Martirio de San Esteban, pintado por Juan de Juanes. Oleo sobre tela 160 x 123 cms (1555-1562)
Museo del Prado.
Jesús Rico Velasco
Después de su pasión Jesús se presentó a sus apóstoles con pruebas de que estaba vivo: se apareció durante cuarenta días y les habló de las cosas del reino de Dios. Les dijo a los apóstoles que no salieran de Jerusalén que esperaran la promesa del Padre: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros para que seáis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la Tierra».
Bajaron del Monte de los Olivos después de la crucifixión y regresaron a Jerusalén que estaba cerca, entraron a la vivienda donde habitualmente se reunían en oración esta vez los once apóstoles que quedaban con María la madre de Jesús y sus hermanos. Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomas, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelotes, y Judas el de Santiago.
Un día cualquiera en que se habían reunido en el templo unos ciento veinte feligreses, Pedro se puso de pie y les dijo que recordaran que uno de ellos, Judas, el delator de Jesús, se había comprado un terreno con lo que le pagaron las autoridades religiosas judías, ahí se había tirado de cabeza desde lo alto, dejando todas su entrañas desparramadas. Por lo que era necesario elegir un sucesor para completar el grupo de los doces apóstoles dado el significado con el simbolismo de las doce tribus de Israel. Presentaron a dos candidatos a José, llamado Barsabá y sobrenombre Justo, y a Matías. Lo echaron a suertes y cayo sobre Matías que fue agregado al grupo de los once apóstoles.
Al llegar el día de Pentecostés (Hechos 2:1-13) celebración bíblica donde el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en Jerusalén 50 días después de la Pascua.
«De repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso lleno toda la casa en donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».
Los apóstoles comenzaron a darse cuenta de que la fe en Cristo y la posesión del Espíritu Santo era una realidad cuando hablaban con la gente. Pedro aprovechó la oportunidad en el templo para un discurso acompañado de los apósteles, les hablo y les dijo: «judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos bien de esto y prestad atención a mis palabras. No; éstos no están borrachos, como vosotros suponéis, pues son las nueve de la mañana; lo que pasa es que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel. Tenga, pues, todo Israel la certeza de que Dios ha constituido señor y mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado».
Pedro comenzó a aparecer como el líder del grupo y en la comunidad hablo a los presentes y les dijo que Jesús, a quién ellos habían crucificado, era verdaderamente el mesías. Insistió en la importancia básica de la fe para alcanzar la salud y empezó a darse cuenta de cómo los apóstoles podían ayudar a mejorar el bienestar de la gente haciendo milagros, como ocurrió con la curación de un cojo en las puertas del templo. Pedro y Juan se transformaron al ver que podían realizar milagros en nombre de Jesús. Los sacerdotes, el oficial del templo y los saduceos molestos por lo que decía Pedro y Juan los detuvieron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. De todas maneras no dejaban un día de enseñar, en el templo y en las casas, y de anunciar la buena noticia de que Jesús era el mesías. Durante el primer discurso de Pedro unas tres mil personas se convirtieron y en otra de sus intervenciones el número de hombres y mujeres que creían en el Señor aumento a más de cinco mil.
Como los seguidores aumentaban con rapidez, los griegos se quejaban contra los hebreos, porque descuidaban a sus viudas en el suministro cotidiano de alimentos.Los doce convocaron a todos los fieles y dijeron: «No está bien que nosotros abandonemos la palabra de Dios por servir a las masas. Elegid, pues, cuidadosamente entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del espíritu santo y de sabiduría, y nosotros les encomendaremos este servicio; nosotros preservamos en la oración y en el ministerio de la palabra».
Aprobaron la proposición y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del espíritu santo, y a Felipe y Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Parmenas y a Nicolas, prosélito antioqueno. Los presentaron a los apóstoles y ellos después de orar, les impusieron las manos.
El número de seguidores aumentaba considerablemente en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes abrazaban la fe. La velocidad de crecimiento en participantes crecía todos los días y en todas partes. Esteban realizaba grandes prodigios y hacía milagros en el pueblo. Su sabiduría era reconocida por los seguidores, tenía una fe profunda en Jesucristo y era un predicador elocuente muy respetado por todos. Profundo conocedor de la doctrina de Cristo. Ayudaba a los pobres, distribuía alimentos especialmente entre las viudas, era un verdadero servidor en la comunidad cristiana.
Otros judíos de las Sinagogas de los Libertos, de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia que discutían con Estaban no resistían su sabiduría y el espíritu con que hablaba. Lo acusaron ante el Sanedrín Tribunal Supremo de blasfemia contra Moisés y contra Dios. Sereno y con una cara que parecía el rostro de un ángel les hablo y termino el discurso diciendo: «Hombres de cabeza dura e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como fueron vuestros padres, así sois también vosotros. ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Mataron a los que predijeron la venida del Justo, dels cual vosotros ahora sois los traidores y asesinos; vosotros que habéis recibido la ley por ministerio de los ángeles, y no lo habéis guardado».
Al escuchar estas palabras de Esteban sus dientes rechinaban y sus corazones estallaron llenos de rabia. Esteban con sus ojos fijos en el cielo vio la gloria de Dios y a Jesús a la diestra del padre y dijo: «Veo los cielos abiertos y al hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
La respuesta de inmediato fue lanzarse sobre él, vestido de diácono, con gritos y tapándose los oídos, sacarlo del templo, llevarlo hacia la colina, subir la pendiente y empezar a apedrearlo. Mientras esto sucedía Esteban oró así: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Y puesto de rodillas, grito con fuerte voz:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado» y diciendo esto, expiro.
Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén y todos los seguidores, excepto los apóstoles, quienes se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Saulo que había presenciado el martirio de Esteban aprobaba este asesinato. Saulo quien se convertiría más tarde en uno de los líderes del cristianismo.
El martirio de Esteban es un hecho que tuvo consecuencias entre sus seguidores. De una manera asombrosa después de su lapidación huyeron de Jerusalén hacia las fronteras, pero no para esconderse al contrario para continuar predicando el evangelio y darlo a conocer. Así surgió la primera comunidad cristiana fuera del territorio judío.
Bibliografía
Nuestra Sagrada Biblia, 4ª edición: San Pablo 2009
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