La locura es el resultado de vivir
en un mundo tan irracional.
Aldous Huxley
Un poco de locura en la primavera
es saludable incluso para el rey.
Emily Dickinson
Jovita, hechicera de mentes, subyugó corazones
Al
grito de la gente “¡Viene Jovita, ¡viene Jovita!”, nos poníamos alerta y al
verla pasar se confundían los gritos y saludos, las risas cómplices y las burlas.
Me sobrecogía. No sé si mi recuerdo es fiel o está viciado como todo recuerdo,
pero me gusta creer que sí porque la vi en la camioneta de Todelar al menos una
vez, aunque creo que fue más de una vez
porque era costumbre bajar en familia, desde la Loma de la Cruz, hasta Santa
Librada para ver el desfile de la Feria y apreciar los bailes típicos de
diferentes escuelas de danzas y los tractores cañeros organizados como carrozas
con las candidatas al reinado de la Caña de Azúcar.
Cali,
era pequeña, de poco menos de 600.000 habitantes: organizada, limpia, tranquila, bonita. Era la
época de la minifalda y mi prima y yo paseábamos por la Avenida Sexta, zona
rosa de grato recuerdo en el imaginario de los caleños nostálgicos. Luchábamos contra el viento para no dejarnos
levantar el vestido. El viento de Cali es refrescante, juguetón e invita a
disfrutar la ciudad fuera de casa; para nosotras la ciudad terminaba en el
Puente Chipichape por el norte, aunque escuchábamos que existía el edificio venezolano,
más adelante.
Por
el sur, Cali llegaba hasta la Plaza de Toros y aún no existían centros
comerciales como los conocemos hoy. Sin embargo, recuerdo que íbamos a
Almacenes Sears, en el barrio San Vicente, cerca de Versalles; era un gran
almacén de estilo norteamericano que marcaba la diferencia. Lo frecuentaban
personas de estratos altos.
Realizábamos
las compras en el centro de la ciudad, territorio de Jovita, donde todo caleño
iba a los almacenes, elegantes o populares y de paso, se la encontraba en
alguna oportunidad. Recuerdo almacenes como el Tía, Jotagómez, el Ley. Acostumbraba
a ir con mamá, tomada de la mano que apretaba con fuerza tan pronto veía a
Jovita aparecer por cualquier calle. Esperaba estos momentos con cierta
ansiedad y llegaba a casa contando “¡Hoy
vimos a Jovita!” Comentario que hacía jovial porque Jovita pintaba el día.
El
día que la vi muy cerca, de frente, iba en el bus sentada en el primer asiento
junto a mamá. Jovita pasó la registradora sin pagar, (era la época en que se
pagaba el valor del pasaje al chofer), hecho que no me sorprendió pues ya sabía
que no se le cobraba. Vestía como siempre. El largo vestido rosa con suaves
manchas grises, de textura sedosa, dejaba entrever un pasado glorioso, aún se
podía percibir la elegancia a pesar de lo ajado y los jirones. También llevaba
guantes y cartera. Su piel trigueña, reseca, tostada por el sol, parecía a
punto de resquebrajarse. Sus mejillas resaltaban de color rosado, como acostumbraba
a maquillarse. Pasó junto a mí, altiva,
como siempre.
El
día que vi a Jovita en el bus, no solté la mano de mamá y creo que la apreté
más de lo habitual. Para mamá, era algo natural encontrarse con Jovita. La veía
como parte de la ciudad, creo, porque ensimismada en sus pensamientos, nunca me
comentó sobre ella. Así le pasaba a mucha gente. Jovita era parte del paisaje.
Se decía
que los vestidos, carteras y sombreros se los regalaban las señoras ricas de
Cali que frecuentaban el Club Colombia, el de la aristocracia caleña, y al que
Jovita podía entrar. Yo escuchaba estas historias y me preguntaba ¿por qué la
dejan entrar? ¿Para tener motivos de risa? Nunca pude saber cómo la trataban
dentro del Club.
