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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Nostalgías

 Alexandra Correa R

Quiero volver atrás y tomar mi guitarra para entonar aquellas notas en las que escondía mi infelicidad.

 Quiero volver atrás para repasar las fotos que fueron mi alegría familiar.

 Quiero volver atrás para estar a tu lado en aquel parque de barrio donde tú me ganabas y yo te peleaba hasta reventar.

 Quiero volver atrás para dar un paseo tomados de la mano sin tener un aparato que nos guie por donde caminar.

 Quiero volver atrás para escuchar de tu voz las poesías que escribías sin cesar.

 Quiero volver atrás para verte cuidar las plantas que cultivabas con tanto esmero y sin darnos cuenta cuando dejaron de germinar.

 Quiero volver atrás para leerte un libro en una tarde lluviosa sin anuncios y con tranquilidad.

Quiero volver atrás juntar nuestros cuerpos sin que nos separe un maldito celular.

 Quiero volver atrás orque la realidad y la actualidad nos atraparon sin tener a donde escapar.

 Quiero abrir un cajón donde expida olor a viejo y ver de nuevo la foto donde nos juramos ante Dios nuestro amor hasta la eternidad.

 Quiero volver atrás para visitar los lugares donde el sol brillaba sin parar y en el invierno el frio penetraba nuestros huesos hasta hacernos tiritar.

 Quiero desandar el camino y mis palabras lleguen como susurros, suplicándote que me acompañes para vencer esta maldita modernidad.

La casa cerrada

Jesús Rico Velasco

 


—Hola “jefe”. ¿Cómo me le va?

 Así me saludaba Iván, el vecino de la casa del frente, de unos cuarenta años alegre y parrandero. Yo le contestaba por cortesía pero con un poquito de irritación porque no me gustan los traquetos y mucho menos los líos con este tipo de vecinos. Estaba casado con  Yeni una mujer de tez morena, sonriente y de rasgos agradables. Tenía un hijo adolescente y una hermana medio locata que empezó a vender marihuana en el parque cercano a la casa.

  ¡Vivían en un mundo de locos! Un sábado antes de salir para la finca, Yeni me llamó con una seña y me dijo:Venga vecino le voy a mostrar el regalo que Iván me dio.  

  Yeni sacó del garaje un carro convertible de dos puestos Mercedes Benz de lujo, hermosísimo, de color azul.  Ella lo parqueó frente a su casa y se tiró sobre el cojín delantero, volvió a sentarse, se acomodó una boina en la cabeza y puso las manos sobre el volante, mientras sonreía.  El cuadro que vi era desproporcionado, pensé, hasta dónde lleva el dinero fácil.