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lunes, 24 de mayo de 2010

Indolencia

Efraín Candamil

- ¡Quihubo José!
- Buenos días patrón.
- ¿Qué pasa mijo, qué está haciendo?
-  Pues aún no ha amanecido, me despierta…
- Necesito que me aliste la finca porque voy a ir con mis amigos.
- Uy, ¿cómo así?
- Sí, necesito que lavan con bastante detergente las dos terrazas y todas  las gradas de la loma, allá mandé una manguera de una pulgada para que tenga suficiente presión el agua.
- Pero patrón, cómo le parece que...
- Escuchame bien José, decile al maestro que amplíe y pavimente el camino al bosque y colabórele.
- Pero patrón, es que por acá no.....
- Usted sabe cómo es, ya le dije, que tumben también esos arboles grandes, que están produciendo mucha basura, sombra y además no dejan divisar alrededor.
- Pero patrón, mire, aquí hay una sequía muy grande,  ya ha habido peleas por los racionamientos de agua...
- Ese no mijo, en dos meses lloverá y todo volverá a  la normalidad.
- No señor, perdone, pero solo nos llega agua por dos horas en el día y es un hilito, que a duras penas alcanza para lo de la cocina. Varios vecinos se han ido. El perro grande se murió....
- ¿Cómo así?
-  …si Señor, el pequeño está muy enfermo y de esta no se salva. Usted no vine desde hace más de cuatro meses, desde entonces no recibo pago, el señor de la tienda dijo que ya no me fiaba mas...
- Consiga gente para hacer la explanada de la cancha múltiple, que va a ser la más bonita de todas…
- Perdone patrón, yo le he dejado razón muchas veces y me dicen que está en el exterior, quiero decirle que me tengo que ir para el Cauca a apoyar a mi familia que se encuentra en dificultades por el orden público.
- ¡Asuma su responsabilidad carajo!
- No Señor, ya no puedo más, tengo testigos de mi situación, me voy, es la tercera  vez que se nos presenta una situación como ésta. Más bien venga para que me reciba la finca…

La visita


                                                                       Diego Tenorio

La casa materna era un bloque de habitáculos, seco y sin gracia, como un hacinadero nazi expresamente construido para albergar judíos. La había comprado mi madre en obra gris porque hasta ahí le alcanzó la plata. Quedó siempre en gris. Era esquinera, tenía tres pisos, los superiores llenos de cuartos iguales como celdas monacales donde dormíamos sus múltiples hijos e hijas. El inferior con sala, comedor, cocina, dos baños, un cuarto para el servicio doméstico que se convirtió, con el tiempo, en sanalejo y de plancha, y el solar que la rodeaba por los dos lados que colindaban con la calle. Desde que recuerde, mis padres dormían separados. Mi padre le hizo una veintena de hijos a mi madre y cuando mi hermana mayor supo para qué era el sexo, se plantó delante de mi papá (septuagenario) y le ordenó cederle a ella la mitad que él ocupaba en la cama matrimonial. A mi papá le tocó irse a dormir con mi hermana, la que seguía, y dos de mis abuelos en la habitación de al lado. Ya con pared de por medio mis padres no tuvieron más hijos después de nacer yo. Luego, a los pocos años, los vivientes en la casa empezaron a morirse por edad de arriba hacia abajo, del tercer piso al segundo. En el tercero dormían los abuelos, mis padres y mis hermanos mayores. Recuerdo que en coincidencia con la muerte de mi abuela paterna, la primera, cesaron nuestras apuestas de carreras por las escaleras. Las muertes hicieron que hubiera un desplazamiento como de piezas en un juego tetris pero hacia arriba. Cada muerte significaba un avance en holgura y un ascenso de alguien al tercer piso. Era como la ropa usada pero al revés. Aún así, ambas cosas pasaban de mayores a menores. En el caso de las camas y las habitaciones se heredaba el privilegio de dormir sólo y, con el tiempo, el de ocupar pieza privada. Yo alcancé a dormir en cama solo pero no a tener una pieza privada sino todas, pero esto no viene a cuento. Vienen a cuento las visitas, que nunca supe de dónde. Supe, sí, que llegaban y acompañaban a mi mamá a hacer el desayuno. Sospecho, por lo que relataré más tarde, que ya estaban allí. No sé cuántos visitantes, pero al menos uno. Se sentaban ante esa mesa que era el único mobiliario en la cocina. Aparte del mesón que descansaba sobre las alacenas de piso, las que ocupaban dos paredes, y en el que se sucedían el lavaplatos, el escurridero, la estufa, las tablas de corte y amasaje y el molino de maíz, contra la pared libre se adosaba una mesa que cubría bajo su amparo dos sillas. Ahí se aposentaban las visitas. Nunca las vi y tampoco me preocupé por averiguar. Tampoco lo pensé entonces, pero lo pienso ahora. Las visitas traen un presente: un gajo de plátanos, media docena de arepas, una chuspa con bolas de chucula. Nunca vi un presente de visita. Pero no me preocupé por averiguar porque eso competía a los mayores. Además, por ser el menor, nunca me pusieron oficio y me dejaban dormir hasta tarde. Bajaba a desayunar cuando la segunda cochada había pasado por el comedor y sólo faltábamos los menores. El cuento es que mi mamá se levantaba con el primer canto del bichojué y bajaba a amasar las arepas y a batir el chocolate. Las visitas empezaron cuando ya habían muerto los cuatro abuelos y mi padre y una hermana y un hermano de los mayores. La primera vez que se presentaron –esto lo supe años después– fue cuando mi mamá bajó a la cocina, como siempre, desde el tercer piso, donde dormía sola pues mi hermana mayor ya había muerto. Entró al baño chiquito, salió, pasó al sanalejo a sacar platos y tazas para organizarlos en la mesa del comedor para la primera tanda, puso los individuales de esterilla, distribuyó las cucharas y se dirigió luego a la cocina a remojar la masa del maíz molido la noche anterior y a hacer el chocolate. Luego, entonces, empezó el cuento… Mi mamá subió a trompicones por las escaleras lo tres pisos, tropezando y levantándose como un borracho responsable, soltando un mugido como de vaca en parto hasta llegar a la pieza donde dormían mis tres hermanas grandes. Las despertó a tientas y remezones porque la luz estaba apagada y el sol aún no subía. Cuando mis hermanas encendieron la luz la vieron con los ojos muy abiertos, acuosos pero sin lágrimas, blanca como la pared, temblando de pies a cabeza y sin poder articular palabra, sólo se le escuchaba un tartajeo de pánico. Me contaron que así estuvo casi por diez minutos, sentada en la cama, mirando la pared y luego se paró, comenzó a salir de la pieza para bajar de nuevo pero, antes de salir de la habitación e iniciar esa nueva rutina de recibir todas las mañanas a la visita muda, se volvió a mirar a mis hermanas desde el vano de la puerta y les dijo: “pensé que era una de ustedes”.
        Voy a bajar a desayunar. Mi hermana ya debió servirme porque hace unos minutos dejó de murmurar. Eso quiere decir que ya le contó a las visitas que se siente muy mal y piensa que no pase de esta noche. Ojalá si pase, porque si no mañana me tocaría hacer el desayuno. Sería la primera vez que le toque hacerlo a un hombre de esta casa y ¡quién sabe qué dirá la visita! 

Rituales traspuestos

                                                                   Diego Tenorio

B
Alzas la mano adherida al puñal hasta los nudillos blancos y observas con la sevicia que te hormiguea en los genitales los ojos de horror de la carita púber. Sabes lo que sigue: no hay que golpear con el arma porque cortará implacable no importa cómo, y lento hay más deleite. Bajas la mano en un movimiento casi imperceptible mientras te alzas y agigantas en el poder de la sangre que se agolpa en la hinchazón de los músculos y el pene. Todopoderoso Tláloc se hace tú, sumerge tu cuerpo en su piel dura como el pedernal: Tláloc abunda en ti y se espesa en tu sangre.

A
Despiertas y te sientes inmovilizada contra una plancha de piedra, adherida a ella por trenzas de raíces fibrosas estratégicamente entorchadas para permitir el escueto movimiento de tus ojos. Al menos puedes parpadear, y sonreír. También… ¡grita! Tu alarido estremece la caverna similar a una iglesia –reverbera contra los techos altos y las puertas aojivadas–, cuando ves al hombre que eleva el puñal dispuesto para hender tu estómago o el pecho o cualquier órgano, dondequiera que acaso descienda. ¡Dios, me quiere matar! El pánico te arrastra en un vórtice de recuerdos y te aferras al de tu madre.