No
puedo describir qué sentía yo por Jovita. Mi prima lo tuvo claro: “¡Pánico!” Me
dijo, lo sentía cuando la veía. Yo no recuerdo ese sentimiento. Trataba de
seguirla con la mirada lo que más podía y tal vez ¿la admiraba? Creo que sí,
por su actitud irreverente y su capacidad de transgredir las normas, como el
día que regañó al guarda de tránsito porque no pudo cruzar la calle. Ante lo
cual, el agente detuvo el tráfico para que Jovita pasara. Así mismo, me sorprendía saber que entraba a
la oficina del gobernador o del alcalde sin cita previa y rompía cinturones de seguridad
para acercarse a personajes de la política y presentarles quejas en
representación del pueblo. Incluso llegó a acercarse al presidente Rojas
Pinilla y fue retratada por la prensa nacional. Sólo ella podía hacerlo.
También
Jovita ¿me dolía? Contaban que la gente al pasar le gritaban “¡Jovita tuvo un
hijo, Jovita tuvo un hijo!” Ella se enfurecía, sentía atacada su dignidad,
pensaba yo, y presentía que esa humillación la hacía sufrir. Cuando escuchaba
risas burlonas, agresivas, insultantes, me sobrecogía. Admiración y dolor, esos
sentimientos los recuerdo.
Y
llegó 1968. Nos enteramos de la noticia: los estudiantes de Ingeniería la
nombraron su candidata al reinado de la Universidad del Valle. Eran de Ingeniería
Mecánica, me recuerda mi prima quien tenía noticias frescas porque su novio
estudiaba esa carrera. Recuerdo haber vivido estos días con expectativa y muy
sorprendida por la osadía de los estudiantes. Hubo protestas de las candidatas
y de las chicas, en general, pues sentían que las ridiculizaban. La
administración de la Universidad se pronunció en contra. Al final, terminaron
cediendo.
El
día de la coronación, la candidata de Arquitectura fue nombrada reina de la
Universidad y los estudiantes de Ingeniería nombraron a Jovita “Reina de la
alegría”. La anécdota me llevó a pensar que Jovita, sin quererlo, contribuyó a
llamar la atención sobre la ausencia de mujeres en varias facultades, entre
ellas la de Ingeniería Mecánica, razón que esgrimieron los estudiantes para
nombrarla su candidata.
Jovita
murió en 1970. El asombro y el dolor de nuevo se hicieron presentes. La velaron
en la Catedral Primada de Cali, en la Plaza principal, donde se velaba a altas
personalidades. El día del entierro invadieron la plaza más de diez mil
personas, registraba la prensa. Y yo me preguntaba: ¿qué movió a la gente a
asistir al entierro de Jovita? Ya no podían burlarse de ella. Veía histeria en
el comportamiento de las personas según me llegaban las noticias.
Hoy,
las preguntas que me hice en mi niñez y adolescencia sobre Jovita siguen sin
encontrar respuesta. ¿Eran su carisma, seguridad y altivez pues creyéndose
reina imponía su presencia sin respetar clase social, protocolos ni normas?
¿Qué movía a las personas a manifestarse de una u otra manera frente a Jovita,
ya burlonas o tolerantes o compasivas o cómplices de esa locura? ¿Hasta dónde era lógica y coherente en su
discurso como cuentan algunos y qué
grado de locura tenía Jovita? ¿Por qué toda una población conocía la existencia
de Jovita, y en mayor o menor grado la toleraba y la reconocía? Algunos la percibían
como alguien normal, producto de la costumbre, dándole identidad. Otros la
veían de manera despectiva. Sin embargo, no se puede decir que la presencia de
Jovita fuera indiferente, lo era solo
para aquellos que la veían con frecuencia y se habían acostumbrado a ella.
Quienes
se burlaban ¿lo hacían por miedo a la locura, a su propia locura y hacían
catarsis a través de ella? Quienes le permitían romper cordones de seguridad,
no respetar horarios oficiales, entrar al club más sofisticado de la ciudad. ¿En
el fondo disfrutaban, a través de ella quebrantar la norma, irrespetar la
autoridad como un desquite que solo lograban mediante la Reina?
En
ese año 70 murió Jovita, murió Cali Viejo, como se llama hoy a esa etapa. Los
Juegos Panamericanos le impusieron a la ciudad un lento proceso de modernización. Terminó mi vida de colegio y se abrieron las
puertas de la Universidad. Y me fui olvidando de Jovita. Sin embargo, ella no
estaba dispuesta a marcharse pues siguió presente en la leyenda y resucitada de
tanto en tanto como presencia viva de la ciudad.
Aquí
plasmé mis recuerdos e interpretaciones personales. No pretendo contar la
historia de Jovita pues quien lo ha hecho de manera brillante y completa es el
escritor y poeta Javier Tafur de quien tengo algunos libros. El último, publicado
en octubre de 2020 es un bello ejemplar con la historia de Jovita y un completo
registro fotográfico sobre ella. Y es en este punto donde vuelven a surgir
preguntas.
¿Qué
llevó a Javier a investigar y a escribir la historia de Jovita y serle fiel hasta
publicar varios libros a través de los años? ¿Y al fotógrafo Fernel Franco de
reconocida importancia nacional por su gran obra, a retratar a Jovita?
Me
gusta almorzar, uno que otro domingo, en el Restaurante Los Turcos. Allí, a la
entrada, nos recibe, imponente, la gran foto de Jovita Feijóo tomada por Fernel
Franco. Contenta (y secretamente orgullosa) invito a los visitantes del
exterior a posar junto al cuadro para que lleven un recuerdo de la reina
eterna.
¿Qué
llevó al artista plástico Carlos Alberto Zuluaga a crear el museo en el Teatro
La Concha donde se exponen recuerdos sobre Jovita y la obra plástica del
artista? ¿Y al maestro Diego Pombo a realizar una escultura en el año 2007 titulada
“Jovita Reina Infinita” vestida de azul marino, elegante y adornada con flores situada
en el parque llamado hoy, “De los estudiantes”, cerca del colegio Santa
Librada?
¿Qué
llevó a quienes protestaron durante el estallido social del 2021 a tomar la
escultura y escribir consignas reivindicativas? ¿Quizá la veían cómplice de su
descontento, tal como lo hacía en vida cuando abordaba a algún mandatario con
quejas de injusticia y reclamos del pueblo? No fue vandalismo, afirman quienes dicen
conocer los hechos; fue para hacer hablar a Jovita en la protesta.
Y ¿qué
llevó al maestro Diego Pombo, de nuevo, a buscar recursos con esfuerzo para
volver a vestir a Jovita, ahora de traje negro, pintando estrellas sobre el
mismo que simbolizan los muertos durante el estallido social? Tras la
restauración, el maestro la tituló: “Jovita Reina de los estudiantes”.
Y
así, varios artistas caleños, de una u otra manera han inmortalizado a Jovita,
como el profesor y director de teatro Fernando Vidal quien escribió y dirigió
la obra “Jovita frente al espejo” representada. en el Teatro La Concha. Se cuenta de otros artistas que han hecho
esculturas y compuesto música sobre ella.
Jovita
vive en la memoria de muchos caleños, cuando preguntan ante la escultura o la
foto, quien era ese personaje. Y renace cada vez que a alguien se propone
investigar sobre su vida. Así ocurrió con la estudiante Natalia Vargas Reyes
quien realizó su trabajo de grado titulado “Resignificación y representación de
la figura popular de la Reina Eterna de Cali” de la Facultad de Derecho y
Ciencias Sociales – Antropología - de la Universidad ICESI en 2022. Ella
cuenta, que su madre le decía, cuando se arreglaba o maquillaba en exceso: “Te
pareces a Jovita” La expresión la motivó a investigar para comprender su
sentido.
Y Jovita
también renació cuando una profesora de la Universidad del Valle creó un
programa en YouTube sobre ella como símbolo de la reivindicación femenina. El
canal se llamaba “Jovita en su salsa” ahora inactivo. Llegó a tener 654
suscriptores.
Por
todo lo expuesto, cuando hablo de Jovita y algunos me comentan “Cada pueblo
tiene su loco”, yo respondo. “No, nosotros tenemos a Jovita”.
Finalizando,
recojo este comentario que hizo mi amiga Gloria Mercedes cuando leyó mi
remembranza:
“Sentí que colaboras en el mantenimiento de la memoria de un
ser que se atrevió a romper reglas y a darse un lugar en la ciudad. A
su vez, es aproximarse a repensar en los bordes finos, delicados y
temerosos entre la locura y la cordura, lo cual atemoriza, y sobre lo cual muy
poca gente se atreve a pensar, creyéndose excluida de la posibilidad de salir
de su zona de confort, de su armadura, de su coraza, que es la llamada
estabilidad, coherencia. Creo que la burla, el maltrato y la ridiculización son
parte de esa coraza que permite sentirse por fuera de esa posibilidad
irracional y atrevida de ser diferente….para otros Locura”.
Atalanta del Mar
Cali, Octubre de 2024.

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