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viernes, 3 de septiembre de 2010

Silencio gris


Eduardo Toro

Esta mi soledad es un silencio duro
Que se golpea contra el viento,
Dejando fragmentos de cristal
Bajo el puntiagudo dolor
De todos  los cipreses.

¡Qué se parta la soledad entre mis manos!
Y el silencio se acurruque junto al llanto;
Dadme una hoz martillada de luceros
Para segar las amapolas
Bajo la sombra gris del tamarindo.

 No puedo vivir en esta soledad
Que aturde mis sentidos
¿Bajo qué extraña vaguedad
Se filtra tu presencia?
¿Tu ausencia es un silencio gris?

Cuando pregunto a mi recuerdo
Sobre los tiempos ya pasados,
Surge un reproche de campanas
Devolviendo al vuelo mis preguntas
Entre una nube de  silencio gris.





Un verso



Eduardo Toro                        
                                              A Guillermo Bustamante

De pronto la primavera.
El canto de un pájaro me llama.
Desde la vaguedad de la penumbra,
Alucinado, escribo
 Con el murmullo de mi sangre,
Un verso.


El zorro

Eduardo Toro

                    
          Un día Sebastián de siete años, alegre y descomplicado, escribió a su maestra: “Maestra: escribo este  cuento   para contarle que yo estoy muy enamorado de usted. También le cuento que mi hermanito mayor me dice que esto no puede ser porque soy chiquito, y le cuento que aunque he tratado de no quererla, no la puedo borrar de mi mente. Y además le cuento que hoy me atrevo a contarle todo esto y no firmo con mi nombre porque me da un poco de vergüenza. Le cuento que la amo”.
EL ZORRO.
La maestra, acostumbrada a esta clase de manifestaciones, dirigió sus sospechas a varios  alumnos pero sin poder precisar cuál  el  remitente  optó por escribir en el tablero: “Yo también te quiero mucho. Te invito mañana a comer un delicioso helado de vainilla mezclado con  flores de Jamaica”.
Sebastián no cabía en el pellejito. Cuando llegó a su casa le contó a su hermanito mayor todo, mañana comeremos helados, dijo. Lo que no pudo explicar fue cómo se enteró  quién era el Zorro.
Sebastián tomó a hurtadillas la loción del padre y la aplicó abundantemente sobre su nuca y brazos, antes de salir aquella mañana.
A la hora del recreo la maestra dijo: “”Aquí tengo servidas dos copas de un delicioso helado, una para mí y otra para el Zorro. Pido al Zorro pasar a compartir”
Sebastián saltó de su pupitre como un resorte,  caminó decidido, a donde estaba su maestra, ella lo recibió con un fuerte y cariñoso abrazo, le susurró al oído: ¡Humm, hueles delicioso! Me moría por saber quién era el Zorro”. Luego alzó la voz y les ordenó a los demás alumnos que salieran. 






¿Quién se comió los tamales?


Eduardo Toro


Doña Susana una mujer de talla alta y  porte distinguido, ojos vivos, piel blanca y bien cuidada, cabello cano y corto  que peina en hondas azuladas, a sus sesenta años conserva vivo  el buen humor y una enérgica  disposición para el trabajo. Es madre de dos hijos  profesionales,  Pedro y Juan, y tiene dos nueras y cuatro nietos, dos por cada hijo.

 Doña Susana, más conocida en la ciudad como La Tamalera, amasó una importante fortuna haciendo tamales para satisfacer el mercado gastronómico del lugar, industria que con el tiempo creció  al mismo ritmo en que se multiplicaba  la población de la ciudad. No ha parado de trabajar desde el día en que, empujada por la necesidad, se dio a la faena de hacer tamales para que su joven marido saliera con un canasto grande a pregonar el delicioso producto por las calles del vecindario.

Esta actividad convirtió a la Tamalera en una importante mujer de empresa y fue así como con las primeras utilidades obtenidas amplió su casa hasta convertirla en una gran mansión, educó a sus hijos hasta hacerlos profesionales, invirtió en fincas, apartamentos y apostó en la bolsa de valores  con notable éxito.

Ramón El Tamalero murió a los cuarenta años de casados. Era también un hombre decidido y emprendedor. El día que fue llamado a rendir cuentas eran las once de la mañana de un martes once del mes de agosto de 1998. Doña Susana no derramó lágrimas por su compañero de siempre, pero le rindió el  mejor homenaje  que se le pueda ofrecer al ser que tanto se amó.

Trató de detener el tiempo y ordenó que ninguno de los objetos de la casa cambiara de lugar, los adornos, carpetas, muebles, porcelanas, cuadros y todos lo inanimado de la casa debería quedar quieto en el tiempo, detenido como en una vieja postal; el reloj de péndulo que balanceaba su estirpe europea aquietó su disco y silenció su campana señalando las once de la mañana; el almanaque de taco,  puesto en la pared de la cocina, que al desprender el pámpano de cada día  entregaba una oración para el santo de turno, se quedó para siempre señalando el  martes once de  agosto de 1.998.Para adornos, porcelanas y cuadros se dibujó con tinta indeleble el sitio exacto  en que quedaron el día de la muerte de Ramón El Tamalero y al espacio se le asignó nombre para evitar disgustos;  doña Susana inspeccionaba antes de acostarse que cada cosa estuviese en el lugar correcto.

Doña Susana, madrugadora y diligente, una mañana  observó que el reloj de pie del salón principal balanceaba el péndulo su tac, tac, tac, era ronco y, de pronto, empezó a dar sonoras campanadas que contadas una a una sumaron once. –Estas parecen ser cosas de Ramón- se dijo, sin dar mayor importancia.  Fue hasta la cocina en donde ya estaba adelantada la faena con grandes ollas llenas de tamales en cocción, miró el almanaque de taco de la pared y este señalaba el día miércoles doce -¿Quién se atrevió a desprender el pámpano del día martes?- preguntó un poco alterada.  –Nadie- respondieron en coro las empleadas y siguieron en su labor de limpiar y preparar las hojas de plátano para envolver tamales. – Estas si son cosas de Ramón, ahí está pintado-  exclamó sorprendida. -¡Tan viejo y ni muerto coge juicio!

Ese mismo día, Doña Susana, antes de acostarse, hizo un paneo minucioso por toda la casa inspeccionando que cada cosa estuviese puesta en su lugar. Al día siguiente muy temprano se enfrentó a un verdadero caos: El reloj funcionaba en un loco tac, tac, tac y daba campanazos sin parar; el almanaque de pámpanos marcaba el día jueves trece; los candelabros del comedor estaban en el suelo, los cuadros habían cambiado de lugar, hasta tal punto que el Sagrado Corazón de Jesús amaneció en el baño principal; ningún objeto estaba en el lugar que le correspondía por decisión tomada por Doña Susana el martes once de agosto de 1.998. Las mujeres de la cocina se quejaron por el desorden en que encontraron la zona de labores.

Doña Susana llamó a sus hijos a consulta familiar informándoles sobre los hechos  sobrenaturales  que venían sucediendo en su casa, sin ocultar su sospecha de que estos fueran provocados por el espíritu en pena de Ramón. Sus hijos, incrédulos, más bien quisieron pensar que se trataba de un debilitamiento físico y mental de su madre causado por tantos años de trabajo sin descanso, tranquilizándola con el ofrecimiento de quedarse en casa en las próximas noches para  estar prestos  y vigilantes.

Pedro y Juan armados de un extraordinario espíritu investigativo hicieron un recorrido por toda la casa inspeccionando el estado en que las cosas estaban detenidas en el tiempo. En la noche  se organizaron por turnos para vigilar. Doña Susana, se acostó a dormir sin ocultar una sonrisa maliciosa y socarrona y pidió al cielo:-¡Ay! Ramón, no les hagas muy duro, acuérdate que son nuestros hijos.-

Pedro y Juan, poco visitaban la casa de sus padres pues, a pesar del alto beneficio recibido de la fábrica de tamales, en la medida en que se hicieron mayores desarrollaron una extraña alergia a los tamales, el solo olor les causaba erupción y el comerlos les producía un grado máximo de intoxicación. También pudieron adquirir  este rechazo a los tamales cuando, desde muy pequeños, fueron apodados como los tamaleros, remoquete  que les ocasionó más de un disgusto. Se repetía en ellos el caso de la ovejita que nació alérgica a la lana.

