Alexandra Correa
"Yo, Daniela te recibo a ti Rodrigo, como mi esposo. Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe”, fueron las palabras que la llevarían al infierno. Rodrigo recién se había graduado de arquitectura y Daniela estaba a un año de terminar derecho. Vivían un amor atrapado en un cuarto de hotel en el centro.
–Ven mi amor – le dijo Daniela desde la cama.
Corrió la sábana y subió el camisón hasta dejarle ver la entrepierna. Rodrigo se excitó con los senos de pezones oscuros, se acercó y con brusquedad le apartó sus largas piernas. Sus cuerpos se fundieron y sus respiraciones agitadas y acompasadas se entrelazaron en un susurro compartido. La habitación estaba en penumbra. La respiración de ambos se había calmado, convirtiéndose en un silencio cómodo y compartido. Ella tenía la cabeza sobre el pecho de él, escuchando el latido lento de su corazón, mientras el acariciaba su cabello, con una sonrisa sosegada.
– ¡Cásate conmigo! – le propuso. Te haré feliz. La cubrió y le dio un beso en la frente.



