B
El sendero que te arrima a Tláloc se despejará para ti mientras la daga avance y se hunda. Te enardece hasta el paroxismo el contraste entre el tosco conjunto de tu fuerte mano y la tiesa daga contra la piel de suaves reflejos de luz rosada que núbil se abrirá, obediente como bolegrasa, y te ofrecerá los preciosos órganos que masticarás ansioso por robustecer los tuyos; hundirás con ansia tus dedos entre el silencioso fluir de la sangre que se evaporará en olores ferruginosos, una ternura tibia que sorberás con fruición. Tláloc entonces mostrará a los ojos de tu deseo las sendas de la sagacidad y el vaticinio.

A
Tu miedo lo enerva, aíra su entresijo y pone una mueca de gozo sardónico en su boca y los ojos se le alinean en la raya del odio. Debes serenarte, cambiar tu cara. Sabes que no puedes mostrar terror sino ternura. Oblígalo a detenerse en tu belleza, somételo a la sensación casi táctil de mares y cielos tras el pálido oleaje de tus ojos aguamarina. Ya conoces al hombre, te lo diseñó tu madre: es una fiera emborrascada que se apacigua en el remanso de tu cuerpo y en la dócil caricia de tu mirada. No lo dejes razonar. Vibra con todos los poros de tu cuerpo, que sienta tu temblor de hembra en celo, tu carnal munificencia.

B
Vislumbras destellos de entrega sumisa en sus grandes ojos con promesas profundas. Sus dedos tiemblan hacia ti en la urgencia de acariciar. Tu dominio es un poder de placer sobre su mansedumbre, que ensancha tus venas, las recorre indómito y enardece el orden de tus convicciones: debes desatarla y gozarla aunque te dilates un poco en concluir cuando se quiera el ritual que exige Tláloc. Tláloc es atempóreo. Domina tus recelos y desata tus impulsos sobre este cuerpo inerme, abierto al placer. Suelta el estorbo de la daga a un lado y ocupa tus manos en el goce de amansar esa blanda y lechosa carne al enardecido desfogue de tu placer. 

A
Asqueada, te adueñas del arma, suelta por descuido, y exclamas En el nombre de mi Dios, más poderoso que el tuyo, yo te destino demonio al infierno donde perteneces… y hundes con fuerza la daga en su estómago distraído e inerme en su desmadeje y retribuyes la intrusión en tu bajo vientre con la dureza del acero que hiende y se desplaza dibujando una cruz que –primavera roja– se abre en cuatro pétalos de flor abierta por donde se desprenden, en surcos lentos y como asustados por la luz, las entrañas en masas informes de color rosado sucio veteadas por la sangre ya inútil, tumulto incontrolable como avalancha roja, de quien fuera.

C
¿ Satisfacto divulgante? ¿Complacióle?
Si. Extrasensuario. Condúzcame: ¿tuve eyecta?
Culmen virtual. Supraestímulos glandulares y exacciones orgánicas. Asimulación real.
Mai, obyecto: ¿falseo de vida?
No de vida. De memorabilia. Hurgamos sus rememorias. Se programa con preteria.
¿Estuvo esa contumacia en mía cacumelia ?
Estuvo contuvia. No fata violanza plícita. Cai sublimanza. Hurgo preteria para explenación: “Homicidio crapuloso: Voluntad de violanza de púber con amago previo de destripamiento. Homicidio virginal gravoso”.
Masco coyunda: nula terminación. Aludo: “defloración permita justa como onnomacio”.

Llamada zumbona


                                                                   Diego Tenorio

A las 5:45 de la mañana Matías vio pintarse súbitamente el estudio con las rayas amarillas que la persiana dejaba pasar del sol. Como una impertinencia más le llegó el zuuummmmbido de su celu.

– (¡Insólita una llamada a esta hora! Debe ser equivocación) –pensó el muchacho y se desentendió.
¡Zzuuuuum! –¡Otra vez! Veamos…
–Aló.
– ¡Contestaste! –Escuchó una voz de mujer, un poco estridente.
– ¿Si? ¿Quién llama?
– ¿Por qué no tomaste el celu la primera vez?
– ¿Quién habla?
– (Con voz calma) Francisca, ¿quién más? (De nuevo la estridencia) ¡Tengo miedo! ¡Se están acercando!
– ¿Cuál Francisca? ¿A quién busca?
– ¡Esta mañana hicieron ruido en el patio!: querían que los oyera porque arrastraban los maceteros de las begonias y rompieron dos (con un intervalo como de dos minutos) que debían ser de los de geranios. Vos sabés que los de las begonias son muy grandes y no se pueden levantar. Inmediatamente eché doble cerrojo en la puerta esa grande que comunica el patio con el vestíbulo de las porcelanas.
– ¡Qué geranios ni qué begonias! ¿Quién es usted?
– (Grito acutísimo) ¡¡Francisca!!
– ¡No conozco a ninguna Francisca!
– (Voz suave) Ya no importa, Tomás, cesaron los ruidos cuando te hablé.
(¡Vieja loca! ¡Colgó!)

De vuelta a su juguete nuevo, una consola multifuncional inteligente que le había regalado su padre hacía dos días (navidad y cumpleaños en un solo paquete) en el interés, económico por supuesto, de que le averiguara todas las sustituciones de elementos y compuestos para configurar el agua elástica como material de ingeniería quirúrgica. Era una búsqueda interminable que “se quedó en veremos”. ¡La maldita llamada no lo dejaba coordinar! A las 7 de la noche Matías, cansado y con hambre, se estrella en una pregunta: “¿Qué me importa a mí esa vieja loca? Me he tirado todo el día buscando la manera de localizarla, de verle la cara…” y del pedido de su padre, nada. El resto de la noche, de 7:15 p.m. a 5:45 a.m. la luna cómplice de la angustia hizo fluir veloces los minutos en retadores contratiempos y hallazgos súbitos que, aunque no resolvieron la urgente avaricia de su padre sí le dieron a Matías momentos de éxtasis informático, pletóricos de elucubraciones y descubrimientos. A las 5:45 lo exacerbó el zuuummmmbido del celu.
– ¡Aló!
– ¡Ya están aquí, Tomás! ¡Llevan media hora rompiendo porcelanas en el vestíbulo! ¡Es un ruido horroroso: las porcelanas lloran!
– ¡Mi nombre es Matías! ¿Quién habla?
– ¡FRANCISCA, PENDEJO! No he salido de mi casa porque sentí que estaban agazapados en el patio esperando a que oscureciera. Y ya rompieron la puerta que comunicaba el patio con el vestíbulo de las porcelanas pero sólo a las 4 empezaron a quebrar cosas. ¡Están rasguñando la puerta de roble de mi alcoba, la que tú conoces, la que mi tatarabuelo trajo desde el Magdalena Medio a lomo de mula.
– ¡Espere señora! ¡Déme su ubicación! Llevo 24 horas tratando de encontrarla porque me parece que usted está en grave peligro. ¿Se llama Francisca quémás?
– Francisca Nimierda Tomás: ya estoy resignada a sufrir toda la ignominia y el vandalismo que se me vengan encima. Pensé que en tí encontraría un salvador. Pero está escrito que los hombres no sirven ni pa mierda. Restríngete a tu propio pellejo, Tomás.
– Señora, yo no me llamo Tomás: me llamo Matías y no conozco a ninguna Francisca. Pero si usted me da su dirección yo llamo a Rif [Respuesta Ipso Facto] de la policía y seguro que llegan, aunque sea a las 8.
– Ya. Se calmaron. En el instante que oyen que te llamo, cesan.

– Debemos, de todas maneras, doña Francisca ¡alertar a la policía!
– ¡No hay tutía!, Tomás. ¡Esto ya no tiene arregladero posible! Llegás tarde, ¡como siempre! Esta puerta –de roble roble– que tiene ensambles patebuey y bisagras de acero toledano no va a resistir el ciclón devastador que ellos exhiben. ¡Quedará para tu conciencia!
– ¡Espere, doña Francisca! Estoy a punto de localizarla
– Ya  se agotó la esperanza, Tomás. ¿Sabés que fecha es hoy?
– (Matías se suerbe los mocos antes de contestar, esperando lo peor) 28 de diciembre.
– ¡Chico listo! Pasala por inocente, ¡GÜEVONCITO!

 


Ven pronto...



María Victoria Zapata

Son la cuatro y 45 de la madrugada. Luis ha estado trabajando durante toda la noche en uno de los proyectos arquitectónicos que debe entregar ese día. Suena el celular. ¿Cuál de sus novias querría hablar con él a tan temprana hora?
- Aló
- Luis, soy yo, Lucia, tengo pánico!
- ¿Qué ocurre?
- Ven  pronto, debo colgar…  Juan está furioso, está tumbando la puerta del cuarto, ¿qué voy hacer?
- ¿Dónde estás?
- En un armario.
- Llama a la policía.
- Sí - dijo con tono angustiado - pero antes necesito decirte algo, no sé qué pueda ocurrir…
- Cálmate, por favor - le dijo Luis -.
- La niña es tu hija, cuídala.
- ¿Qué? ¿Enloqueciste?