Pedro vigiló hasta la una de la madrugada y entregó el turno a Juan  sin novedad en el frente quien a su vez reportó a las seis de la mañana absoluta tranquilidad y paz en el entorno, todo estaba en su sitio. Doña Susana llegó hasta la sala principal en donde sus hijos discutían la manera de llevarla a visitar  al médico, sin que ella se molestara, aduciendo cansancio. –Buenos días hijos- dijo cariñosa. ¿Cómo pasó todo, hijos? – Aquí no pasa nada extraño madre, todo está en su sitio- -Es muy raro que ustedes no hayan visto ni sentido nada extraño, las mujeres de la cocina me acaban de informar que cuatro tamales que deberían recoger a las siete de la mañana para el desayuno de las Morantes se desaparecieron y el almanaque desprendió la hojilla dejando a la vista el día viernes catorce. Acabo de pasar por el comedor y hay cuatro puestos que fueron servidos con tamales, solo dejaron las hojas,  ¿Desde cuándo comen ustedes tamales? Los hermanos se miraron sorprendidos y callaron.

Los días sábados eran de enorme actividad en la fábrica de tamales, por el portón del garaje  entraba en grandes cantidades la carne de cerdo y pollo, masa de maíz, bultos de papa, cebolla, gajos de achiote y  grandes fardos de hojas de plátano marchitadas al humo listas para envolver el típico alimento. En la amplia cocina se lavaban y alistaban las gigantescas ollas para la cocción de por lo menos sesenta pachas de tamales en cada recipiente. Se trabajarían las 24 horas sin descanso hasta entregar los pedidos a satisfacción.

Esa noche de trajín, de olor a delicioso tamal bien adobado, de risas maliciosas en la cocina, de ir y venir, unas armaban  tamales y otras los ataban, otras los montaban sobre los fondos de agua hirviendo  y otras los retiraban de las ollas después de tres horas puntuales de cocción y los colocaban sobre grandes bateas de madera, otros, los despachadores, atendían los pedidos sobre grandes recipientes de plástico, facturaban y entregaban a las camionetas repartidoras.

Esa noche los hermanos no vigilaron como lo habían acordado con doña Susana, prefirieron dormir, pues creían que durmiendo alejarían la posibilidad de intoxicación. Fue  la noche de una espléndida fiesta fantasmal: los hermanos soñaban  si es  que a esto se le llama soñar, fantasmas con risas burlonas y los pies en el aire danzaban al son de flautines; cantaban y reían sin parar, subían y bajaban las escaleras con rítmico andar;  los cuadros tomaban vida y cambiaban de sitio, también las porcelanas bailaban y corrían y nunca volvían al sitio habitual;  las cortinas flotaban ondeantes a ritmo de vals: los candelabros se encendieron, el péndulo del reloj balanceaba su andar y el almanaque de taco lanzó al aire las hojillas que como mariposas volaban al azar; la ropa de Ramón el tamalero salió del armario, tomó vida y también danzó sin cesar. ¡Dios mío¡ ¡Qué cosas horribles podemos soñar¡

Doña Susana, se levantó como de costumbre a temprana hora y ya acicalada inició su recorrido de reconocimiento por toda la casa, todo era un desastre: las alfombras enrolladas, los cuadros  cambiaron de pared, el Sagrado Corazón de Jesús, sabrá Dios a donde fue a parar, el reloj enloquecido, los pámpanos del almanaque regados por el suelo y, lo más llamativo, los doce puestos del comedor servidos en platos de fina porcelana  alemana  con sobras de tamal y sus mejores vinos también habían sido consumidos servidos en copas de fino cristal.

¿-Hijos, por aquí pasó un huracán? – no madre, todo transcurrió tranquilamente aquí no ha pasado nada- respondieron los hermanos todavía medio dormidos. –No. ¿No pasa nada? ¿Y qué hacen ustedes vestidos con los mejores ropas de Ramón?-  Madre, te aseguramos que no es lo que tú piensas, te juramos que todo está bajo control, todo debe estar en su sitio. –Pues hijos anoche hubo un gran banquete con tamales, vino y música, todo amaneció desordenado, ¿me pueden dar una explicación? –Madre, estamos convencidos de que son imaginaciones tuyas- Como no hijos, entonces respondan, ¿Quién se comió los tamales?, porque ustedes no fueron ni yo tampoco.

Doña Susana salió hacia la cocina en donde ya sabía iba a recibir la queja de la extraña desaparición de doce tamales y con una maliciosa sonrisa se preguntó ¿Quién se comió los tamales?, alzó los ojos al cielo y exclamó: Ramón, amado mío, te supliqué que  les hicieras pasito. Me puedes decir ¿Con quién te comiste los tamales?

Escrito para mi hijo, Samuel Eduardo Toro Gómez, el día de su cumpleaños número 16.

Pasó en Rebolíatico

                   
                                                                    Ávaro J. Vélez


Aristides divagaba sobre episodios de su vida, no podía concebir que a él le pudiera pasar. ¿Por qué a mí? ¡He pensado tantísimas veces en esto! ¿Ahora qué voy a hacer? ¿A quién debo llamar primero? Decía. ¡No lo puedo creer, no lo puedo creer, no lo puedo creer! Gritaba como un loco sin importarle que la gente lo mirara raro.
 Caminaba por una congestionada avenida en medio de llovizna incesante, parecía no darse cuenta que se estaba mojando, iba como un sonámbulo. Acababa de salir del café donde ocasionalmente compraba un Baloto, también allí leía la prensa y conocía las nefastas noticias diarias.
-¡Estúpido, fíjese por donde va!-le gritó un energúmeno taxista que casi  lo atropella al cruzar una calle de la ciudad de Manantiales, de dos millones de habitantes y tráfico endemoniado.
Emiliano y Sandra eran dueños de la discoteca Reboliático. Antes de casarse,  en el bachillerato, ya eran amigos de Aristides y su esposa Bernarda. Se querían como hermanos y siempre habían sido su paño de lágrimas, sobre todo en lo económico, gracias a que sus finanzas siempre fueron mejores que las de Aristídes.
-A la orden –contestó al teléfono Bernarda.
- Mi amor ¡Siéntate! ¡Siéntate que te vas a caer! ¡nos ganamos diez mil millones de pesos!
-No me digas que estás tomando con el buena vida de Emiliano ¿Dónde andas?...
-No me entiendes ¡Nos ganamos el Baloto! Te lo juro por Dios. No le digas nada a nadie todavía ¡Voy para la casa como un tiro! Chao, chao
-Aristides, dime si estás hablando en serio, no jodas ¿Como así que nos…?
Aristides, hombre trabajador, juicioso, incapaz de ordenar sus finanzas, siempre estaba al debe. Paró el primer taxi y se fue a su casa. Sentía una convulsión en el cuerpo incontrolable, notó  que sudaba, no obstante estar mojado. De pronto se dio cuenta de su situación y reaccionó. Respiró profundo y pensó que tenía que enfrentar su nueva realidad con toda  calma. Al llegar Bernarda lo esperaba ansiosa, se le fue encima y la abrazó tan fuerte que le impedía respirar.
Después de mostrarle el billete ganador, se sentaron a decidir lo que harían: comprar camioneta último modelo, acción del Club Campestre para jugar golf, la casa de sus sueños, viajar por todo el mundo. Aunque lo primero, era llamar a Emiliano y Sandra para compartir su alegría.
-Bueno -dijo Emiliano al teléfono con Aristides después de oír la noticia y felicitarlo
 -Mañana viernes están invitados a comer y celebrar en Reboliático, por nuestra cuenta. A propósito, ya hemos arreglado el sistema de aire acondicionado.
-Será un placer
- Los recogeremos a las ocho de la noche, si te parece bien…
La comida fue de película, en un excelente restaurante. Cuando llegaron la discoteca estaba llena. Tenían reservada la mejor mesa,  engalanada con un hermoso ramo de las flores preferidas de Bernarda y con una tarjeta que decía: “¡Felicitaciones! ¡Hoy empieza una nueva vida!”
 Después de varias horas de rumba, el calor resultaba sofocante. Aristides se quitó el saco y salió a bailar con Sandra.
¡Se fue la luz!
- No veo nada Aristides, por favor llévame a la mesa. ¿Será que se demora en volver?
- Huy, me arden los ojos…
¡Fuego, fuego, salgan, salgan rápido! Se escuchó gritar en el salón
-¡Aristides, aquí estoy, por favor Aristides!- gritaba Bernarda desde su mesa.
-¡Quítese estúpido que no me deja salir!-gritó un cliente desesperado
-¡Sandra, ven para acá, por aquí! –gritaba angustiado Emiliano.
Todo era caos. El recinto estaba en tinieblas. La gente se caía al piso y la pisaban. El humo era asfixiante, las mesas las tumbaban con todo al salir en forma precipitada. Nadie entendía a nadie,  la algarabía era infernal, las personas pedían auxilio.
 Pasados quince minutos de iniciado el incendio, se encontraron los cuatro celebrantes frente al establecimiento, exhaustos y desorientados. Sandra estaba muy mal,  casi no podía ver, había recibido golpes en la cara, la cabeza le sangraba, se quejaba de intenso dolor. Los otros tres tampoco salieron bien librados, todos tenían alguna herida. Bernarda no tenía  zapatos. Emiliano perdió el reloj. La angustia era general. El olor a quemado inaguantable.
 Los bomberos evacuaron el local, impidieron la entrada. No había energía. La policía tomó cuidado de la zona.
Los cuatro amigos se trasladaron a la clínica Santa Cruz, donde los atendieron, por fortuna no tenían nada grave. Después de llevar a las mujeres a sus casas, Bernardo y Aristides volvieron a la discoteca a tomar cuidado de la situación. La depresión de Emiliano era notable, su compañero trataba de levantarle el ánimo, diciéndole que podían estar en  peores condiciones.
Al día siguiente, al levantarse a las nueve de la mañana…
-¡Bernarda, mujer, el Baloto! Estaba en mi saco, ¡no puede ser, imposible!
-¡Llama ya mismo a Emiliano!-  dijo Bernarda
-Emiliano, ¡Perdóname! ¿Cómo te parece que el Baloto estaba en mi saco y se quedó en el espaldar de mi silla anoche?
-No, no te puedo creer. Estamos recogiendo muchas cosas que encontramos tiradas por todas partes, hay zapatos, bolsos, sombreros, de todo, la mayoría en muy mal estado, hay muchas cosas quemadas. Ven de inmediato para que busquemos. No quiero ser ave de mal agüero pero no hay mucha ropa buena. ¡Ven ya!
La búsqueda fue decepcionante. No había saco. Se encontró la cartera de Sandra medio quemada con todas sus cosas. De los zapatos de Bernarda apareció uno. Aristides no modulaba palabra.  Bernarda que se les había unido en la discoteca, estaba sumida en la peor congoja. Eran las tres de la tarde cuando los  esposos llegaron a su casa. De cuando en cuando Aristides sólo decía: “no puede ser” y caía en un mutismo absoluto.
-Señora Bernarda,- dijo la empleada cuando entraron a la casa-  esto estaba en la ropa que fui a lavar.
-¿Qué? ¡¿Qué?!...¿El Baloto? Esto es un milagro, ¡ Aristides, Aristides!
-No, no, me va a dar un infarto –dijo Aristides cogiendo el pedazo de papel 
Cayó de rodillas e inclinó la cabeza hasta tocar el suelo con ella.
–Señor… Señor… -  se le oyó sollozar.
Dos días después  hablaron a sus compañeros de parranda.
-Hola Emiliano, ¿Cómo anda todo por allá?
-Pues qué te digo Aristides, luchando con mil problemas, que los seguros, que el abogado, que los empleados, etc.
- Voy a girarte un cheque por el total de la deuda que tenemos, con todo e intereses, aunque tú nos dijiste  que no habría tales.  Queremos que mañana nos acompañen al banco y además obsequiarles el dinero  para que monten la mejor discoteca de la ciudad, ¡con tecnología de punta y todos los juguetes!  Nos gustaría que la llamara El Gran Reboliático.
  

Lidia de gallos:entre la realidad y el mito


Eduardo Toro
Juro que no miento cuando juro
que es muy cierto que no miento
cuando juro que es verdad
lo que les cuento.
E.T.G.

En la antigüedad se creía que más allá, muy lejos del mundo conocido había otras tierras y mares fabulosos habitados por monstruos y animales fantásticos, como el basilisco, el grifo, el ave fénix, sirenas y dragones. Frente a la inmensidad de un mar tenebroso e inescrutable, con sus miedos y fantasías pensando en un mundo impreciso y lejano, la desbocada imaginación del hombre comenzó a tejer leyendas alucinantes que relacionaban con todo lo que imaginaban, veían o escuchaban. Desde allá nos llegó la macondiana manera de convertir en mito todo lo cierto y aprendimos a ocultar hábilmente la verdad tras la mentira.

El patrimonio oral e inmaterial de la gallística colombiana está plagado de mitos y leyendas y es permanentemente enriquecido por nuevas historias inventadas, las cuales hacen de este deporte fiesta un pozo  de inspiración inagotable para el arte en sus diferentes expresiones como la fotografía, la pintura, el cine, la televisión y la literatura.

Hay dentro del mundo de los gallos una leyenda que  me apasiona por ser una de las más dúctiles y manejables por los procesos imaginativos y el encantamiento oral, pues desde   mil novecientos ochenta y dos,  año en el cual se gestó, hasta estos días de julio del año dos mil diez, la he escuchado en más de treinta versiones, todas alucinantes porque todas conservan  esa magia macondiana que nos caracteriza. Me ocuparé pues de la versión original.

Cuando los famosos gallos Medianoche del criadero Palmaseca, de propiedad del doctor Andrés Arroyo Cajiao, Aparecieron en los mejores coliseos de Colombia y se empezó a conocer su agresividad, codicia e invencible temperamento, se dijo de ellos que se trataba de un cruce especial entre una gallina hindú, totalmente negra hasta las patas, con un gallinazo que pacientemente fue avezado en el criadero. Su fiereza les venía de casta, pero la clave de su rabia y bravura les venía de la alimentación que como a buenos carroñeros se les suministraba con especial esmero; sólo comían  carne muerta y descompuesta razón por la cual nunca aprendieron a seleccionar un solo grano de maíz para su buche. La desbordada fantasía de los crédulos les hacía ver en estos invencibles ejemplares, de color negro agallinado, todas las feas características de un chulo carroñero.

También se dice sin ningún rubor, y sin gran esfuerzo imaginativo, que los Medianoche descienden directamente del Basilisco. Cuentan que un día llegó hasta el criadero Palmaseca un gallo indostánico para servir como padrón. Era un ejemplar negro agallinado y como rara característica lucía por cresta dos cachos que le daban diabólico aspecto. El forastero a pesar de los especiales cuidados con que fue tratado, no fue capaz de atender los requiebros de las hermosas gallinas, llegándose a la conclusión de que este ejemplar ya estaba demasiado viejo para estos menesteres, pero siguió ocupando un lugar muy especial dentro del criadero, desempeñándose como ave ornamental, protegido por su rara belleza…. Y, un día, un diabólico día puso un huevo pequeño y redondo.

En el siglo XIII dejó de ser un misterio el origen del Basilisco, cundo se descubrió que los gallos, en su última edad, ponen un huevo pequeño y redondo de color amarillento que incubado en día canicular, en un establo, por bestia venenosa o sapo, favorece el nacimiento del Basilisco, mítico ser nacido para matar con el aliento o la mirada y solo puede ser vencido por la escurridiza comadreja.

Entonces, dice la leyenda, la raza de los invencibles Medianoche viene en línea directa del Basilisco, nacido del pequeño huevo puesto por el viejo gallo indostánico de dos cachos, el cual fue cruzado con las gallinas hindúes negras hasta las patas.

Mientras este despropósito se contaba cada vez con creciente fascinación, estos ejemplares de color negro agallinado se paseaban invencibles ejerciendo su mortífero poder por los mejores reñideros de Colombia. Su poderío se extendió hasta Venezuela, Ecuador y Perú.

Una vez un incrédulo guajiro de nombre Kiko Valdeblánquez, hizo conjurar de una princesa Wayuu, experta en brujerías y encantamientos de la magia negra, a seis de sus mejores gallos para enfrentarlos a los temibles Medianoche, en un desafío extraordinario en la ciudad de Barranquilla, al cual asistieron los mejores galleros del país y muchos invitados de los países vecinos, pues nadie quería perder este gran espectáculo. Los gallos de Kiko parecen que se fueron todos para el cielo de las aves, pues ya habían sido previamente rezados por la princesa Wayuu. Kiko, avergonzado y con la dignidad del gallero pisoteada saco de reñidero a cada uno de sus gallos muertos y colgando de las patas mientras exclamaba: ¡miércoles! Ahora sí creo todo lo que se dicen de esos endemoniados pajarracos.

Hay una única verdad en el trasfondo de las leyendas narradas. Recreémonos entonces en  el mundo de la realidad cobijada con  el mismo ingrediente del  macondiano realismo mágico. Este es el universo real del famoso gallo Medianoche, que fue trueno, huracán y relámpago, compendio del gallo bien encastado atento en combate, codicioso y de buena “púa” en las patas.

Su primear dueño fue el gran señor de los gallos y fuera de los gallos el Doctor Olimpo Oliver de la ciudad de Sincé, quien recibió en obsequio de Don Nicolás del Castillo, un ilustre cartagenero por entonces embajador de Colombia en España, una parejita joven, hembra y macho, hijos de un gallo obsequiado a Don Nicolás por el Alcalde de Sevilla España. Olimpo con esta pareja como base y a través de varios cruces llegó finalmente al ejemplar Medianoche.

Medianoche, tuerto desde los corrales macheros, de color negro tornasolado y plumaje agallinado, no debía su nombre precisamente a estas características, sino a una cábala de buena suerte que acompañó al amo de este bravo emplumado durante sus dieciséis  combates resueltos en su favor en menos de cuatro minutos. Contaba Olimpo, su dueño, que hacia la media noche  cuando ya habían pelado por lo menos ocho de sus ejemplares, era la hora de atacar, si iba perdiendo apostaba el valor de las pérdidas y más al gallo Medianoche y si iba ganando apostaba  todo lo ganado y más para multiplicar ganancias.

Su última pelea fue en Santiago de Cali, durante la temporada de gallos de diciembre en el Coliseo Gallístico Pico de Oro, dentro del marco de la feria de 1.982. Ese día Olimpo, con la euforia de haber ganado seis de las siete peleas acordadas, con el gallo Medianoche empiojado y listo para el combate en el cual se jugaba el todo por el todo, rodó accidentalmente por la gradas del reñidero, con tan mala suerte que sufrió la fractura de su mano derecha. Andrés Arroyo, acompañó a Olimpo hasta la clínica y lo puso en manos de los mejores especialistas, quienes tomaron radiografías y determinaron que al día siguiente debería ser intervenido quirúrgicamente. Andrés, no volvió a la gallera y se retiró a su casa. A las tres de la mañana sonó el teléfono y se escuchó  la voz emocionada de Olimpo – Hola, Andrés, no te asustes, soy Olimpo, me escapé de la clínica y acaba de pelear mi gallo Medianoche. Fue esta su pelea más rápida, quiero que vengas a recibirlo, he resuelto obsequiártelo, no puede quedar en mejores manos- Este inigualable gallo era, rápido en riña, ligero de cuerpo y cabeza  y, sobre todo, certero con la espuela y su  emparejada era mortal.

Este fenómeno de gallo recibió indulto y pasó a corrales en los galpones de Palmaseca, en donde fue aparejado con las mejores gallinas hindúes de Joaco Lora de Montería, las españolas puras adquiridas por Rubén Cuartas en Sevilla en el famoso criadero de Juanito y las descendientes de los famosos delgaditos traídos por aquel famoso torero tremendista Antonio José Galán y su picador Atienza. Fue el gallo más ganador, el mejor reproductor y el iniciador de la famosa línea de los Medianoche, gallinos de color negro tornasolado.

Hoy, casi treinta años después, el criadero Palmaseca, a pesar de que el gallo fino colombiano ha evolucionado hacia la raza caribeña, mantiene la línea Medianoche como base para la refresca de sangre con padrones importados de los mejores criaderos de Puerto Rico y República Dominicana, y es así como está vigente la bravura y casta de los famosos Medianoche.

Es palabra de gallero y la palabra del gallero es sagrada.




martes, 10 de agosto de 2010

"CUIDADO CON EL AMOR" Alberto Rodríguez

“Cuidado con el amor”. Un libro de once cuentos largos – diez de ellos publicados por primera vez- que Alberto Rodríguez escribió a lo largo del último siglo. El 20 de Julio apareció publicado por el sello editorial, El Tambor de Arlequín de Medellín. El título fue encontrado en una ranchera que hiciera famosa Pedro Infante, con su película del año 52, dirigida por Salvador Allende. Son historias que advierten, como las rancheras, sobre los riesgos y los cuidados que bien supone el amor, en ese lado oscuro de la vida “donde mis ojos ya no verán la felicidad”. No son cuentos felices, ni morales, tal como la vida, que muchas veces tampoco lo es.

Pedidos y ventas en la librería de la Fundación Casa de la Lectura (Calle 8ª Oeste No. 25c-23. Teléfono: 5581818). Valor unitario $20.000.

viernes, 30 de julio de 2010

UN PASO ATRÁS

Melva Galvis

“Hay una práctica muy bella y muy fácil, querida Diana, para hacer crecer nuestra conciencia, nuestro entendimiento, y es dar un paso atrás”, decía Lucy, una controvertida sicóloga amiga entrañable de Diana y admirada por su primo Hernán allí presente. Y agregó: “Esto es muy importante: antes de hablar, antes de pelear, antes de juzgar, antes de trabajar, antes de comprar, antes de hacer cualquier cosa, debemos dar un paso atrás. Da un paso atrás y mira, da un paso atrás y luego actúa”. Sentados alrededor de una sencilla mesa en el cuarto para tres huéspedes número 322 del mejor hotel de una pequeña población al pie de altas montañas, Hernán, Diana y Lucy, compartían experiencias y reflexionaban acerca del curioso comportamiento de los seres humanos.
Dice Hernán: “Yo tengo un problema: cuando doy un paso atrás, caigo en el pozo de los recuerdos... y ahí qué... de qué sirve recordar si el pasado ya pasó y no se puede cambiar, no podemos deshacer los errores... Mmm... … eso me llena de tristeza, de nostalgia y hasta de remordimientos”. Lucy replica luego de tomar otro sorbo de café: “Es que allá va mi cuento, a la necesidad de corregir prácticas vitales erróneas”, y mirando a su amiga dice: “Diana... y tu...”
Diana objeta: “Habíamos acordado que después del café haríamos una práctica de meditación, no?”.

Los dos amigos aprobaron, “vamos!”
Pero el pasado siempre va con uno a donde quiera que vaya, o no? Añadió Hernán.
Eran las siete de una mañana primaveral, y los tres amigos salieron a la terraza que quedaba justo al frente del dormitorio. Esta era espaciosa, limpia y hermoseada con plantas frescas que exhibían flores de diferentes colores y tamaños. Sentados en el suelo en posición cómoda, hicieron una especie de triángulo con sus cuerpos, y cada cual se abstrajo en su propia experiencia de meditación. Ninguno de los tres personajes tomó nota del tiempo de meditación transcurrido al momento de escuchar llanto y suspiros a su alrededor. Lucy abrió sus ojos casi al mismo tiempo que Hernán, e inmediatamente se dieron cuenta de que Diana era quien -sin interrumpir su estado de meditación- , estaba llorando copiosamente. Con mucha delicadeza y temor de sobresaltarla, Lucy tocó su hombro y le dijo: “antes de llorar, da un paso atrás”. Hernán que seguía pacientemente cada movimiento desde una distancia prudente dijo casi susurrando: “Si Dianita, eso es”, procurando detener el llanto de su prima; pero Diana continuó llorando por largo rato. Ellos, retomando sus posiciones, observaban amorosamente las reacciones de Diana, pues a pesar del llanto, ella irradiaba  paz, armonía y hasta gozo; todo, menos dolor o sufrimiento.
Lucy le dijo en voz muy baja a Hernán: “Me da la impresión de que está dando un paso atrás”. Un rato más, y Diana abrió lentamente sus apacibles ojos y esbozó una amplia sonrisa, como si estuviera despertando del más placentero de los sueños.
“Ay prima, tuviste tiempo de dar tantos pasos hacia atrás, que tuve miedo de que te quedaras por allá y no nos volviéramos a ver”, manifestó Hernán y rieron todos juntos.
Diana, imperturbablemente, buscó con qué secarse su cara, y se frotó con una porción de  la toalla humedecida con lo primero que encontró: un poco de bretaña. Se le observaba tranquila y radiante.
Lucy, un tanto tímida propuso: “Diana, si no te incomoda, sería muy interesante que compartiéramos las experiencias que acabamos de vivir, empezando por la tuya, lógicamente”.
Hernán agregó: “Supongo que fue algo extraordinario, pero no te sientas presionada...”
Diana sonreía mientras servía sendas tazas de fresco y humeante café colombiano que llevaba sin falta como elemento de su equipaje, y se acomodaron nuevamente alrededor de la mesita.
Diana tomó la palabra: “Amigos, si...di uno, dos, cuatro, diez... no sé... muchos pasos atrás, pidiendo al Creador que sacara de mi mente toda idea, recuerdo, pensamiento o emoción negativa, e inmediatamente, apareció ante mi el rostro de mi padre. No entendí el suceso, entonces me reacomodé y volví a empezar con el mismo propósito; pero el rostro afable de mi padre volvió a aparecer frente a mi, y sus hermosos ojos azules me miraban amorosamente. Di un paso atrás y comprendí que no debía pedir nada, sino tratar de concentrarme y no permitir que la mente actuara y me volviera a sacar de la meditación. Mi papá hace ya más de 30 años que falleció dejándonos mucho dolor; pero yo estaba segura de que lo había perdonado con total sinceridad, así que rechacé concientemente su presencia en mi meditación. Intenté una vez mas concentrarme, y me vi a mi misma como de 15 años, llorando desesperadamente, reclinada en el regazo de mi madre, y diciéndole: “Mi papá me torció el destino”, y esta expresión se repetía en la visión una y otra y otra vez, mientras el rostro de mi padre seguía ahí nítido, mirándome con una súplica amorosa en sus lindos ojos. Y si... di unos pasos hacia atrás, y recordé a mi padre, rico en ese entonces, cuando se ufanaba de su posición económica, y decía a los cuatro vientos que no dejaría plata a sus hijos, que su única herencia sería el conocimiento, es decir, el estudio hasta donde ellos quisieran llegar, así los tuviera que enviar al exterior. De todos sus hijos, solo dos -decía Diana- optamos por el estudio; así que al terminar con éxito la secundaria, contábamos con la reiteradísima promesa del estudio universitario. Le dije una tibia mañana: “Papá, quiero saber a qué ciudad me va a mandar a estudiar Medicina” Me miró con un desprecio que me caló hasta los huesos, pues en ese tiempo una serie de excesos de él habían afectado la convivencia familiar, y las relaciones con todos  los hijos estaban bastante deterioradas. Mi papá sacó pausadamente su billetera de cuero, contó ciento veinte pesos con la misma lentitud, los colocó sobre la mesa junto a mi, y me sentenció: “Tenga este dinero y mañana viaja de madrugada a la capital a conseguir trabajo. El doctor Suárez, secretario de Educación es copartidario y amigo mío, y él le va a decir dónde va a ir usted a trabajar como maestra”. ¡Ir yo sola a la capital!, cuando él no nos dejaba salir solas ni donde la vecina del lado!? Yo nunca había viajado sola! Tenía solo 15 años! Mi madre no estaba ahí presente, yo sabía que no estaría de acuerdo; pero su opinión no tenía valía frente a él para nada. Nunca pasó por mi cabeza que mi padre -cuya palabra era fiel-, me fallara justo a mí... De verdad que quedé aturdida. En ese preciso momento me di cuenta que mi padre había torcido mi destino para cobrarme el precio de sus errores. Sentí indignación, sentí odio, sentí mucha rabia... y después... mucho coraje, y puesta de pie frente a él, mirándole a los ojos con el mismo desprecio suyo, agarré los ciento veinte pesos, y le dije: “Muy bien, gracias Señor”, y me retiré. Una semana mas tarde me inicié en la docencia, y a pesar de que estudié el pre y pos grado, nunca me fue posible acceder a la carrera de Medicina.
Entonces -continuó Diana-, todo eso volvió a mi como pasando una película. A cada momento, yo miraba el rostro sereno de mi padre, y sentí que ese doloroso episodio ya no existe, que yo no soy ahora esa niña; soy otra persona nueva, diferente, que ese incidente ya carecía de valor, ya no existe mas, que ese sufrimiento me enseñó muchas cosas y me obligó a ser lo que hoy soy, y saben una cosa? Hasta me divertí repasando esa historia.
Sé que lloré, parece que bastante, pero ese llanto fluía sin control como limpiando mi alma, porque al final me sentí libre, feliz, invadida por una paz divina. No era conciente de que esa deuda estuviera ahí agazapada, a pesar de que muchas veces solté esa acusación: Mi papá torció mi destino.
Hoy, dando un paso atrás, he podido valorar el presente, la importancia de vivir el ahora  porque es una estrategia válida en la búsqueda de la felicidad como estado espiritual”.

INOLVIDABLES

Ma. Eugenia Villa

Ellas han sido  las cómplices que me acompañan en silencio, son maravillosas; siempre les logro acomodar el exceso de equipaje representado en  las expectativas, las ilusiones, la felicidad;  también les he podido agregar las desilusiones y hasta  lágrimas que las convierten en una amarga y pesada carga durante el viaje.

Recuerdo la primera,  porque  además de los cuadernos la llené de ilusiones, de  fantasía y expectativa por el lugar al que iba   para aprender y jugar con otras niñas; era  de cuero grabado con figuritas infantiles de colores y tenía una cargadera larga para llevarla colgada en el  hombro.

Siguieron las que arreglábamos para ir de paseo en vacaciones; estas maletas solo guardaban lo que la mamá decidía era lo mejor para cada uno; yo siempre echaba de menos mil cositas que creía necesitar en todas partes, como el saquito que para ella  era viejo y feo, pero que  para mi seguía siendo el dulce abrigo que me regaló la abuela; también llegaron a faltar el espejito y la peinilla del muñequero o la última muñeca que había entrado a ser parte de mis fantasías. Vinieron después los maletines con implementos deportivos y otras que llevaba para los días de campo que disfrutaba con mis  amigas.

Una que arreglé con gran  detalle fue la que compré para mi viaje de bodas, que como mi primera maleta, se llenó también con amor, ilusiones, felicidad y expectativa. Y ni que decir de la que preparamos con tanto amor y ternura para ir al nacimiento de nuestra hija.

Después vinieron muchas otras: algunas  armadas  con entusiasmo por el reto que suponía el viaje, otras muy pesadas por la carga de estrés que contenían cuando viajaba para enfrentar problemas; o las que  imaginaba invisibles porque quería  pasar desapercibida cuando vivía el miedo del lugar visitado; todas éstas realmente compañeras  y testigos   de días con rutina propia, para ver  personajes similares, para hablar de lo mismo con diferentes acentos;  afortunadamente al regresar la mayoría de las veces  las traía repletas de paisajes, maravillas escondidas,  nuevos sonidos y  lecciones aprendidas.

Y no faltaron unas maletas inolvidables a pesar de no ser de mi propiedad.
El 5 de julio de 1986, era el cumpleaños de nuestra hija y esperábamos con ansia terminar  nuestras jornadas para encontrarnos y celebrar; ese día, debía responder a la empresa por un evento inédito, “todo” estaba previsto, lo tenía súper programado para cumplir y llegar temprano a casa; la ciudad se había preparado con mucho tiempo para ello y por supuesto mi empresa y yo como responsables de la logística, teníamos mas que ensayados los pasos y el recorrido  para recoger el equipaje del Papa  Juan Pablo II.
Todo salió a las mil maravillas menos mi llegada a tiempo para apagar las 12 velas; era tarde cuando entré y  los encontré dormidos.

miércoles, 21 de julio de 2010

RELATORIA

Relatora: Melva Galvis G.
 Fecha: Julio 06 de 2010
Hora:    3:22 p.m. El retraso en la hora del inicio del Taller se debió a que la mayor parte de los asistentes estaban cautivados por el partido entre Holanda y Uruguay que se estaba transmitiendo en esos momentos.

 ORDEN DEL DÍA
1.               Asistencia
2.               Lectura de la relataría de la reunión del 29 de Junio
3.               Copia del fragmento 44 del libro de Safo “Poemas y Fragmentos.”
4.               Lectura de los escritos de los asistentes al taller en la fecha de hoy.

Después de aprobado el orden del día, se dio inicio a la sesión de la siguiente manera:
1.               Asientes: 14 en total.
2.               Nuestro compañero Roberto Álvarez leyó la relatoría del 29 de Junio pasado. Su calidad literaria le granjeó aplausos y excelentes comentarios.
3.               Nuestro profesor Luis Fernando Macías propuso la trascripción del “Fragmento 44” del Libro “Poemas y Fragmentos” de la poetisa Safo. Acto seguido, el maestro Macías invitó al grupo a escuchar la lectura del poema, explicando a manera de introducción, que este poema es epitalámico. Un canto dedicado al héroe troyano Héctor y a Andrómaca, quienes se estaban casando en Ilion (otro nombre de Troya). Una referencia más de esta unión, aunque muy distinta, se encuentra en Homero. Hay que escuchar el sentido y oír la poesía, cómo suena, cómo conserva el ritmo, su hermosura. Esto es yambo: el pie disílabo de la poesía griega y latina en el que a la sílaba átona, sigue la tónica.
Luego de que el Profesor Macías leyera el poema con especial gracia, agradable sonido y musicalidad, Roberto pidió explicación acerca del “tono”. El profesor señaló que el tono aquí es festivo y de mucho elogio, y agregó que la traducción del griego al castellano debió ser muy ardua.
Por petición de los talleristas, el profesor leyó el poema completo por segunda vez y explicó algunos términos,
4.               En el cuarto punto del orden del día, el Maestro Macías sugirió desatrasarnos de todos los escritos que estaban pendientes; y a pesar de que la propuesta fue bien recibida por los presentes, sólo uno de ellos -Roberto- logró su cometido, ya que el contenido de su aporte escrito -por demás oportuno-, logró motivar, elucubrar, divagar y divertir a todos los asistentes por el resto de la sesión.
Roberto tituló su trabajo “Poema, Poesía y Poeta”, tomando como referente el artículo de Octavio Paz “El Arco y la Lira”. Tan pronto como se inició la lectura, se suscitaron múltiples comentarios, ideas y asociaciones entre los presentes.
El punto de partida fue “La Poesía es...”, “La Poesía es tantas cosas que es imposible encerrarla en una definición”, y enfatizó esta idea. Leía Roberto: “Es revolucionaria, capaz de cambiar al mundo”, y manifestó “Me asombra esto y deseo que el profesor lo explique y lo discutamos”. Se escucharon aportes muy interesantes de Sofía, Roberto, Fanny, Beatriz entre otros, que aprovechó el profesor Macías para diferenciar los tres términos: poema, poesía y poeta.
He aquí los conceptos iniciales expresados por el profesor Macías:
POEMA: Es un texto que puede ser en verso o en prosa. En el poema se encuentra la poesía.
POESIA: Es una noción del mundo con relación a la belleza, a lo espiritual. Es la elevación de lo terrenal a lo sublime. Es aquello que hace que lo existente sea bello. Es una noción abstracta de algo que se puede manifestar en sentimientos, pensamientos o acontecimientos. De algo muy bello como una flor, una acción, un cuadro, unos ojos, la naturaleza... decimos que está lleno de poesía. La encontramos en todo y en todas partes.
En este punto se formó una lluvia de opiniones, interrogantes y pensamientos expuestos por el profesor y algunos asistentes acerca de temas relacionados, como la personalidad de Pablo Neruda, su época y su producción literaria, su inclinación en favor de la causa del socialismo, el experimento del socialismo en algunos países y sus consecuencias, el capitalismo cruel, la guerra, el anarquismo... hasta llegar a los conceptos de inconsciencia, el inconsciente personal y el inconsciente colectivo.
Retomando el tema, el profesor subrayó que el poema es un texto en verso o en prosa donde habita la poesía. Esta puede estar absolutamente en todo. Es un concepto abstracto; lo concreto, es la manifestación física, esto es, el poema.
POETA: Es la persona que con su manera de ver el mundo, de pensarlo y vivirlo, logra captar la poesía que hay en él y expresarla en un poema. Todo lo abstracto (poesía), se manifiesta en algo material (poema).
Jorge preguntó: Si la poesía no se expresa en el poema, de qué otra manera se puede expresar? El profesor respondió: En la vida entera, en el arte, en todo... hay términos que no se pueden definir, que no se pueden encasillar, como el amor. Lo mismo pasa con la poesía: tiene elementos intrasmisibles.
El profesor concluyó: “El poeta es un ser humano, poema es el texto, y la poesía va mucho mas allá; es lo trascendente”.
Nuestra compañera Helena manifestó: El artesano es un artista, como también lo es el trovador repentista de los Llanos, de la Costa o del interior, que escribe, que canta, que nos emociona. Y qué decir de los juglares? El trovador es todo un poeta, escribe poesía, y lo hace como fácil.
El profesor manifiesta: Hay trovadores que son poetas y otros no lo son. La diferencia entre el que crea y el que copia. No es lo mismo reproducir una obra que crearla; el que crea es el poeta, el que copia es el artesano. Como los pintores...
Roberto expresó: “Creo que llegamos a una conclusión: la poesía no tiene definición”, aseverando su afirmación inicial. Todos los presentes estuvieron de acuerdo con él.  Continuó la lectura de su texto hasta finalizar.

Siendo las 5:32 p.m. se dio por terminada la sesión.

Poemas

MelvaGalvis
El valle y la ladera son
dos caras del mismo sol;
una es reluciente y clara,
la otra incierta ilusión

Si vas por el plano valle
alfombra a tu pié será;
y si vas por la ladera
buen viento refrescará.

Podrías pensar entonces
que el valle es mejor camino;
que su llana claridad
hará fácil tu destino.

Piensa que camino cierto
podría ser la ladera
si tú empiezas por la base
a ascender a  la quimera.

Si la cima tu lograras
lucha por permanecer;
alerta, nada te lleve
la ladera a descender.

Lo que te quiero decir
es que no hay fácil sendero
para llegar bien al fin
sé inteligente y sincero.

No te quedes en el valle
mirando la inmensidad;
asciende por la ladera
buscando la eternidad.

Observa bien las montañas
su poder y fortaleza;
no sientas ningún temor
te mostrarán la belleza.

Cierto es que toda senda
te conducirá al Creador;
aspira, sé muy valiente
que Él habita en tu interior.

Disfrute

Fanny Granda M

Era luna llena, estaban extasiados mirándola, jugaban con las nubes que traviesas se movían y en algunos momentos ocultaban aquel gran reflector que iluminaba el cielo  y la tierra.

Evocaban momentos de alegría, de nostalgia, de indiferencia, momentos que habían vivido con el ser mas querido que tenían, hacían comentarios, en algunos momentos reían fogosamente, en otros lloraban y luego volvía la calma, pero siempre mirando esa gran luna.

Hacia frío y resolvieron calentarse, jugando escondidijo, recordando la niñez con ese juego que tanto los divertía; corrían, escudriñaban cada rincón que había alrededor de la casa, casa llena de jardín, rodeada de grama y pequeños árboles que servían de cerco a la propiedad.   La grama estaba húmeda por el rocío de la noche, se mojaron los zapatos algunos, otros los pies, pues se habían descalzado para sentir más directamente la naturaleza, se fueron quitando los sacos que los abrigaban y seguían corriendo tratando de encontrar al que estaba escondido.
Reían felices llenos de vigor y de entusiasmo.Después de varias horas de observación, conversación, juego y diversión, decidieron entrar a la casa, tomar algo refrescante e ir a dormir.
Cada uno se acomodó en su cama.  Algunos durmieron profundamente, pero Felipe no podía conciliar el sueño, después de meterse en la cama sintió un frío muy intenso y luego un calor que lo abrazaba; no quiso despertar a nadie, pero como la dormida fue a la madrugada, uno de ellos despertó a la hora que siempre lo hacía, 6 de la mañana, dio vuelta para ver como estaban todos y sintió que Felipe se quejaba, casi no podía respirar, corrió  a ver que le sucedía, lo tocó y se dio cuenta que tenía mucha fiebre, tenía los labios resecos, el rostro colorado, las gotas de sudor rodaban por su frente y casi no podía incorporarse de la cama.

Asustado despertó a los demás,  llamaron inmediatamente al médico, el cual después de media hora llegó, lo examinó y diagnosticó neumonía, por lo tanto había que internarlo en el hospital para que su salud no se fuera a complicar más.

Pasó allí ocho días, con muchos cuidados por parte de los médicos y enfermeras, en compañía de los seres que tanto amaba, porque ninguno lo abandonó ni un minuto, y salió muy recuperado.  Antes de irse para la casa, el médico le hizo algunas recomendaciones, pero le insistió: disfruta de la naturaleza con las personas que amas, gózate la luna, el sol y las estrellas, disfruta la grama, el agua y todo lo que tienes a tu alrededor, cuídalos para que tus descendientes también lo puedan disfrutar, pero ten en cuenta las recomendaciones que te hice para que no tengas que volver aquí, porque a tu edad puedes gozar de todo pero sin abusar.

Nostalgia

Bertha Luz Velásquez P

Estas fechas de festivales en la ciudad, como el del tango, nos motiva a buscar en el baúl y en la memoria recuerdos que se convierten en nostalgia; pero sentirse nostálgico no necesariamente es sentirse triste, es aquello que sentimos cuando encontramos en un rincón lejos del Ipod y los CDs, pero cerca de los casettes y  los libros viejos, aquellos acetatos, que sin motivo consciente nos resistimos a tirar.
 Y no es que  por nuestra edad nos apeguemos al pasado o resistamos aceptar lo que nos ofrece el presente. Cómo no es una maravilla llevar en un bolsillo orquestas y músicos en cantidades ilimitadas, y sin moverse del sitio, seleccionar lo que deseamos escuchar, con la “ventaja”? de escucharlo solo, porque increíblemente podemos reunirnos a escuchar música en compañía, sin la obligación de compartirla; cada cual puede escuchar lo suyo.
Sin embargo, quién de nuestra generación no sintió una cercanía y un contacto casi íntimo con su ídolo, cuando acariciábamos la carátula con su foto, mientras escuchábamos sus canciones en el tornamesa o radiola que de acuerdo con el presupuesto, ocupaba un lugar más o menos importante en las salas de nuestras casas?  El nuevo long play era motivo de celebración; contábamos con “DJ” especializados, por lo general el anfitrión o dueño de la casa, que nos mostraba su trasero mientras en lo que era casi un ritual, cambiaba los discos para complacer la  audiencia reunida en su sala.
Es una delicia, a medida que desempolvamos estas que ya son reliquias, regalo oportuno y práctico de enamorados y amigos, y  ver cómo aparecen las imágenes de nuestros cantantes y artistas preferidos,  que en su mayoría se han ido, o están tan viejos como nosotros, y lo mejor, ver aparecer también fechas y dedicatorias firmadas por aquellos que compartieron con nosotros momentos de alegría, cumpleaños,  enamoramientos, romance y por qué no de lágrimas, y vivimos nuevamente los momentos con “el perfume del ayer” como dice en su  “Nostalgia” el maestro Héctor Ochoa.

¿Desconocido?

Fanny Granda M
Soy hija de una familia que me brindó y me brinda mucho amor, con un papá ejemplar y una mamá inigualable. Yo decía que los quería mucho, eran lo más grande que tenía en el mundo y creía que sin ellos era imposible vivir hasta que llegó un desconocido, nos hicimos amigos, nos gustamos, me conquistó y fui por él, capaz de dejar ese papá y esa mamá que quiero tanto y que me dieron lo mejor de ellos para que estuviera lista cuando llegara el momento en el que un desconocido me sacara de mi casa, de mi hogar.
Salí de allí donde todo era estabilidad, a convivir con este amado desconocido, salí con incertidumbres, con expectativas, pero con muchas ilusiones porque había un gran amor entre los dos.
Mi gran desconocido se ganó y continúa ganándose la pertenencia a esta gran familia que abandoné por él, y que ahora nos sentimos más involucrados que nunca.
¡Qué gran desconocido! con el que he pasado más de la mitad de mi vida, con el que he compartido muchas alegrías y tristezas, desconocido con el cual tengo 2 hermosos hijos, la niña y el niño, alegría de este nuevo hogar que tratamos de conservar unido por el amor y la comprensión. A estos dos hermosos hijos les hemos dado alas para que vuelen alto, para que sea personitas de bien, muy positivas y brinden armonía y paz a los seres que tienen a su alrededor. Personitas que han empezado a forjar su propio camino, a unirse con un desconocido para formar un nuevo núcleo familiar, un nuevo hogar, un nuevo rinconcito de amor.
Ahora este desconocido y yo, nos estamos quedando solos físicamente, pero con la presencia ausente con la lejanía cercana de estos hijos que tanto amamos.
Mi desconocido es mi refugio, mi compañía, mi razón de vivir, de continuar creciendo como persona. De él he aprendido a no ser tan acelerada, a esperar, a ser paciente y sobre todo a decir muchas cosas en medio del silencio. Este desconocido continúa siendo una persona maravillosa, lo amo mucho y ruego a Dios me lo deje disfrutar por muchos años más, hasta el final de mis días.

domingo, 18 de julio de 2010

Víctima de sus propias predicciones.

Nubia Roldán B.

