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jueves, 7 de mayo de 2026

Un café para mi suegra

 Alexandra Correa

 


"Yo, Daniela te recibo a ti Rodrigo, como mi esposo. Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe”, fueron las palabras que la llevarían al infierno. Rodrigo recién se había graduado de arquitectura y Daniela estaba a un año de terminar derecho. Vivían un amor atrapado en un cuarto de hotel en el centro.

–Ven mi amor – le dijo Daniela desde la cama.

 Corrió la sábana y subió el camisón hasta dejarle ver la entrepierna. Rodrigo se excitó con los senos de pezones oscuros, se acercó y con brusquedad le apartó sus largas piernas. Sus cuerpos se fundieron y sus respiraciones agitadas y acompasadas se entrelazaron en un susurro compartido. La habitación estaba en penumbra. La respiración de ambos se había calmado, convirtiéndose en un silencio cómodo y compartido. Ella tenía la cabeza sobre el pecho de él, escuchando el latido lento de su corazón, mientras el acariciaba su cabello, con una sonrisa sosegada.

– ¡Cásate conmigo! – le propuso. Te haré feliz. La cubrió y le dio un beso en la frente.

Celebraron su boda con una cena a la que fueron pocos invitados. Los padres de Daniela habían muerto cuando era una niña, así que no tuvo a nadie que la acompañara. La señora Griselda después dijo <<la china es un poco entecada, qué le vamos a hacer, mi hijo fue el que la eligió y a mí me tocará apretarle las riendas>>.

 

Daniela limpiaba una porcelana en el mesón de la entrada, se le escapó de las manos. Rodrigo frunció el ceño y se clavó las uñas en el dorso de la mano. Corrió a buscar un pegante instantáneo y cuando regresó se acuclilló a recoger las piezas esparcidas

–No tuve intención...

– Ni cuidado…

– ¿Crees que más importa un objeto que yo?

– Era una porcelana austriaca de mi bisabuela… Mamá tiene razón eres una entelerida, no entiendes el valor sentimental…

 

Preparó su comida favorita, en un descuido la señora Griselda la engulló.

– ¡Tranquila china, póngase a hacer más!

 

Hizo más y esperó hasta que él llegara pasada la medianoche, quería saber cómo había estado su día. Al probar el primer bocado su reacción fue de asco total.

– ¡Está salado! ¿usted cocina con los ojos cerrados?

 

Griselda le pasaba sus manos por el cuello y por los labios, y él se las besaba mientras cerraba los ojos. Varias veces Daniela se preguntó si lo que tenían era un amor filial.

– Quiero que busquemos una casa para los dos.

Rodrigo se fue a dormir a la otra habitación.

Al día siguiente en el desayuno le dijo:

–Rodrigo, quiero continuar mis estudios en la universidad.

– Déjeme preguntarle a mi madre, quiero tener su opinión. ¿Y eso como para qué quieres terminar derecho?

– Te informo que estamos en el siglo XXI.

–Conmigo aprendes lo que necesitas para la vida ¿no será que quieres ir a conseguir mozo?

 

Cuando llegó la buena noticia del primer bebé, los ánimos en el infierno se calmaron por un tiempo. El niño nació y Griselda no permitió que Daniela lo tuviera más allá de amamantarlo.

–Tranquila china yo se lo tengo, váyase a lavar la ropa.

El bebé parecía estar a gusto en sus brazos.

 

Le suplicó a Rodrigo que se fueran a pagar arriendo.

–¡Qué te pasa no ves que es mi madre, una persona mayor que necesita de mi ayuda!

 

En las noches después de comer se encerraban en la biblioteca con el bebé. En una ocasión entró sin que se percataran y los vio abrazados, una de las manos de Rodrigo en la nalga de ella.  No quiso malinterpretar la situación y suponer algo distinto de lo que había visto, ahí junto al bebé.

 

Rodriguito acababa de cumplir un año y doña Griselda se quedaba con él mientras Daniela salía eventualmente a hacer algo. Una tarde cuando llegó alcanzó antes de abrir la puerta a escuchar un grito ahogado de dolor, cuando entró vio a su hijo con el abrigo de lana azul, sus manitas las tenía una encima de la otra, un pie estaba descalzo y de su boca brotaba un hilito de sangre. Los ojitos los tenía cerrados y su cuerpo inmóvil tirado al final de la escalera. La vieja Griselda lloraba con la frente posada en el tapete.

–¡Desgraciada, qué le hizo a mi hijo!  

–Me enredé con la alfombra, y en la caída se me escapó de los brazos, te juro por lo más sagrado que no quise hacerle daño–dijo la bruja.

 Su cuerpo aún estaba tibio, la cabeza desgonzada, el cuerpo parecía de trapo. Rodrigo le creyó a su madre, así que levantó el cadáver del niño y lo llevó al cuarto de Griselda. No hubo abrazos ni condolencias.  

 

Daniela permaneció sedada durante días. Sufría en silencio y en sueños.

 

¡Estúpida, levántate y haz algo! ¿Te vas a quedar allí tirada como una inútil? ¡Pregúntale a tu marido donde enterró al bebé!, ¡Busca su tumba!

 

Abrió sus ojos y no vio a nadie. Su voz era tan fuerte y sus órdenes tan repetitivas que hizo que se levantara de la cama. Sin fuerzas bajó los pies. El piso estaba frío y sucio, alcanzó a percibir la fetidez de su cuerpo, el pelo andrajoso, el cepillo se deslizaba con dificultad. Acercó su cara al espejo y vio el reflejo de aquella mujer.  

¿Te vas a quedar así, como una imbécil?¡Muévete mujer y haz algo por tu hijo!

 

Bajó las escaleras y salió al jardín. Rodrigo y Griselda estaban tomados de la mano frente a un pino recién sembrado.

– ¿Dónde enterraron a mi bebé?

– Que buen semblante tienes hoy, Daniela ¡Me alegro que lo hayas podido superar!

– ¡Dígame dónde lo dejaron…

– Mire china, para todos es una tragedia, pero deje así, ya se murió…

– ¡Así sea en el fin del mundo lo voy a encontrar!

 

Daniela visitó las oficinas de medicina legal y constató que la muerte nunca la habían reportado. Luego fue a una tiendita modesta en la galería donde vendían mezclas, pócimas, plantas para dormir, infusiones secretas. Consultó largamente a la yerbatera. La anciana estaba rodeada de canastos, sus manos curtidas, las uñas largas y llenas de tierra. Llevaba un sombrero de paja que dejaba asomar una trenza larga y canosa. Le habló de plantas para las dolencias físicas y espirituales, efluvios tóxicos, y de otras mezclas mágicas.  

¿Viste que si podías pendeja? esa es la actitud. Sin misericordia, acuérdate del niño que tenías.

 

La vieja Griselda se sentía culpable a pesar de todo, su corazón estaba vacío y frío. Daniela aprovechó la oportunidad y la invitó a tomar café.

–Reconozco que te he hecho mucho daño –le dijo pasando saliva– he sido innecesariamente cruel contigo durante todo este tiempo, la pérdida de mi esposo me afectó y luego con tu llegada he sentido que me arrebatabas a mi hijo. Mañana iré a la notaría a escriturarte el apartamento del norte, para que te vayas con Rodrigo… y tengan su vida–dijo mientras apuraba el ultimo sorbo de café.

¡Déjala y observa cómo se nos va, disfruta la escena, recuerda que mató a tu hijo.

La taza se precipitó en cámara lenta, la vieja hizo una mueca, posó sus ojos una última vez en Daniela con un destello que ya ni siquiera era de odio y se marchó sin aspaviento.

Daniela salió al jardín, se sentó en una baca junto al pino recién sembrado, supo entonces que su hijo estaba allí mientras observaba la foto desgastada de su bebé.

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