Clemencia Gómez
Lucía
aún vivía entre muñecas y cuadernos, algo en el aire de las tardes empezaba a
cambiar. El colegio olía a incienso y tiza, las monjas hablaban del alma, del
deber, de la pureza. Su mente vagaba por otros silencios que no tenían
nombre.
Frente a su ventana el mundo respiraba distinto: los árboles, el viento, las voces, llegaban del otro lado. Allí vivía Irene, su amiga y el hermano Carlos, que regresaba cada día con libros y cansancio en los ojos.
A
veces Lucía lo veía pasar, sentía un leve temblor en el pecho, como si dentro
de ella una hoja se meciera por primera vez. No era amor todavía, sino un
anuncio secreto de algo que crece como la semilla en busca de luz.
En
los juegos con Irene, cuando el escondite las reunía, Lucía descubría en el
latido del mundo, un roce de sombra y claridad y una pregunta que aún no sabía
formular.
Una
tarde al cerrar la cortina, no huyó de lo que sentía: solo quiso guardar en el
alma el misterio de estar viva.
No
era un sueño, ni un juego, era una claridad suave, una pregunta que se abría en
su pecho. Las tardes no eran las mismas: el viento tenía voz, las sombras
guardaban secretos y su reflejo en el espejo parecía mirarla por primera
vez.
Irene
seguía riendo igual, Carlos cruzaba el jardín todos los días con su paso distraído,
sin embargo, algo se había transformado. Lucía comprendió que crecer no era
dejar de ser niña, sino aprender a escuchar el temblor interno, a cuidar la
llama sin apagarla, a mirar el mundo con ojos de asombro y ternura.
Y
así, mientras el día se mitigaba en la ventana, Lucía sonreía sin
saber por qué había despertado. El mundo parecía— al fin—respirar
con ella.

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