Luis salió rápidamente. Pensó en su mayor triunfo, Lucia lo ama… y él no siente mucho por ella. Al llegar al barrio una hora después en medio de la lluvia, se encontró con que los vecinos, los curiosos, la policía, el CTI se agolpan frente al edificio donde había vivido Lucía desde que la conoció. Al acercarse, se encuentra que entre la pequeña multitud que se ha agolpado, Juan esposado, es conducido por uno de los uniformados al auto patrulla.
-      Maldito, a vos es a quien debí haber matado... - le dice con dureza a Luis mientras se cruzan -

miércoles, 13 de enero de 2010

  DE LA FANTASÍA A LA REALIDAD


Y  hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,                                                                                                                 como en las noches lúgubres el llanto del pinar.                                                                                                                      El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,                                                                                                                      y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Porfirio Barba Jacob.

Cuando en las mañanas, desde el  noveno piso del edificio en donde vivo, abro la ventana y miro hacia la ciudad y su entorno de montañas, un aire fresco acaricia mi rostro, y a lo lejos observo los últimos tonos  rosicler del nuevo día, que  cual acuarela lavada anuncian temporada veraniega. Variedad de pajaritos llegan al balcón con sus trinos a posarse en las ramas de los cuernos colgantes en busca del verde que escasea en la ciudad. Guacamayas y pericos procedentes del zoológico con sus acostumbradas alharacas pasan  frente al balcón, en su diaria excursión por el sector.
Puedo apreciar además varios paisajes, muchos edificios se levantan indicándome  el centro de la ciudad, el sector del poblado se ve lejano,  aglutinado, oscuro, difuso, colmado de contaminación. Al frente se divisa un lugar con centenar de árboles muy  erguidos, que hacen de pulmón en este sector y los senderos por donde cientos de personas caminan diariamente en busca de oxigenarse, relajarse para enfrentar el diario trajín y  lograr una mejor salud. Un avión atraviesa el espacio en su primer itinerario, trayendo consigo personas que vienen de otra ciudad a sus trabajos, negocios o  de turismo. Observo también a las personas que caminan a esta hora por las calles, cada una lleva consigo una historia,  preocupación personal, familiar o laboral.
A esa hora también van llegando los buses escolares, por los niños y adolescentes  que viven en el edificio, quienes  alegres con sus loncheras unos y morrales al hombro los otros, se disponen para empezar la jornada escolar; sus padres  al mismo tiempo salen presurosos para sus respectivos trabajos.
 Camilo y Andrés, suben rápidamente al bus que los llevará al colegio. Ellos son dos adolescentes de quince años cada uno, estudian en el mismo colegio en donde cursan el noveno grado. El rendimiento académico de Camilo es más bien bajo, es rebelde y no obedece las normas de sus padres ni de sus maestros, ambos tienen el mismo grupo de amigas con las cuales van cada ocho días a rumbear pues sólo piensan en divertirse; Camilo inició a su amigo en el cigarrillo y en el licor, porque de esta manera se dan seguridad y se sienten como adultos; practican deportes extremos como la escalada en roca, montar en bicicleta de montaña, y volar en parapente.
 Una vez en su colegio a media mañana en el primer descanso, unos alumnos corren muy asustados a dar aviso al coordinador de disciplina y a los profesores pues consideraban que había ocurrido algo grave en los baños, había pánico y todos corrían y  se preguntaban qué estaba pasando. Algunos afirmaban que se trataba de algún faltón y había sido un ajuste de cuentas, una  riña tan común entre compañeros parecía ser el argumento de otros, o que seguramente estaban implicados en pleitos de pandillas decían los más prudentes, pero la verdad sale a relucir cuando Juan, uno de los compañeros que había escuchado a Camilo el día anterior  comenta que  todo ocurrió porque éste había expresado que su papá tenía un arma en su casa y que él la sabía disparar a la perfección, pues ya había ensayado en varias ocasiones cuando iban a la finca y la llevaba al escondido de sus padres, se internaba en un paraje alejado de la casa y empezaba a disparar una y otra vez, hasta dar en el blanco que para el efecto escogía. Andrés con gran curiosidad le pide a Camilo que la lleve al colegio o de lo contrario no le cree ese cuento, pues piensa que son sólo fantasías de él.
 Así fue como ese día, Camilo sacó el arma del closet donde su padre acostumbraba guardarla, sigilosamente la coloca en su morral y sale presuroso a esperar el bus. Cuando llega al colegio desea que nadie mire su morral, presiente que todas las miradas se dirigen a él y lo invade el  nerviosismo, cree que los profesores se están dando cuenta de ello,  porque esto no está permitido en el reglamento de ninguna institución, que está transgrediendo la normatividad y hace lo posible por  guardar serenidad, pero a pesar de esto no puede concentrarse en la clase, esperando  la hora indicada, que era durante el primer descanso; en realidad Juan fue el único que con curiosidad estuvo observando a Camilo todo el tiempo, conocedor como era de la conversación del día anterior y por lo mismo discretamente  lo siguió a la hora del descanso.
 Camilo y su amigo Andrés se van para los baños refiere Juan, quien observa de lejos la escena y ve cuando Camilo saca el arma de su morral,  un revólver que al final resultó ser  un Smith & Westsson  pavonado calibre 32 corto, lo mira y acaricia por todos lados con orgullo, lo acciona dándole volteretas como en las películas de vaqueros  frente a su amigo, dándose ínfulas de hombre grande y experto,  le  saca el tambor y coloca una  bala en el mismo, lo pone a girar y con movimiento rápido de la muñeca lo deja en posición y de inmediato, reta a su amigo a que jueguen a la ruleta rusa. Andrés tiene mucho miedo e intenta retirarse pero ante la insistencia de su amigo y para no quedar mal ante él, ni pasar por cobarde coge el arma, temblando la coloca a la altura de su cabeza,  dispara y queda aturdido pues el ruido del percutor al caer, lo siente como una explosión, pero no pasó nada.  Le toca ahora el turno a  Camilo, quien con gesto muy seguro y de suficiencia hace lo mismo, monta el gatillo, acciona el arma y de inmediato tras el fogonazo y estruendo se desvanece y cae al suelo en un charco de sangre que se va extendiendo. Otra  vez  dio en el blanco, pues era imposible fallar, sólo que el impactado fue él mismo. Su amigo no podía creer lo sucedido, con dificultad alcanzó a dar un paso atrás y recostarse contra una pared antes de caer desmayado.

PALABRAS MAYORES – MEDELLÍN. Dolly Guzmán García
Septiembre de 2009

martes, 12 de enero de 2010

SIGUE PASANDO
Percibo  el rumor de la ciudad adormeciéndose, la casa está en silencio y escucho la voz  que con maña y con las pausas necesarias me dicta las palabras que materializan  mis memorias.
Es maravilloso evocar vivencias; esas que han dejado señales en la memoria y cicatrices en el alma; evocaciones removidas por sensaciones  que reviven instantes pintados de todos los colores; son memorias cubiertas por el  blanco cuando brotan de las fragancias del alma; despiden destellos amarillos de cuando fuimos brillantes y nos llenamos de la  luz  del descubrimiento y  del asombro; vibran candentes cuando acuden envueltos en color carmesí los recuerdos rebosantes de deseo y de pasión; muy sutil aparece el color rosa vistiendo el romance, el amor; hermosas son las marcas de los momentos estables y profundos,  teñidas por  los colores  del cielo y del mar y  en la paleta no podía faltar  el color negro por los tiempos oscuros, cuando con el corazón en un puño, atravesábamos borrascas, vivíamos el riesgo, la contradicción,  cuando creíamos que se nos arrancaba el alma y sentíamos morir sin estar en gracia.

De pronto hubo un estallido e inmediatamente se cortó el fluido eléctrico, mi voz se fue y el corazón saltó  por lo imprevisto; me disponía a retirarme pero  volvió, solo fue un parpadeo. Nuevamente espero para ver que sigue pasando. El estrépito y su única victima que supongo es un transformador de energía, me recordó un amanecer del año 93; por esa época habitábamos en un edificio pegado a la montaña,  donde se escuchaba el cantar de los pájaros, la música del viento entre las ramas y el murmullo de los árboles mecidos por la brisa, la misma, que hacia tiritar los cristales de las ventanas. Era un mundo aparte; allí vivíamos relativamente tranquilos disfrutando de nuestros logros profesionales y ayudando a crecer a nuestra hija; gozábamos de un amor maduro, mezcla deliciosa de profundos sentimientos, salpicado con  pasión, lleno con  ternura, generosidad y nobleza.

