Sin embargo, me armé de ímpetu, conversé con
personas que ya lo habían hecho y seguí los valiosos consejos de amigas y
amigos, como uno muy especial que vive en Granada España. Aunque los habituales
temores a la inseguridad ciudadana en nuestro sufrido país intentaron frenarme,
las garantías sobre la hospitalidad de la ruta y mi propia determinación me
impulsaron. En noviembre del año pasado había hecho la declaración de que, si
surgía algo importante, emprendería el camino. Al cumplirse la señal esperada
la semana siguiente, organicé en forma meticulosa cada detalle de mi viaje por
mi cuenta, sin apoyarme en ninguna agencia.
El primer día de caminata fue muy retador, pero al
ver a otros peregrinos y avanzar paso a paso, mis fantasmas comenzaron a
disiparse. Llegar a mi primer puerto, Portomarín, tras 8 horas de camino —con
solo paradas para tomar jugo de naranja natural y un banano— desató una
felicidad infinita. Me hice una selfi frente al mapa del lugar y la envié a mis
seres queridos; la emoción del logro sin dolores ni fatiga fue una bendición
total. El segundo día, con 9 9 9 horas de marcha, resultó más duro, pero la
sensación de bienestar prevaleció.
Después de seis días de caminar casí 150 kilómetros
y llegar a Santiago de Compostela, mi
destino final, la consciencia de
haberlo logrado sin el menor amago de cansancio o necesidad de auxilio, marcó un momento maravilloso e inolvidable que
siempre atesoraré en mi corazón y en mi piel.
La experiencia me confirmó que el mito de la edad
es completamente mental. Estoy convencida que coexisten una edad biológica y
una edad mental; la mía es sin duda, la segunda. Con la energía, la vitalidad y
la firme decisión de lograr lo que me propongo, demostré que los límites reales
solo habitan en la mente, independiente de los años que tengamos.

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