La conocí al día siguiente de haber empezado a trabajar en el hospital y no precisamente porque estuviera hospitalizada en el pabellón cirugía, donde yo iba a laborar, sino porque acostumbraba, todos los martes, después de ir a misa y desayunar, sentarse en uno de los muros, que bordeaban una hermosa jardinera, donde uno se podía deleitar, observando cada uno de los ejemplares de una hermosa colección de rosas, que había en la entrada, de este pabellón, donde esperaba a que llegaran las pacientes programadas para las pruebas, pre quirúrgicas, haciéndoles predicciones acerca de lo peligrosas que eran, tanto la cirugía como algunos de los exámenes preliminares a esta, por ejemplo la broncoscopia.
Era una mujer de mediana estatura; piel color canela; robusta, a pesar de la enfermedad que padecía; su rostro, ovalado, con ojos oscuros, no tenía ningún rasgo interesante. Su pelo, crespo y largo, siempre iba recogido en la parte de atrás. Digo que aparecía en las afueras del pabellón cirugía los martes, porque ese era el único día de la semana en que se practicaban los exámenes preoperatorios, y allí esperaban las pacientes mientras las mandaban entrar a la sala donde se les hacían los exámenes. Hablaba sin descanso. Era una verdadera tatacoa. Tan pronto llegaba la primera paciente, mientras la llamaban de la sala, ella aprovechaba para llenarle la cabeza de ideas negativas, luego hacia lo mismo con la segunda, y seguía así hasta llegar a la última. Por más que la hermana jefe del pabellón, el médico encargado de su tratamiento y todo el que la oía, la regañaran, no hacia caso.
Tres meses después, me toco ir a la oficina del servicio social, y me la encontré allí hablando con Emilia, la profesional encargada de esta. Tan pronto se fue, Emilia me contó que esta señora la tenía medio loca, pidiéndole le consiguiera una beca en la universidad, porque su hijo que se graduaba como bachiller ese mismo año, tenía unas notas excelentes y quería estudiar Ingeniería de Minas y petróleos. En este momento el sueño del joven era prácticamente un imposible; la madre tuberculosa, hospitalizada, con muy pocas probabilidades de curación, y una situación económica, desastrosa. El padre los había abandonado, casi desde que su hijo nació. El joven, vivía y estudiaba en Bello, en la casa de una tía que le colaboraba dándole la comida y la dormida, en un barrio tan humilde como su colegio, en el cual, desde el primer año, se hizo acreedor de una beca que conservó durante todo el bachillerato, ocupando siempre el primer puesto. La señora que era bien hablantinosa, se llenaba de orgullo cuando hablaba de su hijo, que para ella era el más inteligente del mundo.
Llegó noviembre y con él la graduación del joven Hernán Darío, que por supuesto le complicó la vida a Emilia. En vista de la insistencia de la madre, que diario iba a la oficina unas veces a suplicarle y otras a exigirle, que hiciera algo, Emilia se presentó a una sesión del Honorable Concejo de Medellín, llevando consigo, las excelentes notas del joven, para pedirles, estudiaran la probabilidad de asignarle una beca, costeada por el municipio, en la única universidad donde se podía hacer esta carrera en Medellín, La Nacional. La respuesta fue un no, rotundo. A las notas no le dieron ninguna importancia, porque el nombre del colegio era totalmente desconocido, y daban por hecho que cualquier cosa que se intentara hacer con este muchacho era tiempo perdido. Emilia le comunicó la decisión del Honorable Concejo, a la señora madre, pero esta una vez más no se dio por vencida y le solicitó, le consiguiera una cita en la próxima sesión, para ella conseguir el permiso para salir del hospital, e ir personalmente a hablar con ellos. Emilia regresó al Honorable Concejo llevando la solicitud de Carmen Rosa por escrito. Ante tanta insistencia por un lado y el miedo a recibir una persona con una enfermedad tan contagiosa, por el otro, optaron por comprarle un formulario e inscribirlo para que presentara el examen de admisión, confiados en que con esto se iban a quitar el problema de encima, pues daban por hecho que el joven no pasaba a la universidad. Tan pronto Carmen Rosa se enteró de la decisión de los concejales, llena de júbilo se lo contó a toda la gente del hospital. Daba por hecho que su hijo se matricularía en la universidad. El día señalado por la universidad para presentar el examen, de admisión, Emilia se hizo cargo de acompañarlo, y esperar a que terminara para llevarlo de regreso al hospital. Como el joven, un muchacho moreno, delgado, de buena estatura, no contaba con una ropa decente para presentarse a la Universidad, un médico le regaló un pantalón y un saco, que su hijo ya no usaba. El conductor del carro encargado de movilizar a Emilia, le regaló unas zapatillas que le habían quedado un poco estrechas, y así sucesivamente todos fuimos poniendo nuestro granito de arena, para conseguirle lo que le hacia falta. Carmen Rosa no cabía en la ropa cuando despidió a su hijo y le echó no se cuantas bendiciones, viéndolo por primera vez, vestido de cachaco, con flamante corbata y zapatillas de cuero.
Unos días después Emilia recibió una comunicación del Concejo de Medellín, en que la que le informaban que de la Universidad, habían recibido una llamada, para decirles que el joven Hernán Darío, no solo había pasado el examen de admisión, sino que había sacado el puntaje más alto del grupo, por lo tanto a ellos no les quedaba otra alternativa que hacerle efectiva la beca que le habían prometido, beca que dadas las circunstancias, que rodeaban al joven, no se limitaría solo a pagarle la matrícula, se harían cargo, además, de todos gastos necesarios para llevar adelante su estudio. Todavía se me eriza la piel, cuando recuerdo el momento en que le dimos la noticia a Carmen Rosa. Creímos que iba a enloquecer de la dicha. Su infinito amor de madre, la fe en su hijo y su gran terquedad, habían logrado conseguir, desde un hospital para tísicos donde se hallaba recluida, que su hijo iniciara sus estudios profesionales, nada más ni nada menos que en la Universidad Nacional.
El joven dio inicio a sus estudios, ocupando siempre los primeros puestos. En la cuadra donde estaba ubicada la humilde casa de su tía, cuyo piso aún estaba en tierra, y las paredes en obra negra, los fines de semana y en época de exámenes, no faltaban cuatro o cinco carros particulares, de compañeros que se lo peleaban para estudiar con el. Cuando tenían salidas a prácticas, donde debían trasladarse en avión, el era el primero que encabezaba la lista, los mismos compañeros hacían vaca para comprarle el pasaje.
Tres años después, apareció en el comercio una nueva droga para el tratamiento de la tuberculosis que se convirtió en una nueva esperanza para aquellas personas que se habían vuelto resistentes a los tratamientos tradicionales. Con este nuevo tratamiento, Carmen Rosa, logró que sus baciloscopias fueran negativas, lo que le daba la posibilidad de una intervención quirúrgica, para erradicar en forma definitiva la enfermedad. Por un error en el procedimiento quirúrgico a Carmen Rosa le quedó una fístula (perforación que une la tráquea con la faringe) que permitía el paso de residuos de alimentos y otras secreciones a la tráquea, produciendo espasmos, asfixia y exceso de tos. ¡Algo increíble! Se había pasado por lo menos cuatro largos años de su vida, en el hospital, infundiéndole terror a todas las personas programadas para la broncoscopia y posterior cirugía, y le toca, precisamente a ella, una complicación que, durante los quince años que trabajé allí, solo se dio esta vez. Se hizo hasta lo imposible para corregir este error; la sometieron a nuevos procedimientos quirúrgicos. Pidieron la ayuda de cirujanos plásticos, de otras entidades hospitalarias, se intentó todo lo que estaba al alcance, pero todo fue inútil, la fístula seguía allí, con sus correspondientes complicaciones.
La vida de Carmen Rosa se convirtió en el peor de los suplicios; cada día que pasaba, la situación empeoraba más; debido a las grandes dificultades para su alimentación, empezó a debilitarse, perdiendo cada vez más peso. Su final no se hacia esperar, pero ella luchaba aferrándose a la vida, le ofrecía a Dios todo su sufrimiento a cambio de que la dejara sobrevivir, hasta ver su hijo hecho un profesional.
A Hernán Darío solo le faltaban, tres meses para terminar su carrera, cuando su madre, que había hecho hasta lo imposible, para mantenerse viva, perdió la batalla, y en medio de una gran lucidez, y en forma sorpresiva, dejó de existir. Hasta el último momento, le pidió a la Hermana Josefa, quién dirigía la sala donde ella se encontraba, le reforzara el alimento que le pasaban por la sonda, con la sustancia de palomo que su hijo le traía diariamente, antes de ir a la universidad.



Tres meses después, de nuevo Emilia, en compañía de su tía y algunas personas del hospital, lo acompañaron a recibir su título de Ingeniero de Minas y Petróleos, con tesis laureada, que le otorgó La Universidad Nacional, donde siempre ocupó el primer puesto. Esta vez iba vestido con un impecable traje gris, camisa blanca y una corbata negra, en homenaje a su madre muerta. A pesar del dolor que le invadía por la ausencia de su mamá, a quién hubiera querido tener a su lado en el momento de la entrega de su título, algo le quedaba muy claro: Sacaría adelante su brillante carrera, la cual le ofrecía el futuro promisorio, que ella, con tanto amor había soñado para él y, por el que con tanto ahínco, había luchado.