Vistas de página en total

miércoles, 4 de noviembre de 2026

La casa cerrada

Jesús Rico Velasco

 


—Hola “jefe”. ¿Cómo me le va?

 Así me saludaba Iván, el vecino de la casa del frente, de unos cuarenta años alegre y parrandero. Yo le contestaba por cortesía pero con un poquito de irritación porque no me gustan los traquetos y mucho menos los líos con este tipo de vecinos. Estaba casado con  Yeni una mujer de tez morena, sonriente y de rasgos agradables. Tenía un hijo adolescente y una hermana medio locata que empezó a vender marihuana en el parque cercano a la casa.

  ¡Vivían en un mundo de locos! Un sábado antes de salir para la finca, Yeni me llamó con una seña y me dijo:Venga vecino le voy a mostrar el regalo que Iván me dio.  

  Yeni sacó del garaje un carro convertible de dos puestos Mercedes Benz de lujo, hermosísimo, de color azul.  Ella lo parqueó frente a su casa y se tiró sobre el cojín delantero, volvió a sentarse, se acomodó una boina en la cabeza y puso las manos sobre el volante, mientras sonreía.  El cuadro que vi era desproporcionado, pensé, hasta dónde lleva el dinero fácil.

 —La felicito, Yeni. Es un carro muy elegante. ¡Que lo disfrute! –– fue lo único que atiné a decirle, pasé la calle hacia mi casa, subí a mi camioneta y me marché.

 El día en que lo mataron me encontré con Yeni en la calle con una camiseta holgada, unos shorts de esos que se cortan de pantalones largos y el pelo revuelto, se me acercó llorando y dijo. 

—¡Ay, vecino!  Mataron a Iván en una de las parrandas con los amigos.

 La noticia me dolió. Iván era un hombre joven, el proveedor de la casa, el jefe de su hogar y el corazón de las fiestas. Dejaba a su mujer viuda y a su hijo huérfano.  Me acerqué con cierto pesar y le dije,

 —Lo siento mucho Yeni, si en algo puedo ayudarla, me avisa.

Ese “me avisa” era una frase vacía, en realidad no quería tener ninguna relación con familias así, pero hay que tener tacto. No se conocieron detalles del asesinato. El hecho es que Iván desapareció de la vida de Yeni, de sus hijos y de la cuadra.  Su hijo adolescente, pasaba por  grosero, no saludaba, no miraba a la cara ni  pronunciaba una palabra. Después de la muerte de su papá, lo vi borracho varias veces en el balcón con algunos de sus amigos. Su tía en batola, en chanclas y el pelo todo alborotado se la pasaba caminando cuesta arriba y cuesta abajo por las calles del barrio vendiendo marihuana camuflada en paqueticos de dulces. Yeni manejó el Mercedes una sola vez, le dio la vuelta a la manzana y lo guardó en el garaje hasta el día que lo vendió después de la muerte de su marido. Agobiada por las deudas, el rechazo de los vecinos y su propia desubicación espacial y social, un día se marchó y la casa quedó cerrada.

 Por los años que llevo viviendo en la cuadra tuve la oportunidad de conocer a los primeros dueños de la casa.  Era un matrimonio de dos profesores de bachillerato.  Doña Maruja, como la conocían en el barrio, de unos 60 años y Roberto de unos 70 años.  Tenían un hijo  amanerado de esos que se quedan en la casa hasta que los echen. Con frecuencia lo veía salir como de viaje y regresar a casa dos o tres semanas después. En ese entonces, la casa tenía un garaje de puerta de madera de dos naves color café.  Y la puerta peatonal de entrada, dos ventanas de marcos de madera relativamente grandes. Un segundo piso con balcón de barandas de cemento, con dos ventanas de marco de madera y vidrio que daban sobre las alcobas. Era de las primeras casas de dos pisos que construyó Clark y compañía en el norte. Los saludaba con frecuencia, en especial a Roberto un hombre muy amable e intercambiábamos una levantada de cejas cada vez que nos veíamos.

 Los recuerdo, a pesar del tiempo, por las borracheras que ocurrían en algunos fines de semanas en que empezaban a tomar trago temprano y hacia el mediodía, ya ebrios comenzaban a insultarse.

 —¡No fuiste capaz de criar al marica de tu hijo que no sabe hacer nada! –– le gritaba Maruja a Roberto.

 Roberto se iba enberracando y de pronto empezaba la gritería,

 —¡Vieja loca, fue culpa tuya por mimarlo y consentirlo!

 Era cuestión de unos minutos para que se escucharan los madrazos y empezaran a sonar las botellas caer al piso y quebrarse en un despelote sin precedentes.  Algunos vecinos salían con ganas de ayudar pero era poco lo que se podía hacer. 

 Roberto y Maruja fueron los que le vendieron la casa a Iván y a Yeni. Ellos la   remodelaron totalmente y construyeron un jacuzzi en el segundo piso mirando hacia el balcón. Sitio que sirvió de acomodo a Yeni cuando enviudó. Como adolescente descontrolada, participaba de las juergas de su hijo, bebían juntos y armaban tremendas trifulcas que terminaban con llamadas de los vecinos a la policía.  En varias ocasiones y en días de semana armaba sus parrandas con algunos de los muchachos que traía su hijo.  El volumen de la música era tan alto que a la tres de la mañana me tocaba salir a la calle a conversar con ella para pedirle   que nos dejara dormir.  En otras ocasiones la policía venía y trataba de arreglar con ella para que se calmara, pero una vez que se iban seguía igual con el alboroto. Tiempos duros para los vecinos de la cuadra, la mayoría adultos tranquilos, que teníamos que soportar el bullicio.

