligado a nada, siempre me has dejado ser. Te amo.
Una semana después de desmayarse, Galatea se encuentra abriendo las ventanas y mirando el cielo nocturno que la refresca, se mira el brazo y la cadera, los morados siguen allí como si fueran un estigma, él intentó varias veces convencerla de ir al médico, ella se negó rotundamente, no estaba segura, sentía que ir al médico no le iba ayudar. Miró hacia la cama, ojalá pudiera dormir como él, respiró hondo y se dirigió hacia la mesa de noche, tomó un poco de agua y se sentó en la cama, cerró los ojos e intentó repetir la frase que le permitió descansar la ultima vez. Relajada se acostó buscando abrazarlo, sintió un golpe fuerte en las rodillas como si se las destrozaran, gritó ahogada y comenzó a llorar, no sabe qué sucedió. Vamos cálmate, tú puedes dormir, no hay necesidad de alarmar a nadie. El dolor se intensificó, con fuerza y muchas lágrimas se aferró a él y se desmayó.
Abre los ojos, se encuentra sobre el suelo, inmóvil, intenta hablar y no puede, escucha que viene alguien, trata de pedir ayuda, sus labios no se mueven, mira al fondo de la habitación, ve mesas llenas de esculturas derruidas, caras a medio tallar, se asusta, siente afinidad con ellas. Escucha que los pasos están más cerca, vienen de la parte trasera, no se puede mover, siente una mano que pasa por debajo de su cabeza, la otra pasa por su cadera, la levanta, Galatea se siente pesada, siente que la persona que la levanta la rodea y se muestra ante sus ojos, está llorando, se seca las lagrimas ¿Por qué? ¿por qué no te puedo volver a ver? tú no eres ella. Galatea confundida intenta hablar. Solo eres una copia, la peor, me lo prometiste Afrodita, ella volvería a mí. Él empuja a Galatea que cae de espaldas. Consternada, ella mira al techo, hay un espejo, su reflejo muestra un cuerpo marmoreo, solo tiene un brazo, en la cadera un boquete y las rodillas son láminas finas que se unen a los pies. Llora, sabe que nunca va a volver a abrazarlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario