Alexandra Correa
Donald y su esposa eran los propietarios del
pent-house en el piso 35 del edificio América. Él tenía fama de ególatra,
prepotente y orgulloso, ella poseía una figura envidiable y rasgos refinados. Los hijos de Donald lo asediaban de manera
permanente, expresándole que sus vecinos, los habitantes de los pisos bajos
eran sucios y desorganizados. Los catalogaban de indios piojosos y
pati-rajados. ¿Cuándo vas a sacar a esos pobretones de los pisos bajos? Huelen a
feo, son horribles, no son como nosotros, de piel blanca y ojos azules, asustan
al verlos. Hemos escuchado rumores de que acogen hampones y que meten vicio.
Juntaron sus manos en súplica para que su padre hiciera algo.
En el piso diez residía doña Vene, una mujer
esplendorosa. En sus años de adolescencia había sido la más linda del universo.
Estuvo casada con un jeque que la abastecía de joyas; de eso hace más de
treinta años. Fue la época en la que el petróleo estaba en su mejor apogeo.
Cansada de tener por marido al jeque, se dio a la tarea de conquistar otras
pieles y así conoció a un coronel llamado Hugo. Él le prometería lo que
inocentemente ansiaba, libertad para compartirla con sus hijos. Durante años
permaneció en la opulencia, se sentía plena y feliz.
De manera inesperada Hugo cambió y comenzó a expresarse su verdadera personalidad. Sutilmente comenzó
a robarle las joyas que guardaba celosa en la caja fuerte, las antigüedades,
las vajillas de porcelana china, las escrituras de propiedades, y los lingotes
de oro.
Después de varios años de convivencia se le
desdibujó la figura del coronel y en medio de su desilusión anheló que algún
día Dios se apiadara de ella y se lo llevara bien lejos. Sus peticiones se le
vieron cumplidas, un cáncer fulminante acabó con la vida del coronel, doña Vene
permanecía bella y con una amplia fortuna. A rey muerto, rey puesto. No pasaron
muchos meses cuando ya la estaba pretendiendo Nico. Él le brindaba todo tipo de
mimos, era un seductor empedernido. La mayoría de los hijos de Vene abandonaron el apartamento porque no
estaban de acuerdo con la relación, estaba metida desde los pies hasta la
cabeza.
Pasarían trece años para que su belleza que
tanto la había caracterizado lentamente se difuminara. Nico llegaba en las
noches ebrio, la sacaba de la cama para golpearla. Los vecinos de los pisos
aledaños se hacían los desentendidos. Algunos decían <<es mejor no
meterse>>, <<ese problema de cobijas que lo resuelvan ellos>>, <<desde que no sea en mi casa, no me
preocupa>>, <<cada uno labra el destino que se merece>>,
<<Dios nos libre de una familia como esa>> y otras tantas cosas que
se dicen de puertas para dentro.
La Vene tenía de vecina a la Colombí en el piso
nueve, una mujer bien parecida, alegre, educada y trabajadora. Al igual que su
vecina había tenido un matrimonio tormentoso durante cuarenta años con
Marulanda. Las malas lenguas decían que él tenía regado hijos en los pisos
bajos y que habían crecido en malas condiciones. Sus descendientes eran como
bosques de árboles torcidos, difíciles de enderezar. Los hijos de Marulanda y
la Colombí se hacían notar cuando iban de ronda por el vecindario, tiraban
pólvora, hacían algarabía, poco acataban las leyes. Los vecinos preferían
trancar sus puertas por el miedo que les producían, se guardaban temprano para
no tener que cruzárselos.
El edificio América se había convertido en un
rifi y rafe de chismes, peleas y mal ambiente. Los pisos bajos querían que los
invitaran al último, añoraban tomarse un coctel en el rooftop, codearse con los
hijos de Donald y exhibirse en las redes. Contrario a lo que muchos imaginaban
los del último se habían puesto las pilas porque lo que menos querían eran
juntarse con la chusma de los pisos bajos y optaron por construir un ascensor
privado desde el sótano al piso 35, sin contacto con la plebe.
Una noche se escuchó una algarabía que inquietó
al edificio. Los ruidos provenían del piso de la Vene, gritaba, se quejaba y
les pedía ayuda a sus vecinos. Todos se hicieron los de la vista gorda. Nadie
quería meterse en problemas, comentaban que a ese apartamento había llegado los
mejores amigos de Nico: Fidel y otro al que apodaban el Putas. Este último
tenía fama de ser más malo que Caín, venía de la zona norte y pertenecía a la
pandilla comandada por Rasputín. La música a pleno volumen, las drogas, el ron
y el vodka hicieron estragos en la Vene. La drogaban y abusaban hasta dejarla
casi muerta. Donald estaba al tope de semejante libertinaje, no deseaba que sus
hijos estuvieran rodeados de malas compañías. Todas las noches se sentaba junto
a la chimenea a meditar cual sería la mejor forma para sacar esos vecinos
indeseables del edificio. Unos amigos de Donald que vivían en los límites del
barrio le habían hablado de un servicio de limpieza. Sin pensarlo dos veces los
contactó, él no mancharía sus manos y ante los ojos del vecindario sería un
simple accidente.
Los hombres llegaron como inspectores del
servicio de gas, argumentaban que habían reportado un escape en la zona y por
tanto debían evacuar el edificio en forma de prevención. Al entrar al piso diez
quedaron perplejos al ver encima del comedor varios contenedores con polvo
blanco, jeringas, látigos y un tubo para hacer pole dance. En el cuarto
principal, cruzando el vestidor había un pasadizo que comunicaba con un bunker
revestido en acero. En la pared de la otra habitación había fotos pegadas de
cada uno de los propietarios del edificio, pero lo que más les impactó fue ver
la de Donald con una equis surcándole la cara y una frase escrita con marcador
rojo “tú serás el próximo”. Los hombres asustados corrieron a terminar el
trabajo, dejaron una pequeña fuga, casi imperceptible. Sabían que Nico, Fidel y
el Putas estarían de farra aquella noche. El estallido fue el detonante que
estremeció al edificio. Nico se llevó la peor parte, desfigurado y en estado
lamentable fue conducido a una zona de la ciudad donde muy pocos salen con
vida. La Vene agonizante y con los huesos rotos, hacía su mejor esfuerzo para
seguir viviendo. Donald condolido contrató de manera permanente una enfermera
llamada Deisy para ayudarla en su recuperación. El trato pactado sería que ella
debía informarle todo lo que ocurriera de puertas para adentro en el piso diez,
absolutamente nadie podría seguirle robando a la Vene.
La Colombí se puso las pilas y puso de patitas
en la calle a Marulanda, le gritó que se fuera para la mierda, estaba cansada
de sus humillaciones, no quería terminar como la Vene. La señora Amazonita
propietaria del piso quinto, una de las más antiguas del edificio y
descendiente de uno de los mejores chamanes de la zona, se caracterizaba por
hacer todo tipo de menjurjes, era sabia. Nunca fue de su total agrado el dueño
del pent-house, lo consideraba un mal elemento. Su percepción de él cambió
cuando se enteró de las estrategias que había usado para ayudar a la Vene, aplaudió su genial
intervención. Era de las que pensaba que si un piso está mal los demás
acarrearían con el mismo destino, porque a la final uno se convierte en las
personas que lo rodean.
Un apartamento criticaba al otro, enjuiciaban a
Donald, le gritaban que era un entrometido y que no tenía el derecho de meterse
en la vida de los otros, pero la Amazonita les dijo que era peor ver y no
actuar, porque el silencio ante la injusticia nos hace igual de cómplices. La mayoría abandonó el barrio buscando un
mejor futuro para sus hijos, la propiedad perdió valorización, la gente no
quiso volver a invertir en la zona.
Solo quedó el recuerdo durante varias
generaciones de que en el piso diez vivió la mujer más hermosa del universo.
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