 En estos negocios de compra y venta de las casas no se sabe quiénes llegan a ser los nuevos vecinos. El dueño ahora era un judío gran jerarca de la Sinagoga de Cali, un hombre cercano a los noventa años de nombre Isaías Gideon. Realizó algunos cambios en la fachada de la casa, conservó el balcón en vidrio y aluminio, pero eso sí, eliminó el jacuzzi. Nunca lo pude saludar. Permanecía en la alcoba del segundo piso que   daba hacia la calle siempre sentado en un sillón.  Tenía una nieta odontóloga de cabello rojizo ondulado, alta, esbelta y con una bella sonrisa.  Se llamaba Shirley. Construyo en el garaje de manera encubierta un consultorio odontológico. Sólo se veía al abrir la puerta del garaje un aviso que decía “Sonría”. Su hermano también odontólogo trabajaba con ella.

 Del segundo piso muy temprano en las mañanas salían tres niños, una buseta los recogía y regresaban ya en la noche. Al viejito lo veía en el balcón sentado en el sillón perdido en el final del camino de la vida. Shirley se notaba preocupada porque la puerta del garaje permaneciera cerrada   para que no se supiera la existencia de los consultorios al interior del garaje. Lo cual fue inevitable por lo menos para los vecinos de la cuadra, que comenzamos a sufrir las consecuencias del flujo vehicular y el estacionamiento permanente de los pacientes. Era un verdadero caos dejaban los carros en la salida del garaje de la casa y de manera muy frecuente tenía que pasar, timbrar en el consultorio y pedir que corrieran los carros para sacar mi camioneta.

 La vida sigue para todos de manera regular, ir al trabajo, al mercado, salir de compras,  saludar a los pocos vecinos que te encuentras, sin saber lo que realmente  sucede al interior de las familias. De pronto un fin de semana algo diferente sacude el ambiente sosegado en el vecindario.

 —Tienen a mis hijos” secuestrados”, quiero hablar con ellos y no me dejan. ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Se escucha la voz de un hombre gritar,  por su apariencia parece extranjero. Al rato aparece una camioneta de la policía de infancia y juventud.  Un policía intenta conversar con el hombre, sin embargo, continúa gritando.

 —¡Quiero ver y hablar con mis hijos! ––sigue diciendo mientras golpea con fuerza la puerta de la casa de Shirley. Al final, no pasa nada. Shirley no sale, nadie sale, y el viejo en el balcón no ve, ni se entera de nada.

 Esta situación se repitió unas dos o tres veces durante el tiempo que vivieron frente a mi casa.  Una vecina comentó que se iban porque habían comprado una casa más adecuada para el consultorio. Así sin que nadie se enterara realizaron el trasteo de madrugada y un día la casa, amaneció cerrada.

 Julio un adulto mayor por encima de los 70 años compró la casa, la mejoró y le hizo una fachada bonita, con ventanas en aluminio blanco   y vidrios color azul.  Cambió la puerta del garaje por una eléctrica bastante sofisticada y otra tradicional para subir al segundo piso con unas gradas derechitas sin descanso con pasamanos para facilitar el ingreso y evitar las caídas peligrosas que les ocurren con frecuencia a los ancianos.

 Julio era un señor adinerado con propiedades en el área hotelera. Había rumores de que tenía una mujer muy joven que había sido empleada del hotel y gracias a sus encantos había logrado conquistar su viejo corazón.  Sólo un día la pude ver, salía de la casa descalza con un par de zapatos de tacón en la mano, era como ver a una chiquilla corriendo por el prado verde de una campiña, la saludé a lo lejos y me correspondió con un movimiento de la mano que tenía libre y subió al carro que la esperaba en la calle.  Era una mujer de unos 25 años, menudita, de cabello negro y llevaba los labios pintados de color rojo carmesí. A Julio no lo vi nunca, sólamente en   el reflejo de su silueta lejana cuando pasaba para su oficina frente al balcón.

 A la casa llegaban muchos mensajeros con paquetes y otros que los buscaban. Resultó que un estudiante médico de la Escuela de Salud Pública donde trabajé era familiar de Julio y me comentó que estaban construyendo una IPS en el sur de Cali.  La vida de Julio y la joven era hermética. A veces veía cuando salía del garaje un carro blindado con vidrios polarizados y nada más.  De un momento a otro la casa se quedó sin movimiento. Nadie entraba ni salía. Tiempo después, y por circunstancias ajenas me encontré con una antigua vecina que tenía información sobre ellos y sin necesidad de preguntarle me contó la primicia,

 —¡No me vas a creer!  El viejito Julio se murió. Parece que fue un ataque al corazón en la ciudad de México en donde estaba viviendo con Cristina, la muchacha que lo conquistó.  El cuento es que apenas Julio falleció, Cristina lo hizo cremar. Parece que de alguna manera   logró que le traspasara varias de sus propiedades, entre ellas la casa frente a la tuya. Y también le compró un apartamento en Ciudad de México. Ella se quedó a vivir definitivamente allá.

 No salía de mi asombro al escuchar la noticia del final de Julio.

 La casa lleva cerrada cinco años. Algunas veces viene un hombre en una moto, abre la puerta del garaje ingresa y a la media hora sale de nuevo. Se sabe que una abogada está al frente de los pagos de la casa.

 De acuerdo con la vecina el último mensaje que le enviaron los hijos de Julio a Cristina fue: ­­­–– “Aquí te estamos esperando en Cali cuando regreses”.  

­­

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario