Jesús Rico Velasco
—Hola “jefe”. ¿Cómo me le va?
Así me saludaba Iván, el vecino de
la casa del frente, de unos cuarenta años alegre y parrandero. Yo le contestaba
por cortesía pero con un poquito de irritación porque no me gustan los traquetos
y mucho menos los líos con este tipo de vecinos. Estaba casado con Yeni una mujer de tez morena, sonriente y de
rasgos agradables. Tenía un hijo adolescente y una hermana medio locata que
empezó a vender marihuana en el parque cercano a la casa.
¡Vivían en un mundo de locos! Un sábado antes
de salir para la finca, Yeni me llamó con una seña y me dijo:Venga vecino le voy a mostrar el
regalo que Iván me dio.
Yeni sacó del garaje un carro convertible de
dos puestos Mercedes Benz de lujo, hermosísimo, de color azul. Ella lo parqueó frente a su casa y se tiró
sobre el cojín delantero, volvió a sentarse, se acomodó una boina en la cabeza
y puso las manos sobre el volante, mientras sonreía. El cuadro que vi era desproporcionado, pensé,
hasta dónde lleva el dinero fácil.
—La felicito, Yeni. Es un carro muy
elegante. ¡Que lo disfrute! –– fue lo único que atiné a decirle, pasé la calle
hacia mi casa, subí a mi camioneta y me marché.
El día en que lo mataron me encontré
con Yeni en la calle con una camiseta holgada, unos shorts de esos que se
cortan de pantalones largos y el pelo revuelto, se me acercó llorando y dijo.
—¡Ay, vecino! Mataron a Iván en una de las parrandas con los
amigos.
La noticia me dolió. Iván era un
hombre joven, el proveedor de la casa, el jefe de su hogar y el corazón de las
fiestas. Dejaba a su mujer viuda y a su hijo huérfano. Me acerqué con cierto pesar y le dije,
—Lo siento mucho Yeni, si en algo
puedo ayudarla, me avisa.
Ese “me avisa” era una frase vacía,
en realidad no quería tener ninguna relación con familias así, pero hay que
tener tacto. No se conocieron detalles del asesinato. El hecho es que Iván desapareció
de la vida de Yeni, de sus hijos y de la cuadra. Su hijo adolescente, pasaba por grosero, no saludaba, no miraba a la cara ni pronunciaba una palabra. Después de la muerte
de su papá, lo vi borracho varias veces en el balcón con algunos de sus amigos.
Su tía en batola, en chanclas y el pelo todo alborotado se la pasaba caminando cuesta
arriba y cuesta abajo por las calles del barrio vendiendo marihuana camuflada
en paqueticos de dulces. Yeni manejó el Mercedes una sola vez, le dio la vuelta
a la manzana y lo guardó en el garaje hasta el día que lo vendió después de la
muerte de su marido. Agobiada por las deudas, el rechazo de los vecinos y su
propia desubicación espacial y social, un día se marchó y la casa quedó
cerrada.
Por los años que llevo viviendo en
la cuadra tuve la oportunidad de conocer a los primeros dueños de la casa. Era un matrimonio de dos profesores de
bachillerato. Doña Maruja, como la
conocían en el barrio, de unos 60 años y Roberto de unos 70 años. Tenían un hijo amanerado de esos que se quedan en la casa
hasta que los echen. Con frecuencia lo veía salir como de viaje y regresar a casa
dos o tres semanas después. En ese entonces, la casa tenía un garaje de puerta
de madera de dos naves color café. Y la puerta
peatonal de entrada, dos ventanas de marcos de madera relativamente grandes. Un
segundo piso con balcón de barandas de cemento, con dos ventanas de marco de
madera y vidrio que daban sobre las alcobas. Era de las primeras casas de dos
pisos que construyó Clark y compañía en el norte. Los saludaba con frecuencia,
en especial a Roberto un hombre muy amable e intercambiábamos una levantada de
cejas cada vez que nos veíamos.
Los recuerdo, a pesar del tiempo,
por las borracheras que ocurrían en algunos fines de semanas en que empezaban a
tomar trago temprano y hacia el mediodía, ya ebrios comenzaban a insultarse.
—¡No fuiste capaz de criar al marica
de tu hijo que no sabe hacer nada! –– le gritaba Maruja a Roberto.
Roberto se iba enberracando y de
pronto empezaba la gritería,
—¡Vieja loca, fue culpa tuya por
mimarlo y consentirlo!
Era cuestión de unos minutos para
que se escucharan los madrazos y empezaran a sonar las botellas caer al piso y
quebrarse en un despelote sin precedentes.
Algunos vecinos salían con ganas de ayudar pero era poco lo que se podía
hacer.
Roberto y Maruja fueron los que le
vendieron la casa a Iván y a Yeni. Ellos la remodelaron totalmente y construyeron un jacuzzi
en el segundo piso mirando hacia el balcón. Sitio que sirvió de acomodo a Yeni
cuando enviudó. Como adolescente descontrolada, participaba de las juergas de
su hijo, bebían juntos y armaban tremendas trifulcas que terminaban con
llamadas de los vecinos a la policía. En
varias ocasiones y en días de semana armaba sus parrandas con algunos de los
muchachos que traía su hijo. El volumen
de la música era tan alto que a la tres de la mañana me tocaba salir a la calle
a conversar con ella para pedirle que
nos dejara dormir. En otras ocasiones la
policía venía y trataba de arreglar con ella para que se calmara, pero una vez
que se iban seguía igual con el alboroto. Tiempos duros para los vecinos de la
cuadra, la mayoría adultos tranquilos, que teníamos que soportar el bullicio.
