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martes, 13 de octubre de 2026

Vichama y Áspero en la zona arqueológica de la costa norte del Perú

 


 Jesús Rico Velasco 

El domingo 12 de julio salimos temprano de Peñico hacia Barranca en un recorrido aproximado de dos horas hacia la costa norte. Nos hospedamos en el Hotel Chavín en el centro de la ciudad  muy visitado en otras épocas por personajes prestigiosos de Lima   cuando era uno de los mejores hoteles en la localidad. Las acomodaciones son confortables.  Tiene una cafetería y restaurante en el segundo piso.   Caminamos 10 minutos por la calle de la plaza central hasta llegar a un mirador desde el que    se divisa la estatua elevada de Cristo Redentor sobre un cerro en el horizonte y  en una avenida que borde el mar,  pequeños hostales y residencias que normalmente se ocupan en el verano pero que en esta época permanecen cerrados.  Para llegar a la playa conocida como Chorrillos  bajamos por unas gradas. Recorrimos una  playa angosta y nos mojamos los pies en el mar que generoso nos permitió caminar chapoteando  sus olas suaves y   muy frías  por las corrientes marinas  del sur. Para regresar al parque central  tomamos uno de los pequeños vehículos  llamados Moto-cuy, una especie de carrito cubierto, con dos llantas atrás y una delante, una propuesta municipal para solucionar la movilidad en la ciudad que con el tiempo se convirtió en una especie de “plaga” vehicular y afectó las costumbres sanas, pues la gente dejó de caminar para hacer diligencias ordinarias.   

Lucía ante la ventana

  


Clemencia Gómez

Lucía aún vivía entre muñecas y cuadernos, algo en el aire de las tardes empezaba a cambiar. El colegio olía a incienso y tiza, las monjas hablaban del alma, del deber, de la pureza. Su mente vagaba por otros silencios que no tenían nombre. 

Frente a su ventana el mundo respiraba distinto: los árboles, el viento, las voces, llegaban del otro lado. Allí vivía Irene, su amiga y el hermano Carlos, que regresaba cada día con libros y cansancio en los ojos.