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miércoles, 14 de enero de 2026

Cali enajenada

 


La locura es el resultado de vivir

en un mundo tan irracional.

Aldous Huxley


Un poco de locura en la primavera

es saludable incluso para el rey.

Emily Dickinson

 

Jovita, hechicera de mentes, subyugó corazones 


                Afirman que sus ojos eran verdes, yo digo que eran grises y mi hermana no logra definirlos, eran raros, dice. El gris de su mirada extraviada impregnó mi recuerdo a mis diez años cuando vi a Jovita cerca, de frente. En otras ocasiones, la veía de lejos, cruzando una calle, a la vuelta de una esquina o en la otra acera; o en cualquier punto distante en el centro de la ciudad o en una carroza improvisada que podía ser la camioneta de la emisora Todelar o el carro de los bomberos. La veía con su porte de reina, digna y altiva, encabezando el primer desfile de las Ferias de Cali, en los años sesenta.

Amparo Quintero

Al grito de la gente “¡Viene Jovita, ¡viene Jovita!”, nos poníamos alerta y al verla pasar se confundían los gritos y saludos, las risas cómplices y las burlas. Me sobrecogía. No sé si mi recuerdo es fiel o está viciado como todo recuerdo, pero me gusta creer que sí porque la vi en la camioneta de Todelar al menos una vez, aunque creo que fue más de una vez  porque era costumbre bajar en familia, desde la Loma de la Cruz, hasta Santa Librada para ver el desfile de la Feria y apreciar los bailes típicos de diferentes escuelas de danzas y los tractores cañeros organizados como carrozas con las candidatas al reinado de la Caña de Azúcar.

Cali, era pequeña, de poco menos de 600.000 habitantes:  organizada, limpia, tranquila, bonita. Era la época de la minifalda y mi prima y yo paseábamos por la Avenida Sexta, zona rosa de grato recuerdo en el imaginario de los caleños nostálgicos.  Luchábamos contra el viento para no dejarnos levantar el vestido. El viento de Cali es refrescante, juguetón e invita a disfrutar la ciudad fuera de casa; para nosotras la ciudad terminaba en el Puente Chipichape por el norte, aunque escuchábamos que existía el edificio venezolano, más adelante.

Por el sur, Cali llegaba hasta la Plaza de Toros y aún no existían centros comerciales como los conocemos hoy. Sin embargo, recuerdo que íbamos a Almacenes Sears, en el barrio San Vicente, cerca de Versalles; era un gran almacén de estilo norteamericano que marcaba la diferencia. Lo frecuentaban personas de estratos altos.

Realizábamos las compras en el centro de la ciudad, territorio de Jovita, donde todo caleño iba a los almacenes, elegantes o populares y de paso, se la encontraba en alguna oportunidad. Recuerdo almacenes como el Tía, Jotagómez, el Ley. Acostumbraba a ir con mamá, tomada de la mano que apretaba con fuerza tan pronto veía a Jovita aparecer por cualquier calle. Esperaba estos momentos con cierta ansiedad   y llegaba a casa contando “¡Hoy vimos a Jovita!” Comentario que hacía jovial porque Jovita pintaba el día.

El día que la vi muy cerca, de frente, iba en el bus sentada en el primer asiento junto a mamá. Jovita pasó la registradora sin pagar, (era la época en que se pagaba el valor del pasaje al chofer), hecho que no me sorprendió pues ya sabía que no se le cobraba. Vestía como siempre. El largo vestido rosa con suaves manchas grises, de textura sedosa, dejaba entrever un pasado glorioso, aún se podía percibir la elegancia a pesar de lo ajado y los jirones. También llevaba guantes y cartera. Su piel trigueña, reseca, tostada por el sol, parecía a punto de resquebrajarse. Sus mejillas resaltaban de color rosado, como acostumbraba a maquillarse.  Pasó junto a mí, altiva, como siempre.

El día que vi a Jovita en el bus, no solté la mano de mamá y creo que la apreté más de lo habitual. Para mamá, era algo natural encontrarse con Jovita. La veía como parte de la ciudad, creo, porque ensimismada en sus pensamientos, nunca me comentó sobre ella. Así le pasaba a mucha gente. Jovita era parte del paisaje.

Se decía que los vestidos, carteras y sombreros se los regalaban las señoras ricas de Cali que frecuentaban el Club Colombia, el de la aristocracia caleña, y al que Jovita podía entrar. Yo escuchaba estas historias y me preguntaba ¿por qué la dejan entrar? ¿Para tener motivos de risa? Nunca pude saber cómo la trataban dentro del Club.

No puedo describir qué sentía yo por Jovita. Mi prima lo tuvo claro: “¡Pánico!” Me dijo, lo sentía cuando la veía. Yo no recuerdo ese sentimiento. Trataba de seguirla con la mirada lo que más podía y tal vez ¿la admiraba? Creo que sí, por su actitud irreverente y su capacidad de transgredir las normas, como el día que regañó al guarda de tránsito porque no pudo cruzar la calle. Ante lo cual, el agente detuvo el tráfico para que Jovita pasara.  Así mismo, me sorprendía saber que entraba a la oficina del gobernador o del alcalde sin cita previa y rompía cinturones de seguridad para acercarse a personajes de la política y presentarles quejas en representación del pueblo. Incluso llegó a acercarse al presidente Rojas Pinilla y fue retratada por la prensa nacional.  Sólo ella podía hacerlo.

También Jovita ¿me dolía? Contaban que la gente al pasar le gritaban “¡Jovita tuvo un hijo, Jovita tuvo un hijo!” Ella se enfurecía, sentía atacada su dignidad, pensaba yo, y presentía que esa humillación la hacía sufrir. Cuando escuchaba risas burlonas, agresivas, insultantes, me sobrecogía. Admiración y dolor, esos sentimientos los recuerdo.

Y llegó 1968. Nos enteramos de la noticia: los estudiantes de Ingeniería la nombraron su candidata al reinado de la Universidad del Valle. Eran de Ingeniería Mecánica, me recuerda mi prima quien tenía noticias frescas porque su novio estudiaba esa carrera. Recuerdo haber vivido estos días con expectativa y muy sorprendida por la osadía de los estudiantes. Hubo protestas de las candidatas y de las chicas, en general, pues sentían que las ridiculizaban. La administración de la Universidad se pronunció en contra. Al final, terminaron cediendo.

El día de la coronación, la candidata de Arquitectura fue nombrada reina de la Universidad y los estudiantes de Ingeniería nombraron a Jovita “Reina de la alegría”. La anécdota me llevó a pensar que Jovita, sin quererlo, contribuyó a llamar la atención sobre la ausencia de mujeres en varias facultades, entre ellas la de Ingeniería Mecánica, razón que esgrimieron los estudiantes para nombrarla su candidata.

Jovita murió en 1970. El asombro y el dolor de nuevo se hicieron presentes. La velaron en la Catedral Primada de Cali, en la Plaza principal, donde se velaba a altas personalidades. El día del entierro invadieron la plaza más de diez mil personas, registraba la prensa. Y yo me preguntaba: ¿qué movió a la gente a asistir al entierro de Jovita? Ya no podían burlarse de ella. Veía histeria en el comportamiento de las personas según me llegaban las noticias.

Hoy, las preguntas que me hice en mi niñez y adolescencia sobre Jovita siguen sin encontrar respuesta. ¿Eran su carisma, seguridad y altivez pues creyéndose reina imponía su presencia sin respetar clase social, protocolos ni normas? ¿Qué movía a las personas a manifestarse de una u otra manera frente a Jovita, ya burlonas o tolerantes o compasivas o cómplices de esa locura?  ¿Hasta dónde era lógica y coherente en su discurso como cuentan algunos y   qué grado de locura tenía Jovita? ¿Por qué toda una población conocía la existencia de Jovita, y en mayor o menor grado la toleraba y la reconocía? Algunos la percibían como alguien normal, producto de la costumbre, dándole identidad. Otros la veían de manera despectiva. Sin embargo, no se puede decir que la presencia de Jovita fuera indiferente,  lo era solo para aquellos que la veían con frecuencia y se habían acostumbrado a ella.

Quienes se burlaban ¿lo hacían por miedo a la locura, a su propia locura y hacían catarsis a través de ella? Quienes le permitían romper cordones de seguridad, no respetar horarios oficiales, entrar al club más sofisticado de la ciudad. ¿En el fondo disfrutaban, a través de ella quebrantar la norma, irrespetar la autoridad como un desquite que solo lograban mediante la Reina?

En ese año 70 murió Jovita, murió Cali Viejo, como se llama hoy a esa etapa. Los Juegos Panamericanos le impusieron a la ciudad un lento proceso de modernización.  Terminó mi vida de colegio y se abrieron las puertas de la Universidad. Y me fui olvidando de Jovita. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a marcharse pues siguió presente en la leyenda y resucitada de tanto en tanto como presencia viva de la ciudad.

Aquí plasmé mis recuerdos e interpretaciones personales. No pretendo contar la historia de Jovita pues quien lo ha hecho de manera brillante y completa es el escritor y poeta Javier Tafur de quien tengo algunos libros. El último, publicado en octubre de 2020 es un bello ejemplar con la historia de Jovita y un completo registro fotográfico sobre ella. Y es en este punto donde vuelven a surgir preguntas.

¿Qué llevó a Javier a investigar y a escribir la historia de Jovita y serle fiel hasta publicar varios libros a través de los años? ¿Y al fotógrafo Fernel Franco de reconocida importancia nacional por su gran obra, a retratar a Jovita?

Me gusta almorzar, uno que otro domingo, en el Restaurante Los Turcos. Allí, a la entrada, nos recibe, imponente, la gran foto de Jovita Feijóo tomada por Fernel Franco. Contenta (y secretamente orgullosa) invito a los visitantes del exterior a posar junto al cuadro para que lleven un recuerdo de la reina eterna.

¿Qué llevó al artista plástico Carlos Alberto Zuluaga a crear el museo en el Teatro La Concha donde se exponen recuerdos sobre Jovita y la obra plástica del artista? ¿Y al maestro Diego Pombo a realizar una escultura en el año 2007 titulada “Jovita Reina Infinita” vestida de azul marino, elegante y adornada con flores situada en el parque llamado hoy, “De los estudiantes”, cerca del colegio Santa Librada?

¿Qué llevó a quienes protestaron durante el estallido social del 2021 a tomar la escultura y escribir consignas reivindicativas? ¿Quizá la veían cómplice de su descontento, tal como lo hacía en vida cuando abordaba a algún mandatario con quejas de injusticia y reclamos del pueblo?  No fue vandalismo, afirman quienes dicen conocer los hechos; fue para hacer hablar a Jovita en la protesta.

Y ¿qué llevó al maestro Diego Pombo, de nuevo, a buscar recursos con esfuerzo para volver a vestir a Jovita, ahora de traje negro, pintando estrellas sobre el mismo que simbolizan los muertos durante el estallido social? Tras la restauración, el maestro la tituló: “Jovita Reina de los estudiantes”.

Y así, varios artistas caleños, de una u otra manera han inmortalizado a Jovita, como el profesor y director de teatro Fernando Vidal quien escribió y dirigió la obra “Jovita frente al espejo” representada. en el Teatro La Concha.  Se cuenta de otros artistas que han hecho esculturas y compuesto música sobre ella.

Jovita vive en la memoria de muchos caleños, cuando preguntan ante la escultura o la foto, quien era ese personaje. Y renace cada vez que a alguien se propone investigar sobre su vida. Así ocurrió con la estudiante Natalia Vargas Reyes quien realizó su trabajo de grado titulado “Resignificación y representación de la figura popular de la Reina Eterna de Cali” de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales – Antropología - de la Universidad ICESI en 2022. Ella cuenta, que su madre le decía, cuando se arreglaba o maquillaba en exceso: “Te pareces a Jovita” La expresión la motivó a investigar para comprender su sentido.

Y Jovita también renació cuando una profesora de la Universidad del Valle creó un programa en YouTube sobre ella como símbolo de la reivindicación femenina. El canal se llamaba “Jovita en su salsa” ahora inactivo. Llegó a tener 654 suscriptores.

Por todo lo expuesto, cuando hablo de Jovita y algunos me comentan “Cada pueblo tiene su loco”, yo respondo. “No, nosotros tenemos a Jovita”.

Finalizando, recojo este comentario que hizo mi amiga Gloria Mercedes cuando leyó mi remembranza:

Sentí que colaboras en el mantenimiento de la memoria de un ser que se atrevió a romper reglas y a darse un lugar en la ciudad. A su vez, es aproximarse a  repensar en los bordes finos, delicados y temerosos entre la locura y la cordura, lo cual atemoriza, y sobre lo cual muy poca gente se atreve a pensar, creyéndose excluida de la posibilidad de salir de su zona de confort, de su armadura, de su coraza, que es la llamada estabilidad, coherencia. Creo que la burla, el maltrato y la ridiculización son parte de esa coraza que permite sentirse por fuera de esa posibilidad irracional y atrevida de ser diferente….para otros Locura”.

Atalanta del Mar

Cali, Octubre de 2024.

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