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lunes, 15 de mayo de 2023

El hijo del trueno

 Eduardo Toro







 

 

 

                                                                                  

 El río Cauca corría desbordado, arrasando a su paso toda clase de cultivos.  Ruperto Manzano, el negro Ruper, tuerto y cojo, protegido en su rancho, aunque con el agua hasta las rodillas, fuma lentamente el último tabaco que le queda, mientras observa cómo desaparecen los cultivos de su chagra. La única esperanza de vida es el canto de cuatro gallos de pelea, que protegía en las partes más altas del caney.

 Una tarde Ruper observó que, en medio de la tempestad, el río traía flotando sobre sus lomos un islote de raíces y ramas, y encima una pequeña ave con el plumaje empapado y a punto de morir. Baquiano en las artes del rejo, enlazó el montón de raíces y salvó a la pequeña ave, un pollo de pelea de aproximadamente tres meses de edad y de los que más lo apasionaban por su disposición para la lucha. La proveniencia era desconocida y especuló, adjudicándole un supuesto linaje, el de los famosos corrales de la Hacienda San Marino. Tenía en la membrana del ala derecha una placa provisional señalada con el número 26.734, sin el nombre del galpón.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Lealtad

 

Adriana Yepes

Rápido, rápido nos vamos para Calima. ¿ Empacaron los juguetes, las almohadas y las cobijas de huellas? preguntó Libertad. Si mamá, todo, todo. Carlos, estamos listas, podemos salir.

El fin de semana fue plácido, el día despejado, las niñas jugaban en la piscina, se acercaban a comer, el recorrido por el lago, la montada a caballo, en las noches  el frio les permitía jugar al “arrunchis”, hasta que se quedaban dormidas.  La mayor parte del tiempo Carlos observaba las niñas, su mirada lejana parecía de despedida con la familia, se quejaba del  dolor de espalda,  cada vez más fuerte y prolongado, las excusas eran frecuentes para explicar su ausencia y el cansancio permanente.

La semana volvía a empezar y con ella el corre-corre de siempre. Carlos a su trabajo, las niñas al colegio, las tareas, las loncheras, mientras Libertad se ocupaba de la casa, la ropa y los alimentos de todos, hasta del dolor de Carlos, en las noches le colocaba paños tibios, le hacía “sobos” con la esperanza de que algún día el dolor abandonara la espalda de su marido y Libertad lo volviera a ver como era.

martes, 9 de mayo de 2023

La niña en la metrópoli

 


                         Diez y siete años tenía cuando terminé el bachillerato. Dentro de mis planes estaba estudiar periodismo, pero como muchas generaciones tuvimos que complacer a los padres. Nunca me lo expresaron pero pienso que era lo que esperaban de mí. Me presenté a la Universidad Javeriana para estudiar Ingeniería Civil, no logré pasar. Decepcionada  sin hacer absolutamente nada por la vida, decidí no mover ni un dedo. Mi hermana envío documentos a una universidad en Bogotá, no hice ni el más mínimo esfuerzo por llenar siquiera un formulario. Cual sería mi sorpresa cuando me aviso que había quedado en dicha carrera.
Alexandra Correa

¡Fuera de mi propiedad, bastardos!

Carmen Elisa Piedrahita


¡Fuera de mi propiedad, bastardos! ¡La próxima los voy a picar a todos! Gritaba la mujer mientras agitaba en su mano derecha un machete. Se metió a la casa y luego salió con un hacha, con la que empezó a golpear un árbol de mango, exuberante y cargado de fruta. Alguna ya empezaba a podrirse en el piso.

Llamó a gritos a uno de sus peones. ¡Córtelo!

Patrona, es un árbol hermoso, que da sombra y buen fruto. Son sólo unos niños traviesos, y no olvide que son sus nietos.

¡Esos malditos! ¿Creen que pueden robarme mis mangos? ¡Córtelo!

Volví

 

Adriana Yepes                                                       

                                                  

Era un cuatro de junio de 2002 en Cali. Habíamos quedado de subir al apartamento de mi hermana a saludar a mi mamá quien no solo había venido de Medellín, sino que estaba de celebración por su cumpleaños número setenta y uno, le llevaríamos  chocolates y flores, me sentí Caperucita Roja visitando a la abuelita.

Tan pronto llegué  por las escaleras al cuarto piso, sentí el lobo feroz adherido a mi cuello, como si me estuviera exprimiendo hasta el último centímetro de aire, una sensación indescriptible de muerte inminente, provocó el vómito al entrar. En  voz baja  le dije a mi hermana: me estoy infartando. “Dejá de joder  ¿cuál infarto, a tu edad?. Carajo, tenés 38 años”. Le insistí que llamara un médico. Bajamos  de nuevo los cuatro pisos con mucho cuidado como si presintiera que los minutos estaban contados.

