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viernes, 6 de noviembre de 2026

El mito de la edad

 


 Rocío Trimiño V

 Cuando decidí hacer el Camino de Santiago de Compostela este año experimenté una intensa mezcla de miedo, angustia y zozobra ante lo desconocido y el peso de la edad.  El reto, postergado durante diez años —tras haber realizado el Camino del Inca junto a un grupo especial casi dos décadas atrás— representaba una prueba monumental. A pesar de vivir sola en Cali y de haber emprendido múltiples viajes por el mundo en solitario, las dudas sobre sí mis fuerzas resistirían exigentes caminatas de 7 a 9 horas diarias me abrumaron inicialmente.

Sin embargo, me armé de ímpetu, conversé con personas que ya lo habían hecho y seguí los valiosos consejos de amigas y amigos, como uno muy especial que vive en Granada España. Aunque los habituales temores a la inseguridad ciudadana en nuestro sufrido país intentaron frenarme, las garantías sobre la hospitalidad de la ruta y mi propia determinación me impulsaron. En noviembre del año pasado había hecho la declaración de que, si surgía algo importante, emprendería el camino. Al cumplirse la señal esperada la semana siguiente, organicé en forma meticulosa cada detalle de mi viaje por mi cuenta, sin apoyarme en ninguna agencia.

El primer día de caminata fue muy retador, pero al ver a otros peregrinos y avanzar paso a paso, mis fantasmas comenzaron a disiparse. Llegar a mi primer puerto, Portomarín, tras 8 horas de camino —con solo paradas para tomar jugo de naranja natural y un banano— desató una felicidad infinita. Me hice una selfi frente al mapa del lugar y la envié a mis seres queridos; la emoción del logro sin dolores ni fatiga fue una bendición total. El segundo día, con 9 9 9 horas de marcha, resultó más duro, pero la sensación de bienestar prevaleció.

Después de seis días de caminar casí 150 kilómetros   y llegar a Santiago de Compostela, mi destino final,  la consciencia de haberlo logrado sin el menor amago de cansancio o necesidad de auxilio,  marcó un momento maravilloso e inolvidable que siempre atesoraré en mi corazón y en mi piel.

La experiencia me confirmó que el mito de la edad es completamente mental. Estoy convencida que coexisten una edad biológica y una edad mental; la mía es sin duda, la segunda. Con la energía, la vitalidad y la firme decisión de lograr lo que me propongo, demostré que los límites reales solo habitan en la mente, independiente de los años que tengamos.

 

 

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