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miércoles, 25 de febrero de 2026

El vecindario

Alexandra Correa

 


Donald y su esposa eran los propietarios del pent-house en el piso 35 del edificio América. Él tenía fama de ególatra, prepotente y orgulloso, ella poseía una figura envidiable y rasgos refinados. Los hijos de Donald lo asediaban de manera permanente, expresándole que sus vecinos, los habitantes de los pisos bajos eran sucios y desorganizados. Los catalogaban de indios piojosos y pati-rajados. ¿Cuándo vas a sacar a esos pobretones de los pisos bajos? Huelen a feo, son horribles, no son como nosotros, de piel blanca y ojos azules, asustan al verlos. Hemos escuchado rumores de que acogen hampones y que meten vicio. Juntaron sus manos en súplica para que su padre hiciera algo.

 En el piso diez residía doña Vene, una mujer esplendorosa. En sus años de adolescencia había sido la más linda del universo. Estuvo casada con un jeque que la abastecía de joyas; de eso hace más de treinta años. Fue la época en la que el petróleo estaba en su mejor apogeo. Cansada de tener por marido al jeque, se dio a la tarea de conquistar otras pieles y así conoció a un coronel llamado Hugo. Él le prometería lo que inocentemente ansiaba, libertad para compartirla con sus hijos. Durante años permaneció en la opulencia, se sentía plena y feliz.

 De manera inesperada Hugo cambió y comenzó a expresarse  su verdadera personalidad. Sutilmente comenzó a robarle las joyas que guardaba celosa en la caja fuerte, las antigüedades, las vajillas de porcelana china, las escrituras de propiedades, y los lingotes de oro.

 Después de varios años de convivencia se le desdibujó la figura del coronel y en medio de su desilusión anheló que algún día Dios se apiadara de ella y se lo llevara bien lejos. Sus peticiones se le vieron cumplidas, un cáncer fulminante acabó con la vida del coronel, doña Vene permanecía bella y con una amplia fortuna. A rey muerto, rey puesto. No pasaron muchos meses cuando ya la estaba pretendiendo Nico. Él le brindaba todo tipo de mimos, era un seductor empedernido. La mayoría de los hijos de  Vene abandonaron el apartamento porque no estaban de acuerdo con la relación, estaba metida desde los pies hasta la cabeza.

 Pasarían trece años para que su belleza que tanto la había caracterizado lentamente se difuminara. Nico llegaba en las noches ebrio, la sacaba de la cama para golpearla. Los vecinos de los pisos aledaños se hacían los desentendidos. Algunos decían <<es mejor no meterse>>, <<ese problema de cobijas que lo resuelvan ellos>>,   <<desde que no sea en mi casa, no me preocupa>>, <<cada uno labra el destino que se merece>>, <<Dios nos libre de una familia como esa>> y otras tantas cosas que se dicen de puertas para dentro.

 La Vene tenía de vecina a la Colombí en el piso nueve, una mujer bien parecida, alegre, educada y trabajadora. Al igual que su vecina había tenido un matrimonio tormentoso durante cuarenta años con Marulanda. Las malas lenguas decían que él tenía regado hijos en los pisos bajos y que habían crecido en malas condiciones. Sus descendientes eran como bosques de árboles torcidos, difíciles de enderezar. Los hijos de Marulanda y la Colombí se hacían notar cuando iban de ronda por el vecindario, tiraban pólvora, hacían algarabía, poco acataban las leyes. Los vecinos preferían trancar sus puertas por el miedo que les producían, se guardaban temprano para no tener que cruzárselos.

 El edificio América se había convertido en un rifi y rafe de chismes, peleas y mal ambiente. Los pisos bajos querían que los invitaran al último, añoraban tomarse un coctel en el rooftop, codearse con los hijos de Donald y exhibirse en las redes. Contrario a lo que muchos imaginaban los del último se habían puesto las pilas porque lo que menos querían eran juntarse con la chusma de los pisos bajos y optaron por construir un ascensor privado desde el sótano al piso 35, sin contacto con la plebe.

 Una noche se escuchó una algarabía que inquietó al edificio. Los ruidos provenían del piso de la Vene, gritaba, se quejaba y les pedía ayuda a sus vecinos. Todos se hicieron los de la vista gorda. Nadie quería meterse en problemas, comentaban que a ese apartamento había llegado los mejores amigos de Nico: Fidel y otro al que apodaban el Putas. Este último tenía fama de ser más malo que Caín, venía de la zona norte y pertenecía a la pandilla comandada por Rasputín. La música a pleno volumen, las drogas, el ron y el vodka hicieron estragos en la Vene. La drogaban y abusaban hasta dejarla casi muerta. Donald estaba al tope de semejante libertinaje, no deseaba que sus hijos estuvieran rodeados de malas compañías. Todas las noches se sentaba junto a la chimenea a meditar cual sería la mejor forma para sacar esos vecinos indeseables del edificio. Unos amigos de Donald que vivían en los límites del barrio le habían hablado de un servicio de limpieza. Sin pensarlo dos veces los contactó, él no mancharía sus manos y ante los ojos del vecindario sería un simple accidente.

 Los hombres llegaron como inspectores del servicio de gas, argumentaban que habían reportado un escape en la zona y por tanto debían evacuar el edificio en forma de prevención. Al entrar al piso diez quedaron perplejos al ver encima del comedor varios contenedores con polvo blanco, jeringas, látigos y un tubo para hacer pole dance. En el cuarto principal, cruzando el vestidor había un pasadizo que comunicaba con un bunker revestido en acero. En la pared de la otra habitación había fotos pegadas de cada uno de los propietarios del edificio, pero lo que más les impactó fue ver la de Donald con una equis surcándole la cara y una frase escrita con marcador rojo “tú serás el próximo”. Los hombres asustados corrieron a terminar el trabajo, dejaron una pequeña fuga, casi imperceptible. Sabían que Nico, Fidel y el Putas estarían de farra aquella noche. El estallido fue el detonante que estremeció al edificio. Nico se llevó la peor parte, desfigurado y en estado lamentable fue conducido a una zona de la ciudad donde muy pocos salen con vida. La Vene agonizante y con los huesos rotos, hacía su mejor esfuerzo para seguir viviendo. Donald condolido contrató de manera permanente una enfermera llamada Deisy para ayudarla en su recuperación. El trato pactado sería que ella debía informarle todo lo que ocurriera de puertas para adentro en el piso diez, absolutamente nadie podría seguirle robando a la Vene.

 La Colombí se puso las pilas y puso de patitas en la calle a Marulanda, le gritó que se fuera para la mierda, estaba cansada de sus humillaciones, no quería terminar como la Vene. La señora Amazonita propietaria del piso quinto, una de las más antiguas del edificio y descendiente de uno de los mejores chamanes de la zona, se caracterizaba por hacer todo tipo de menjurjes, era sabia. Nunca fue de su total agrado el dueño del pent-house, lo consideraba un mal elemento. Su percepción de él cambió cuando se enteró de las estrategias que había usado  para ayudar a la Vene, aplaudió su genial intervención. Era de las que pensaba que si un piso está mal los demás acarrearían con el mismo destino, porque a la final uno se convierte en las personas que lo rodean.

 Un apartamento criticaba al otro, enjuiciaban a Donald, le gritaban que era un entrometido y que no tenía el derecho de meterse en la vida de los otros, pero la Amazonita les dijo que era peor ver y no actuar, porque el silencio ante la injusticia nos hace igual de cómplices.  La mayoría abandonó el barrio buscando un mejor futuro para sus hijos, la propiedad perdió valorización, la gente no quiso volver a invertir en la zona.

 Solo quedó el recuerdo durante varias generaciones de que en el piso diez vivió la mujer más hermosa del universo.

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