En estos negocios de compra y venta
de las casas no se sabe quiénes llegan a ser los nuevos vecinos. El dueño ahora
era un judío gran jerarca de la Sinagoga de Cali, un hombre cercano a los
noventa años de nombre Isaías Gideon. Realizó algunos cambios en la fachada de
la casa, conservó el balcón en vidrio y aluminio, pero eso sí, eliminó el jacuzzi.
Nunca lo pude saludar. Permanecía en la alcoba del segundo piso que daba hacia
la calle siempre sentado en un sillón. Tenía
una nieta odontóloga de cabello rojizo ondulado, alta, esbelta y con una bella
sonrisa. Se llamaba Shirley. Construyo
en el garaje de manera encubierta un consultorio odontológico. Sólo se veía al abrir
la puerta del garaje un aviso que decía “Sonría”. Su hermano también odontólogo
trabajaba con ella.
Del segundo piso muy temprano en las
mañanas salían tres niños, una buseta los recogía y regresaban ya en la noche. Al
viejito lo veía en el balcón sentado en el sillón perdido en el final del
camino de la vida. Shirley se notaba preocupada porque la puerta del garaje
permaneciera cerrada para que no se supiera
la existencia de los consultorios al interior del garaje. Lo cual fue
inevitable por lo menos para los vecinos de la cuadra, que comenzamos a sufrir las
consecuencias del flujo vehicular y el estacionamiento permanente de los
pacientes. Era un verdadero caos dejaban los carros en la salida del garaje de
la casa y de manera muy frecuente tenía que pasar, timbrar en el consultorio y
pedir que corrieran los carros para sacar mi camioneta.
La vida sigue para todos de manera regular,
ir al trabajo, al mercado, salir de compras,
saludar a los pocos vecinos que te encuentras, sin saber lo que realmente sucede al interior de las familias. De pronto
un fin de semana algo diferente sacude el ambiente sosegado en el vecindario.
—Tienen a mis hijos” secuestrados”,
quiero hablar con ellos y no me dejan. ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Se escucha la voz de un hombre gritar,
por su apariencia parece extranjero. Al
rato aparece una camioneta de la policía de infancia y juventud. Un policía intenta conversar con el hombre,
sin embargo, continúa gritando.
—¡Quiero ver y hablar con mis hijos!
––sigue diciendo mientras golpea con fuerza la puerta de la casa de Shirley. Al
final, no pasa nada. Shirley no sale, nadie sale, y el viejo en el balcón no ve,
ni se entera de nada.
Esta situación se repitió unas dos o
tres veces durante el tiempo que vivieron frente a mi casa. Una vecina comentó que se iban porque habían
comprado una casa más adecuada para el consultorio. Así sin que nadie se
enterara realizaron el trasteo de madrugada y un día la casa, amaneció cerrada.
Julio un adulto mayor por encima de
los 70 años compró la casa, la mejoró y le hizo una fachada bonita, con
ventanas en aluminio blanco y vidrios
color azul. Cambió la puerta del garaje
por una eléctrica bastante sofisticada y otra tradicional para subir al segundo
piso con unas gradas derechitas sin descanso con pasamanos para facilitar el
ingreso y evitar las caídas peligrosas que les ocurren con frecuencia a los
ancianos.
Julio era un señor adinerado con propiedades
en el área hotelera. Había rumores de que tenía una mujer muy joven que había
sido empleada del hotel y gracias a sus encantos había logrado conquistar su viejo
corazón. Sólo un día la pude ver, salía
de la casa descalza con un par de zapatos de tacón en la mano, era como ver a
una chiquilla corriendo por el prado verde de una campiña, la saludé a lo lejos
y me correspondió con un movimiento de la mano que tenía libre y subió al carro
que la esperaba en la calle. Era una
mujer de unos 25 años, menudita, de cabello negro y llevaba los labios pintados
de color rojo carmesí. A Julio no lo vi nunca, sólamente en el reflejo de su silueta lejana cuando pasaba
para su oficina frente al balcón.
A la casa llegaban muchos mensajeros
con paquetes y otros que los buscaban. Resultó que un estudiante médico de la Escuela
de Salud Pública donde trabajé era familiar de Julio y me comentó que estaban
construyendo una IPS en el sur de Cali. La
vida de Julio y la joven era hermética. A veces veía cuando salía del garaje un
carro blindado con vidrios polarizados y nada más. De un momento a otro la casa se quedó sin
movimiento. Nadie entraba ni salía. Tiempo después, y por circunstancias ajenas
me encontré con una antigua vecina que tenía información sobre ellos y sin
necesidad de preguntarle me contó la primicia,
—¡No me vas a creer! El viejito Julio se murió. Parece que fue un
ataque al corazón en la ciudad de México en donde estaba viviendo con Cristina,
la muchacha que lo conquistó. El cuento
es que apenas Julio falleció, Cristina lo hizo cremar. Parece que de alguna
manera logró que le traspasara varias de sus
propiedades, entre ellas la casa frente a la tuya. Y también le compró un apartamento
en Ciudad de México. Ella se quedó a vivir definitivamente allá.
No salía de mi asombro al escuchar
la noticia del final de Julio.
La casa lleva cerrada cinco años. Algunas
veces viene un hombre en una moto, abre la puerta del garaje ingresa y a la
media hora sale de nuevo. Se sabe que una abogada está al frente de los pagos
de la casa.
De acuerdo con la vecina el último
mensaje que le enviaron los hijos de Julio a Cristina fue: –– “Aquí te
estamos esperando en Cali cuando regreses”.
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