Con horror recuerdo una marca de esos años, teñida del color del luto,  señal de duelo por el dolor de puñaladas  en el corazón del pueblo; en esos años  el monstruo que quiso reinar a sangre y fuego  arrasaba, asesinaba, se apoderaba de todo. Para agravar la situación y forzados por un fenómeno natural nos llegó el turno de vivir en tinieblas, estábamos en el año del “apagón” y el racionamiento se apareció para oscurecer mas el  panorama del terrorismo.
En aquella época nos levantábamos de madrugada y adelantábamos  la salida para  acompañar a la niña hasta la universidad para la clase de seis; estábamos  con el apuro de la salida y nos alumbrábamos con la luz de unas  velas: el padre en el baño, la niña en su cuarto vistiéndose y yo en la cocina empacaba las loncheras, para regresar al finalizar nuestras jornadas.
Estábamos en esas cuando fuimos sacudidos por un bombazo; temblaron los muros, sonaron los vidrios, sentimos la onda pasar por nuestros cuerpos y ni modo de mirar para ver que pasaba, afuera estaba totalmente oscuro; corrimos para abrazarnos, estábamos asustados, afortunadamente juntos y no precisamente en ese lugar por el que podíamos estar pasando, si el hecho hubiera sucedido unos minutos mas tarde; nos dimos ánimos para continuar, oramos dando gracias a Dios.

De ese año espeluznante  también llegan otros recuerdos; era la época de acompañar una hija adolescente para llevar una vida acorde con su edad, en medio de muchas restricciones.
Una tarde,  me pasaron  una llamada telefónica no anunciada, la que para mí tenía nombre propio: familia. Al otro lado de la línea estaba mi hija; se escuchaba agitada, hablando mas rápido de lo normal. Escuché con atención:
-mami -me dijo con el tono mas dulce y cautivador que tenía muy ensayado y con el que sabía lograba muchas cosas;
 -Me voy a quedar un ratito en un concierto  aquí en la universidad, yo voy temprano, antes de que se vaya la luz; eso quería decir antes de las 8 de la noche.
-Cuídate, -alcancé a decir; ella atropelladamente siguio:
 -mami, necesito un gran favor;- sus palabras materializaban las instrucciones de cómo debía proceder para proteger a una compañera de clase;
-pon atención, me dijo
 -Girlesa para no tener problemas con la mamá, le va a decir  que está con nosotros y que se queda   a dormir en mi casa-; recordé inmediatamente  a esta chica porque había estado en nuestra casa una o dos veces estudiando, tenía un aspecto y unos modales que dejaban mucho que desear, los mismos que había hecho notar a mi hija como no convenientes para mantener una amistad; sin respirar, ni dejarme agregar o preguntar algo continuó,
-si la mamá llega a llamar, le dices que está con nosotros y  si llamara  mas tarde tu contestas y por favor le vas a decir  que estamos dormidas porque   vamos a madrugar para estudiar; que ella la llama por la mañanita; gracias mami, te amo…….. Por favor no me digas que no,  por favor…

PALABRAS MAYORES – MEDELLÍN. Ma.Eugenia Villa

Agosto 2009

lunes, 7 de diciembre de 2009

Por siempre jamás

Se llamaba Josefina Londoño, Londoño, Pajón, Londoño, y no se cuantos Londoño más.




Se levantó, en la entonces todavía llamada por algunos Bitagüí, corriendo y saltando alegremente en inmensas tierras verdes y doradas, en medio de esbeltos cañaduzales mecidos al viento, y con esclavos que desde niña le decían “amita”. Cuando ella vio la primera luz, el siglo diecinueve ni pensaba en acabarse.

Casi sesentona, llegó a mi vida antes de yo nacer, a través de la entrañable  amistad   con mis padres. A mis hermanos los quiso mucho, pero conmigo que fui su ahijada, se desrretía de amor. Siempre he creído que a los seres que amamos los llevamos en el corazón y en fotos: en la galería de retratos familiares del corredor de su casa, estaba la imagen de mi padre de perfil y muy joven. Y una hermosa fotografía  nuestra  colgada en la pared de la sala, junto a la de sus padres,  en el eje de las miradas.

Era muy singular: alta y bastantona, con el cabello  a medio  teñir de  negro  azabache y recogido atrás en una moña enroscada sujeta con miles de ganchos, usaba en su frente y en  sus mejillas abundante polvo de arroz que contrastaba con el rojo carmesí de sus delgados labios. Lucía trajes, generalmente de estilo sastre, que no llamarían la atención a no ser  por sus finísimos sombreros importados, cuyo uso diario ya en decadencia estaba reservado para mujeres muy elegantes, y ancianas sobrias y apergaminadas que lo llevaban muy discretamente. De paja o de fieltro de distintos colores  se los colocaba hasta para salir a la esquina y los adornaba, bien con plumas, bien con alfileres que por su diseño o color eran algunos impropios para su edad,  exagerados y de mal gusto otros, bonitos muy pocos. En ocasiones generaba hilaridad a su paso, y  si lo combinamos con un corsé que la cubría desde el pecho hasta la cadera y no la dejaba casi ni moverse,  y  unos tacones tan altos que dificultaban su paso, daba como resultado una mezcla de risa y vergüenza de estar a su lado.

Tras esos artificios que solo hablan de su vitalidad, había una gran mujer. Durante mi primera infancia, hasta que cumplí los siete años y entré al colegio, viví tomada de su mano, un cuento digno de las mil y una noches.

Habitaba una antigua, inmensa y majestuosa casa muy cerca de la Basílica Metropolitana,   tristemente arrasada por  la modernidad, en compañía  de sus hermanos: un hombre y una mujer solterones que le obedecían en todo y recibían sus cuidados y también sus regaños, y a los cuales protegió hasta que les cerró los ojos y los preparó   cuidadosamente -como a mi abuela- para el viaje final. Además  una sirvienta,  siempre  negra y servil como los esclavos de su infancia que aceptara decirle “mi amita”,  y  no se atreviera a  faltar  al respeto y sentarse  en los espacios reservados para los señores. De una cuadra de fondo, con un patio central donde compartían veinticuatro jaulas con canarios, un sinsonte,  un turpial, y abundantes  plantas de follaje y de flores, fue el escenario principal donde tejió para mi hermana y para mí una historia que nunca terminaba, siempre  había que regresar al otro día a esperar las más inusitadas  emociones.

Cuando nos había propuesto un paseo, acosábamos a papá para que nos llevara temprano en la tarde: no nos podíamos perder la postura del corsé. Entrábamos a su habitación de soslayo y como sino nos importara ver, nos mirábamos con complicidad y ya sabíamos lo que seguía: preparada con una ropa interior blanca y muy fina se colocaba por delante el corsé y después de luchar un rato dando pequeños brincos para intentar acomodárselo nos pedía ayuda, cosa  imposible, ni a cuatro manos lográbamos apretar un ápice de los cordones entrelazados y larguísimos que debían poner en orden sus abundantes carnes, pero hacíamos ademanes,  era parte del disfrute. Vencida, llamaba entonces a la sirvienta de turno, quién en un dos por tres y como si estuviera cerrando un costal  jalaba los lazos que remataba con un moño en su trasero.  Le ordenaba que se retirara, suspiraba tres veces -yo creía entonces que para recobrar la respiración en suspenso por la postura de la faja- y con un gesto devoto y un ritual casi  imperceptible  se anudaba a la cintura un cordel café y se daba la bendición, a la vez que hacía un ligero, pero no por ello menos piadoso remedo de genuflexión. Algún día ante nuestra curiosidad nos dijo en tono misterioso y dulce que se trataba del cinturón de castidad de San Antonio, y nos explicó algo que no entendí del todo sobre aquello de la virginidad. De su estado civil solo sabía lo que ella misma me había asegurado: se quedó soltera porque era muy libre y no estaba dispuesta a que un hombre la mandara. Yo no relacionaba una cosa con la otra, y tampoco necesitaba saber más. Lo que si sabía era que ella, mi madrina, tan alegre, tan gocetas como se decía a sí misma, no era una solterona ni una beata.

Vestido, tacones, y sombrero, y a pasear.

Nos esperaba una de rechupete, la montada al típico camión de escalera de esos de paisaje pintado atrás y totalmente decorado por artistas de pueblo: con tres escalinatas exteriores altas y  bancas abiertas y en fila, el fogonero la debía cargar y alzar con fuerza en sus brazos hasta el asiento, al tiempo que ella volaba los ojos y se agarraba a su salvador, mientras nosotras escondíamos la risa y  como si no  tuviéramos nada que ver con el asunto  ágilmente nos  trepábamos por otra entrada y  hacíamos piruetas hasta que agotadas las miradas risueñas de la gente, nos sentábamos muy serias a su lado.

Íbamos al zoológico, al Bosque de la Independencia, al circo…, o a lo que ella llamaba visitar pueblos. Este último era mi programa favorito: lugares muy cercanos donde no conociéramos la iglesia, como Belén, Aranjuez, Itaguí, Campo Valdés… era nuestro destino final, una vez que descendía del transporte de la misma forma en que había subido nos dirigíamos a la casa de Dios a pedir tres gracias, lo cual duraba un santiamén, para enseguida cumplir con nuestro itinerario: como si estuviéramos en la mismísima Capilla Sixtina, recorríamos paso a paso todas las obras de arte: imágenes y cuadros religiosos, mosaicos, frescos, vitrales, la talla en madera del púlpito y del confesionario, todo me parecía majestuoso… ella se encargaba de desmenuzar con palabras entendibles y  lúdicas, como si fuera un cuento,  todo lo que veía y lo que le evocaba: pasajes de la biblia, historias de santos, detalles ornamentales, siempre a tono con unas chiquillas de cinco o seis años. Yo la escuchaba con la boca abierta…

Salíamos entonces al parque a comer algodón, colaciones, velitas, si no nos antojábamos suficientemente ella compraba bolsadas de confites y dulces a su gusto, que nosotras zapoteábamos con deleite y hasta cometíamos el pecado de la gula. Posábamos para la  foto de cajón, montábamos en burrito y le recibíamos a un loro viejo el papelito con la suerte que sostenía en el pico. Por la noche llegábamos a casa con indigestión. Mi padre la llamaba,  la regañaba y la amenazaba con no volvernos a llevar a su casa, ella le pedía perdón y le prometía no volverlo a hacer…

Cuando la visitábamos no hacían falta los juguetes, solo me acompañaba mi muñeca: hacíamos gomitas de múltiples colores en una paila inmensa que poníamos en el centro del patio, y galletas de mantequilla horneadas para llevar de regalo a papá, a mamá, a mi hermano mayor y a Belarmina la niñera, cosíamos vestiditos para las muñecas y aprendí a manejar la máquina de coser. Los pajaritos también requerían nuestra atención: los huevitos, la empollada, el alpiste; los distinguíamos por el colorido de sus plumas y por su canto, pero sobretodo nos ilusionaba que los polluelos que cuidábamos, al venderlos eran monedas para la alcancía de marranito que rompíamos cada diciembre.

No necesitó sentarse en el piso para estar a mi altura: jugando cualquier cosa, me contagió de su alegría sincera e imbatible como si se le hubiera enredado en la piel el dulzor de la caña, y con ella aprendí a disfrutar enormemente de las cosas más sencillas de la vida.

Conversadora por excelencia  sus historias  me cautivaban. Sin ningún esfuerzo de mi parte  desde muy temprano no solo me sabía de memoria los cuentos de Pinocho, Caperucita, y todos los de hadas buenas y ogros malos, príncipes y brujas, sino que también me eran familiares Bolívar y Santander, Marco Fidel Suárez, Barba Jacob y Julio Flórez; Tomás Carrasquilla y  las Fábulas de Esopo.  No se le escaparon Adán y Eva, el descubrimiento de América, la muerte de Carlos Gardel y muchas cosas más. A mi mente de niña se le antojaba que ella sabía casi tanto como mi papá.

Tengo recuerdos muy gratos de los programas con los Londoño y mi pequeña familia: estadías en la finca con caminatas llenas de fragancias y sonidos, deliciosos paseos de olla con intentos casi siempre fallidos de elevar cometas, las exhaustivas procesiones de Semana Santa estrenando  de pies a cabeza, la elaboración   del pesebre  orquestada por ella, con encerados, cascadas de papel celofán,  pastores, animales y cuanta figura se pudiera  rebuscar cada año para renovar el  Nacimiento, y todo rematado con unas guirnaldas que comenzábamos a hacer desde octubre con papel de globo de colores y que  se parecían  demasiado a las que lucía en su negocio el tendero de la esquina.

Tertulias  sabatinas exquisitas con mis padres donde la palabra fresca y amistosa se regodeaba por el recinto –nunca hubo una discusión en su presencia- y que continuaron varias décadas  más allá de la entrada al colegio, hasta que las ausencias, unas temporales y otras definitivas y los avatares de la vida fueron relegando para el recuerdo esas vivencias invaluables.

Dejé para lo último lo más importante: cada que compartíamos había alguna alusión bondadosa explícita y detallada sobre mis padres la cual remataba con certeza en  lo mucho que los debíamos respetar y querer. Dado el ambiente complejo y hostil que respirábamos, esa, y ninguna otra, fue para mí su varita mágica. Estoy cada vez más segura, que ella, conocedora como la que más del infierno en que vivíamos ponía a propósito su miel para hacer menos amargo el acíbar de nuestra infancia.

Pasaron muchos años. Cuando ya Josefa no nos podía escuchar, y a su vez mi hermano se preparaba para su partida, frente al mar, a ese mar que ella me descubrió sin conocerlo, y que mi hermano, mi único y muy amado hermano, y yo, con el corazón arrugado escogimos para nuestra última despedida, él, como parte del recuento de nuestras vidas que cada uno recreó para el otro por última vez, con tono  íntimo y dejando a un lado por un momento todo vestigio del dolor físico que lo agobiaba, con su rostro visiblemente iluminado y juguetón -como era él antes- le puso palabras a aquello que yo sabía desde siempre, y que mi pudor había impedido que aflorara a la conciencia: Josefa amó al viejo -mi padre- con una pasión  desgarradora y eterna que nunca confesó. Nos abrazamos   gozosos,  con  emoción  fraternal y cómplice: de las mil y una mujeres que amaron a papá fue la única y única que despertó nuestro amor filial. No podíamos esconder más, antes de él irse definitivamente,  a Josefa, incomparable ser en el universo que nos concilió con ellos, siempre,  en la vida cotidiana, y nos dio la paz que anhelábamos.

Imposible de sofocar, se anudaría todos los días y más aún en las largas noches, por años y años, después de suspirar  tres veces, el cinturón de castidad de San Antonio y de rodillas ante su imagen de yeso desahogaría su dolor. Josefa, que nunca anheló lo que no estaba a su alcance fue abrazada a hurtadillas por Eros. Siempre se negó al amor de hombre, pero fue presa de ese imposible, cuando, ella, joven educada y agraciada; él, un poco menor, bello y culto entró a su casa como médico de cabecera de su madre a quién consintió tiernamente hasta su último signo de vida.

Él, que a tantas mujeres conquistó no sintió por ella pasión que lo lanzara a traspasar los linderos de la carne. La quiso, sí, mucho,  como a una hermana del alma.

Pudo haber enloquecido de amor, pero su corazón, tan sabio como ella, le dictó el camino que domeñó la pasión. Guardó celosamente su secreto,  con tanto recato, que mi madre que detectaba el aleteo de una mosca junto a mi padre nunca sospechó nada.

Hasta que su ardor escondido dio fruto en nosotros, los hijos que hubiera deseado tener con él, y lo transformó en un cariño sin artificios,  alegre y profundo. Más allá del vínculo de sangre, más allá de la muerte, Josefa es parte  fundamental de nuestra familia por siempre jamás.

PALABRAS MAYORES MEDELLÍN. Ma. Cristina Arroyave Portela

Diciembre de 2009

domingo, 29 de noviembre de 2009



Sobrevivir


       Zancones, de plumaje oscuro y pico largo y agudo, poco vistosos cuando están en su tarea de cazar insectos para su sustento, pero majestuosos cuando agresivos despliegan sus alas blanquinegras, dispuestas a enfrentar violentamente a los intrusos en defensa de su territorio.
      Siempre andan en pareja. A veces reciben visitas consideradas no gratas, de otras parejas que buscan un sitio para aposentarse, o de nonos en busca de compañera o compañero.
    Fueron dueños de extensas zonas al sur de la ciudad pero las construcciones los obligaron paulatinamente a reducir cada vez más su hábitat.
     Primero lucharon por no dejarse desalojar, pero terminaron compartiendo a regañadientes con los nuevos residentes. Perseguían a los niños que montaban sus bicicletas o jugaban, quizá también porque ellos aún no practicaban el debido respeto.
    Hoy sólo quedan unas pocas parejas que se han convertido en las mascotas de los residentes, pero dejándose contemplar sólo de lejos.
   Son padres ejemplares. Ayer nacieron dos polluelos y la mamá se aprestó a iniciar su proceso de enseñanza. Practican con sus hijos la máxima de: “no te regalo el pescado, te enseño a pescar”. Mientras el padre se pone en alerta para defenderlos de los aguiluchos y de los gatos, la madre estira su largo cuello para ordenarles que se pongan en pié y los lleva a dar un paseo para indicarles hasta dónde pueden llegar.
    Uno de los polluelos excedió los límites territoriales, provocando una sangrienta lucha. Uno de los dueños del terreno invadido logró alcanzarlo hiriéndolo en el cuello. Su madre se lo arrebató y en vano intentó esconderlo debajo de un resucitado. Ya cuando vio a su pellarcito tendido, abandonó la lucha y se fue en busca del otro, que esperaba temeroso a la sombra de un árbol, custodiado por su papá.


Aura López
Palabras Mayores Cali


La carta que no hubiera querido escribir



      Eras un muchacho alegre, amiguero, risueño. Recuerdo a tu profesora de kínder quien en las reuniones me decía que siempre retrasabas el inicio de la primera clase de cada mañana, porque tenía que esperar a que saludaras de mano a cada compañerito. No te preocupes profe - ya voy a terminar- le decías, y con tu sonrisa obtenías su aprobación.
       Creciste. Transcurrió tu vida universitaria. A mí el tiempo apenas me alcanzaba para responder por los quehaceres propios de mi trabajo, y tú igualmente afanado con tus obligaciones como estudiante.
      Habíamos establecido la costumbre de sentarnos a conversar aunque fueran pocos minutos, cada noche. Hablábamos de nuestras cosas cotidianas, tus planes, tu novia, tu estudio. Por cierto, te despedías más de lo necesario antes de irte a dormir.
      Era Agosto de 1994. ¿Que cómo me veo dentro de diez años? Sí, cómo te ves. Tengo muchos planes. Los habré realizado en gran parte. Ya habremos terminado de estudiar Juliana y yo, y mis planes la incluyen.
     Sabes que me interesan mucho los sistemas y la computación y veo mi futuro allí. A propósito, este fin de semana vuelvo a armarte el computador pues lo desbaraté pensando que tendría tiempo para terminar de limpiarlo, pero la preparación del parcial de hoy me tomó más tiempo. No te preocupes, Ma.
     Era jueves y te esperé hasta tarde como de costumbre ¿Por qué tardas tanto? ¿Por qué volviste a salir si ya estabas en casa? No llegabas. Comenzamos a preocuparnos. Creció la angustia. Me desesperé. Recibí la primera llamada, la segunda, muchas, qué dolor, a qué horas me atrapó este torbellino. Llegamos a tu lado. Qué frío tan doloroso ¿Qué haces ahí tendido? Vístete y nos vamos, en casa estarás mejor, apúrate.
   Yo daba vueltas en una loca y gélida espiral que vomitaba personajes siniestros y crueles, con afiladas garras, con capuchas blancas, que me fueron destrozando el corazón. Señora, que si dona los órganos de su hijo. Con fuerza me enfrenté a ellos. ¿Es que no lo piensan dejar despertar?
    Señora, ¿Por qué no le reza? ¿Cómo así? ¿Por qué? No entiendo nada. Paren ese remolino. ¿A dónde quieren llevarme?
   Desde aquel momento y por muchos años el hielo se apoderó de mi alma. Pero ya ves, el tiempo ha pasado inexorablemente y la vida ha seguido. Hoy tus sobrinos te recuerdan también aunque no te conocieron. Me preguntan mucho por ti.
   Al menos ya soy capaz de responderles, te describo en tu edad actual, con esa sonrisa tan sincera, con tu lenguaje des complicado, con tu “no problem Ma”. Poco a poco se ha ido desvaneciendo la nieve en ni corazón pero sin que te desdibujes. Mi punto de referencia es 1994. No te he apartado un solo instante de mi vida. Aún tengo muchas cosas para contarte pero tendré que tomar nuevo aliento.




Aura López
Palabras Mayores Cali

¿Vas a salir?



Estaba preocupado. Era una incomodidad que venía sintiendo en los últimos días; no era posible que a sus años, después de haber pasado las verdes y las maduras, su economía estuviera de nuevo viniéndose a pique.

Había pasado la noche entera pensando en la manera de conseguir la gruesa suma de dinero que debía pagar al día siguiente pero por más que echaba cabeza, no encontraba la solución, a no ser con un nuevo crédito; pero aun si lo conseguía no solucionaría en mucho su situación y  tendría una preocupación más para el próximo mes.

Cruzó por su mente la idea de vender las joyas que año tras año le había regalado a su esposa en cada ocasión especial.
Buscó el cofre que reposaba en la cámara secreta de una pared de su alcoba y estuvo mirándolas largo rato; advirtió que por su altísimo valor, no sería fácil venderlas en lote.  ¿Quien estaría en disposición de pagarle de contado la fuerte suma de dinero que realmente valían?
Ante esta duda pensó que sería mejor ensayar primero  con alguna alhaja  para tantear el mercado.  Se dedicó a tratar  de encontrar la joya que produjera el equilibrio perfecto  “más por menos”; es decir la que más dinero le reportara y la que menos echara en falta su mujer.

Pasó largo rato clasificando una por una.
-Es triste - se decía, acariciando las prendas, admirando sus filigranas o las espectaculares piedras  engastadas en el oro macizo.
Cada joya trajo a su mente recuerdos de mejores momentos  cuando festejaba en sus años jóvenes algún acontecimiento familiar con su también joven esposa y sus pequeños hijos que felices celebraban cuando él entregaba a la madre el estuche con la gargantilla, un anillo o esa pulsera que en complicidad habían escogido para ella.
Todos reían y alborotaban; siempre era una novedad verla abrir  los ojos de sorpresa a la par que su boca lanzando exclamaciones de admiración.
-¡Que se la ponga!- coreaban los pequeños.
-¡Siii, mami, póntela! -, decía el mayorcito.
 -¡Qué belleza!- exclamaban con cierto dejo de envidia muy bien disimulada las amigas invitadas a la celebración de turno.

Cada alhaja que examinaba  simbolizaba para él un episodio de su vida.
Los diamantes que le regaló para restituir esa canita al aire de fin de semana  que por poco le cuesta su hogar.
 -No, estos no-.
Surgió ante sus ojos el juego de esmeraldas que le dio cuando nació el primer hijo que traía consigo la semilla de la prolongación de su estirpe.
 –Estos tampoco-.
 Y así siguió buscando la prenda de la que pudiera desprenderse con menos dolor.
Finalmente, un pensamiento trascendental lo consoló momentáneamente:
-Cuando se muera tampoco se las va a llevar-. Sentenció.

Mientras persistía en su tarea recordaba que muchas veces habían comentado con sus hijos que en caso de una emergencia, estas joyas podrían sacarlos de apuros.
Y él sentía que ese momento había llegado; mañana no tendría manera de cumplir con sus obligaciones y era cuestión de tiempo para que vinieran  a embargarle sus bienes, situación que no estaba dispuesto a admitir; no sería capaz de saber a su familia sin techo y sin las comodidades que siempre habían disfrutado.
Sin embargo se sintió débil a la hora de definirse por alguna alhaja en particular.
Cerró el cofre que simuló  convertido en caja de Pandora y se limitó impotente a pasar sus dedos por los bordes una y otra vez en un acto mecánico; realmente no lo acariciaba;  su mirada fija en un punto indeterminado indicaba que su pensamiento estaba detenido en sus propias remembranzas, evocando  escenas, recreándolas, disfrutándolas acaso más ahora que se habían convertido en éter. Hubiera querido accionar el túnel del tiempo para vivirlas de nuevo y congelarse en ellas en un infinito “por siempre jamás”, pero recordó que retenerlas es imposible en esta dimensión.
Y al igual que se desvanecen las pompas de jabón, desaparecieron sus ilusiones y volvió a la realidad. Ahora aquellas solo existían aprisionadas en algún rincón de su mente y se mantenían fuertemente atadas a su corazón con los hilos invisibles del amor.

Permaneció inmóvil largo rato; repasaba su vida, sus esfuerzos, todos los sacrificios por sacar adelante a su familia, por lo único que sintió que valía la pena luchar y vivir la existencia; en su discurrir no atinaba a precisar en qué momento empezó a deteriorarse su vida y a derrumbarse el estado de las cosas a su alrededor.
Se detuvo a pensar que valía más muerto que vivo.
En la intimidad de su alcoba y en la más sagrada comunión consigo mismo, resumió su vida en una lágrima.
Salió de allí como cargando un enorme peso. Nadie lo notó.
Se sentía  frustrado, impotente,  iracundo y lleno de conmiseración consigo mismo en medio de su soledad.
-Vas a salir?- le preguntó su esposa.
-Por ahora no pienso hacerlo; ¿por qué? ¿Qué necesitas?-
-Necesito hacer una vuelta- le respondió ella; -¿Podrías llevarme? Me dejas y te regresas, si quieres-.
Asintió con un movimiento de cabeza.

Se veía ausente y así condujo  absorto en sus pensamientos; cuando llegaron a su destino, ella bajó del automóvil y él siguió su camino.
Llegó hasta el próximo semáforo para retomar la avenida; entonces repentinamente un hombre se abalanzó hacia su carro y antes de que se diera  cuenta, limpiaba el parabrisas. Su figura irradiaba dignidad. Su rostro sereno, modales mesurados,  vestimenta humilde, se percibía entusiasmo en lo que hacía y un inusual destello de  esperanza en sus ojos.
-Oiga, noo!- le increpó; -no quiero; no lo haga-.
El hombre, impasible, siguió su labor.
-Una monedita-, le imploró; - Usté me colabora con una monedita… lo que tenga- insistió en un tono de voz suave y sumiso.
Su rostro se contrajo con furia. Hizo el ademán de buscar en sus bolsillos y en los compartimientos del carro mientras  lanzaba improperios contra el hombre:
- Malnacido, hijueputa, qué se cree este gran marica: que tengo obligación de mantenerlo ¿o qué? – Vociferó.
El semáforo dio vía;  el hombre lo miró ansioso; él, mirándolo de reojo le advirtió que no tenía que darle nada.

Esperó  su reacción. Necesitaba un pretexto por leve que fuera para descargar lo que tenía represado.
-Está bien, Don; otro día-.
Su descontrol fue grande cuando le respondió con una sonrisa y una mirada llena de comprensión.
Desvió el arma que portaba.
A cada momento que pasaba percibía más su pequeñez.
Reconoció  lo mucho que pudo haber agradecido a la vida; ante sus ojos desfiló todo aquello que disfrutó, empezando por sus seres queridos.

En sus pupilas quedó grabada la imagen del hombre que dependía de la moneda que él le negó para completar el pan que ese día llevaría a los suyos.

Y al agudo dolor que le doblegaba se  sumó una gran vergüenza.

PALABRAS MAYORES – MEDELLÍN. Mercedes Castellanos

Noviembre 2009

sábado, 28 de noviembre de 2009

Pequeña historia de amor




Año 1936, mi futuro padre, quien se llamaba Guillermo Roldán Mejía, contaba apenas con 22 años, había nacido en San José de la Montaña, Antioquia, en un matrimonio bastante desafortunado; a la edad de catorce años resolvió probar fortuna, abandonó el hogar, si es que a eso se le podía  llamar hogar y viajó al suroeste del departamento, a  una vereda llamada La Miel, del municipio de Caramanta, en los límites con el departamento de Caldas. Inicialmente trabajó en una finca denominada  la Calera, propiedad del señor Salomón Botero, con quien años más tarde se iba a emparentar. A la edad de l8 años empezó a trabajar con el Ministerio de Obras Públicas,  en la apertura de la carretera, que del norte de Antioquia (costa Atlántica), llegaría hasta la costa pacífica (Buenaventura), comunicando a su paso varios departamentos, llevando el progreso a todos los pueblos y ciudades que tuvieron la fortuna de aparecer en el trazo de esta.
Para este año, se estaba trabajando entre los Municipios de Caramanta (Antioquia) y Supía (Caldas), un trayecto de unos treinta kilómetros, y solo faltaban siete para llegar al último.
Necesitaban encontrar un sitio donde construir un nuevo campamento, para improvisar los dormitorios para los trabajadores, el depósito de herramientas y demás enseres que se necesitaban para seguir adelante con el trabajo; este campamento, debía construirse  cerca a una casa donde les pudieran preparar la comida y arreglarles la ropa. Fue entonces cuando encontraron una pequeña finquita, en la vereda El Placer, con una casita mediana, que tenía  un corredor delantero lleno de masetas, de muchos colores, que al igual que el jardín del patio, que daba paso  a l camino de la entrada, le daban el aspecto de un Edén, haciendo honor al nombre que la pequeña parcela tenía.
La propiedad pertenecía a la familia Botero Ossa, que estaba formada por los esposos, Pedro Luis y Carlina, y siete hijos, seis de los cuales eran de sexo femenino. La hija mayor, se llamaba Carmen Argelia, le seguía Benjamín, único  hijo hombre, en el momento, porque Alfredo, el sexto, había muerto a los ocho años, victima de un sarampión. Las  otras cinco niñas, en su orden de aparición, se llamaban Elena, Dora, Magnolia, Nubia, y Carola por el momento, porque más tarde llegarían, Margot y otro hijo varón, que llevaría el nombre de su hermano muerto.
 Mi futura madre, Carmen Argelia, tenía entonces once años, papá decía que era una niña muy alta y esbelta;  aparentaba más edad de la que tenía; su tez era  trigueña, y sus ojos negros, igual que su hermoso cabello, que casi siempre llevaba recogido en dos gruesas trenzas rematadas con cintas de colores, que le daban un aire de gitana. A pesar de su estatura, apenas se vislumbraban en ella, los cambios de la pubertad.
Tan pronto vio la pequeña casita, el ingeniero jefe, se acercó a ella e hizo la forma de hablar con sus dueños, con quienes, después de un largo diálogo, logró contratar, tanto la preparación de la comida, como el arreglo de la ropa de los carreteros, como se les llamaba en aquella época a los que hacían este tipo de trabajo. Fue entonces cuando el joven, Guillermo, hombre de muy buena presencia, alto, delgado, de tez blanca, ojos azules, cabello rubio, ondulado,  y con una gran facilidad de expresión, conoció a la niña que le iba a hacer cambiar por completo el rumbo de su vida. Tan pronto la vio quedo impactado. El que debido al hogar tan desdichado  que le  tocó compartir en su niñez, siempre había jurado que nunca se casaría, cambió de opinión en ese mismo instante y se dijo para si: Esta va a ser la madre de mis hijos, ella o ninguna. El problema ahora, era tener que esperar a que ella acabara de crecer, para declararle su amor y pedirle que se casara con él. Cada día que iba pasando, el amor de él hacia ella iba creciendo; ella en cambio veía en él, a un señor muy apuesto y buen conversador que cada noche, después de comer, les daba paseos en la carreta, tanto a ella, como a sus hermanas menores; les recitaba poesías;  les llevaba libros, que ella leía en voz alta para todos. Así fue transcurriendo el tiempo; cada vez era mas difícil para él, mantener su amor en secreto; un año después decidió  ausentarse por un tiempo y pidió  traslado para otro frente de trabajo;  se lo dieron para Turbo. En tan poco tiempo se había ganado el cariño de toda la familia. Cuando les comunicó lo del traslado, todos se pusieron muy tristes, la futura suegra le preguntó mas de una vez porque había tomado esa decisión, si tenía algún problema, si estaba a disgusto con algo, etc., el le contestaba, que por el momento quería  estar ausente durante cuatro años, al cabo de los cuales, volvería en busca de algo, si no  conseguía lo que quería, entonces  se iría de nuevo,  para siempre. La señora madre de la niña, no entendió el mensaje que este quiso darle,  y se limitó a aceptar su decisión.
Partió hacia Turbo el veinticinco de septiembre, del año treinta y siete. Pasaron casi cuatro años en los cuales nunca se supo más nada de él, la abuela decía que parecía que se lo hubiera tragado la tierra;  hasta que el veinticinco de mayo del cuarenta y uno, apareció de sorpresa, en la casa de la abuela Elena, madre de la señora Carlina, quien se encontraba muy delicada de salud, en Supia, lugar donde  residía. La persona que le abrió la puerta era una tía, hermana de la señora Carlina, llamada Sofía, quien le tenia un gran aprecio y había soñado siempre con casarlo a él, con Carmen una de sus hijas y a Argelia, como llamaban a mi mamá, con Jorge otro de sus hijos. Después de un caluroso saludo, ella le preguntó, que planes tenía, si venía a quedarse; el le contestó que todo dependía de una respuesta, si la persona a quién el quería, aceptaba ser su esposa, se quedaría para siempre; de lo contrario, tomaría la maleta que aún no había desempacado, y se iría muy lejos donde jamás volvieran a tener noticia de él. Gran desilusión se llevó la tía Sofía, cuando supo que no  era  por su hija, si no por su sobrina, que el Mono Roldán, como la gente lo llamaba, había vuelto. La tía era una de las matronas más bonitas y acaudaladas del pueblo; siendo aún muy joven, su primer esposo, había muerto en un accidente, dejándola con tres hijos muy pequeños, y una gran fortuna, que años más tarde, su segundo esposo, quién también poseía buena cantidad de dinero, le ayudó a aumentar en una forma bastante considerable; Con su segundo esposo había tenido otros tres hijos, igualmente herederos de una muy buena fortuna. Sus  seis hijos, cuatro hombres y dos mujeres,  en aquel momento eran considerados los  mejores partidos del pueblo.
No le quedó otra opción a la tía Sofía, que colaborarle llamando a su sobrina que se encontraba en el interior de la casa, y luego dejarlos hablando a solas. Grande fue su sorpresa cuando la vio llegar hecha toda una señorita, más bella de lo que el se  había imaginado; esbelta con una estatura de uno con setenta, su cabello  que aunque aún lo llevaba un poco largo, ya no lo peinaba en trensas, sus ojos negros  y escrutadores, la cara fresca y hermosa, de una jovencita que apenas contaba con quince años cumplidos; todo en ella irradiaba, belleza, y juventud. Cuando la tía entró a buscarla, le dijo que alguien la solicitaba en la puerta, pero no de quién se trataba; cundo lo vio, en medio de su gran sorpresa, en un instante comprendió que siempre lo había querido.  Recordó entonces aquellas canciones  que diario le cantaba cundo entraba a la casa, después de terminar la jornada de trabajo: El botecito, los piconeros, etc., entendió entonces muchas cosas, que antes le habían pasado desapercibidas: El viaje inesperado de él, la ternura con que la miraba, las poesías que le dedicaba, etc. Después de reponerse de semejante sorpresa, iniciaron la conversación y de una él fue al grano, y  le propuso matrimonio. Ella aceptó, y programaron hacerlo efectivo en cuatro meses;  exactamente el veinticinco de septiembre, de mil novecientos cuarenta y uno.

Apenas había cumplido ella diez y seis años y él veintisiete, cuando contrajeron matrimonio en la fecha que convinieron, con el beneplácito de toda la familia.  Unos meses después partieron para el departamento del Chocó, donde vivieron cerca de dos años. Allí en medio de la selva, nací yo, rodeada de animales salvajes, monos, pericos, culebras, etc. Y numerosos  negritos que lo único que llevaban puesto era un taparrabos. La partera que iba a atender a mi mamá, no logró llegar a tiempo; cuando apareció,  ya mi papá me había cortado el ombligo, ¡ y que pulido que me quedó!.  Cuando me llevaron a bautizar, el  nombre que  me habían asignado era Carlina, en homenaje a la abuela, pero durante el trayecto del viaje, Don Quijote, como voy a llamar mas tarde  mi papá, concluyó, que en medio de tanta negritud, yo podía ser Blanca Nieves, entonces me llamó Blanca Nubia, porque según él, Nubia significa nieve. Y que favor el que me hizo, porque aunque mi abuela fue la persona que más quise en el mundo, nunca me gusto su nombre. Me bautizaron, en una choza que servía de capilla, en Pueblo Rico Chocó, ahora Risaralda.
Regresamos a Supia, done vivimos diez años en tres fincas diferentes, incluida la del abuelo.  Allí nacieron seis de mis diez hermanos, en su orden de llegada: Guillermo, Jaime, Carlina, Hernando, Amparo y Héctor. Martín y Fabio nacieron en Caramanta, lugar donde Vivian los abuelos en aquella época
Mis padres cumplieron cincuenta y un años de casados, y tres meses.  Murieron en el año l992, ella el siete de diciembre y él, el catorce del mismo mes. Siempre estuvieron juntos, y durmieron siempre en la misma cama, a excepción de los dos meses que el tuvo que quedarse en Supia, cuando nos vinimos a Medellín y el tiempo que estuvo hospitalizado. Siempre tomaron las decisiones de común acuerdo, y nunca se desautorizaron, el uno al otro, así no opinaran lo mismo sobre el  asunto. Cuando el le pidió que se casaran, solo le puso dos condiciones, que ella tomó muy en serio y cumplió a cabalidad.  La primera, que cuando el llegara a casa ella siempre estuviera ahí, salvo en casos especiales, y  la segunda que nunca le fuera a servir comida a medio cocinar, seguramente marcado por las experiencias de la niñez; Recuerdo que el día que murió la abuela materna, me llamaron al hospital para decirme que estaba prácticamente en coma, y su deceso iba producirse en cualquier momento; pedí permiso para ir a estar con ella, y de paso entré a la casa para avisarle a mi mamá, y llevarla conmigo; vallase usted adelante, me dijo, que yo espero a que su papá llegué.  Le dije entonces, mi papá no te va a poner problema por eso, se trata de acompañar a tu mamá en el último momento;  Ya le dije que voy a esperar a su papá, me respondió; por fortuna cuando llegó a la clínica, mi abuela aún estaba viva.
Yo no voy a decir que nunca tuvieran problemas, eso sería imposible sobre todo, cuando vivieron juntos tanto tiempo; pero lo que si puedo asegurar es que los  supieron superar, gracias a la  ternura de él y la comprensión y discreción de ella. Eran completamente diferentes en el modo de ser, pero se complementaban perfectamente como pareja. Fueron los mejores imitadores de  Don Quijote y Sancho Pansa; El, iluso, soñador, indiscreto, incapaz de guardar un secreto, pensando siempre en la gallina de los huevos de oro.    Ella, ecuánime, realista,  siempre dispuesta a bajarlo de las nubes cada vez que era necesario.
 Como cosa rara, fue él quién nos enseñó a rezar, el que nos hacia las casitas,  donde jugábamos y nos llevaba ollitas de barro, que ella nos curaba, para hacer las comitivas. El siempre fue, la parte tierna del hogar. Ella, en cambio la  persona discreta, que sabia guardar secretos.  Tenía la magia para imponer la disciplina; con una sola mirada era más que suficiente, para que entendiéramos, que estaba, o no, bien hecho.
 Mientras vivimos en las fincas, a pesar de que el trabajo era arduo, nunca nos acostábamos  temprano. La jornada terminaba, casi siempre en una, muy agradable tertulia. Papá prendía, su lámpara de caperuza, encoraba el rosario, y después de terminar el rezo,  la mayoría de las veces, mamá leía  en voz alta,  los libros que el prestaba en la biblioteca  del pueblo; otras el contaba historias y anécdotas de su vida, en una forma muy agradable, actividad que hacia sobre todo cuando había cosecha de maíz ó frijol para desgranar, o de café, para escoger.  Algunas veces, cantaban a dúo, las canciones que estaban de moda; otras  jugaban cartas.
La educación de los hijos, y otras circunstancias, hicieron inminente el traslado al pueblo, donde desafortunadamente, la mayoría de estas costumbres, se dejaron de lado, y fueron reemplazadas, por los compromisos con el estudio, las radionovelas, y  muchos años más tarde con la televisión.  Lo único que perduró hasta el fin de sus días fueron los juegos de mesa, cartas, dominó, parques,  pero lo que más hacíamos era jugar tute.
 En Supia vivimos cinco años, allí nacieron los dos hermanos menores, Consuelo y Jorge; este último murió cuando solo tenía cuatro meses. Tan pronto cumplí diez y seis años, viendo que la salud de mi papá, era cada ves precaria, resolví, por mi propia cuenta, venirme a Medellín a buscar trabajo; tres meses después, toda la familia, a excepción de papá, quién se quedó trabajando allá por un tiempo mientras nos organizábamos mejor,  se trasladó Medellín. Inicialmente la situación fue muy difícil; éramos muchos pero no  estábamos en edad de trabajar, ni teníamos la suficiente  preparación para hacerlo y como si fuera poco, dos meses después papá debió ser hospitalizado durante un tiempo relativamente largo, pues su salud,  había tocado fondo. Con despacio nos fuimos organizando, los cuatro mayores, haciendo un esfuerzo infrahumano, con lo poco que ganábamos, logramos sostener lo mejor que pudimos, la casa, mientras papá recobraba, poco apoco, su salud. Al  año siguiente los menores pudieron ir, de nuevo, unos a terminar la primaria, otros a continuar el bachillerato, por supuesto, todos en colegios financiados por el gobierno, lo mismo que los estudios universitarios, que los hicimos en la Universidad de Antioquia. En el año mil novecientos sesenta y seis, cumplieron sus bodas de plata, mi hermano Guillermo, ya había contraído matrimonio y el  primer nieto, Juan Carlos, llegaría tres meses después. Uno a uno  se fue desgranando la mazorca, y en el ochenta y tres ya de la numerosa familia solo quedábamos tres en casa.  En mil novecientos noventa y uno, celebramos las bodas de oro, para entonces la familia se había triplicado, mis nueve hermanos se habían casado y nos habían regalado veinticinco nietos, y tres bisnietos. Un año después la salud de ambos estaba muy deteriorada, al inicio de diciembre, hablando sobre la muerte el le dijo que solo permitiría que ella se muriera primero para evitarle el sufrimiento de la separación. El cinco de diciembre la salud de él se complico con una neumonía, y cuando estábamos esperando su deceso, ella murió inesperadamente al amanecer del siete de diciembre. Tan pronto  regresamos del entierro de mi mamá, el médico vino  a revisarlo y le dijo: Don Guillermo hoy lo encuentro mucho mejor se está recuperando muy bien; el le contestó: Doctor vivir no es fácil, para hacerlo menos difícil, es preciso tener mucho amor; yo lo tuve en cantidades, pero ya se acabo. Nada me retiene aquí.  Estas fueron sus últimas palabras. Esa misma noche entró en coma, y murió al lunes siguiente ocho días después que ella.
PALABRAS MAYORES – MEDELLÍN . Nubia Roldán Botero
Noviembre 2009