Oscuros torbellinos


Jesús Rico Velasco

 

Nidia era linda y de buen cuerpo otorgado por la naturaleza. Rondaba los 25 años, de pelo largo,  trigueña, ojos negros,  piel caramelo, y una cola que para nosotros, los  mirones de la piscina, “sacaba la cara por ella”. Seguíamos sus pasos  y  movimientos en bikini como un niño cuando ve una golosina. Estaba casada con Diego un ejecutivo joven de 35 años, Gerente general de la Central de Carga.  Un hombre apuesto de buen talante y sonriente. Su vestimenta  era elegante de las tiendas de Zaz. Le gustaba jugar al tenis en compañía de Francisco en las canchas de la parcelación.

Nidia manejaba en compañía de Martha hacia la avenida sexta cuando se percató  de la ausencia de su celular.  Decidió volver  a su casa para recogerlo. encendida. ado ue la esperara. para ludarme Eran las cuatro  de la tarde. Contaban con tiempo suficiente para regresar y tomarse un Tom Collins. Al llegar a la casa  se sorprendió  al ver el carro de Diego en el garaje. Le dijo a Martha que la esperara. Caminó tranquila   hacia la entrada  principal y abrió la puerta. Le causó curiosidad escuchar una música suave de la alcoba. Pensó que podría haber  dejado la televisión  encendida. Abrió la puerta y encuentra a Diego desnudo  con Francisco  haciendo el amor «cochino, malnacido» vocifero, su cuerpo se sacudió. Confundida dio la vuelta y se subió al auto.

La cura

 

                                                                                               


  Gustavo Urrego 

 

¿A vos no te parece que Cali  tiene clima de mujer? Son impredecibles. A veces salgo temprano en la mañana en medio de un aguacero, con chaqueta y sombrilla, y al mediodía el sol te aplasta, insoportable. Pero a las cuatro y media de la tarde, después de un calor tenaz y cuando menos te lo esperas, baja una brisa de los farallones y es un alivio estar en la calle. La brisa despeina a los hombres y levanta la falda a las mujeres. Esta es una ciudad rumbera, de golpe de salsa, y vos sabés que a mí la buena melodía me hace olvidar de todo. Espera me tomo un sorbo y te explico para qué te llamé: esto a palo seco no me sale.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Nos fuimos

 

TRES SOLEDADES

Elisa Olivera, sesentona, bella y alimentada por vivencias lejanas,  guarda intactas en su memoria  historias  que  trae al presente con  imágenes dolorosas y escenas apocalípticas de los aciagos  días del golpe militar, que en su lejano país dio al traste con la seguridad y estabilidad económica de un sin número de familias, entre ellas la suya que, ante el riesgo de una inminente y peligrosa persecución, tomó la decisión de traspasar fronteras;  buscó los vientos cálidos del norte y felizmente ancló en el verdor de un valle sobre el cual se levanta una ciudad  celosamente vigilada por el Cerro de las Cruces.

 Bajo este pedazo de cielo, sobre un retazo de esperanza abanicado por palmeras, encontró en la calidez de su gente un genuino argumento para amar otros océanos, otra bandera, sin olvidar jamás la estrella blanca que se quedó en la punta del sur y en lo ancho de su corazón.  Piensa que un día va a morir, desea regresar a su lejano país para  finalmente descansar en paz al lado de sus muertos. Los hijos tomaron el rumbo que les señaló el destino y otros, también cercanos a sus afectos, se cansaron de vivir y se fueron de la vida pero no de su corazón y sus recuerdos.

 Eduardo Toro

martes, 25 de abril de 2023

¿De qué hablamos cuando hablamos de gatos?

 Eduardo Toro

Desde los primeros días la llamamos Lluvia y, al llamado, acude mimosa al rincón de los abrazos. Es blanca y sedosa como las nubes más altas y tiene la vivaz mirada azul de las hortensias. Se ocupa en mantenerse inmaculada, pero reserva los mejores momentos para recibir halagos y mimos. Vive como en un palacio y se comporta como la gata de compañía de aquellas reinas de países antiguos y lejanos; duerme y ronronea sobre cojines de plumas, siempre bajo la protección de nosotros sus amos, o mejor, sus incondicionales vasallos.


Volver a empezar


 Jesús Rico Velasco

  Su padre murió cuando  caminaba sobre sus 17 años. El abandono de sus estudios con formación militar en Bogotá y su regreso a Cali se aceleró con la noticia. Ser el primogénito lo obligaba a tomar las riendas  de la casa de una familia conformada por  seis  hermanos varones y una mujer.  Una mamá con una personalidad distintiva aguerrida y un poco alborotada. A temprana edad se convertía en el heredero y administrador de una gran fortuna. Un patrimonio construido por un prestigioso padre ganadero y agricultor propietario de cuatro haciendas: San Joaquín y San Marcos  en  Puerto Tejada. El Hormiguero en las afueras de Cali, y la Esmeralda, en el municipio de la Cumbre. Además de varias  propiedades en el barrio San Antonio.

Cuando muere el amor

 


Vuelvo a recordar cuando mi amor

galopaba envuelto en llamas por el llano

cuando corría veloz como un salvaje

y derrochaba los aromas del boscaje.

 

También recuerdo cuando mi amor

descontrolado, alucinado y tierno,

se tragaba a cántaros la miel

de una flor de labios encarnados.

 


Entonces era bueno querer con amor loco,

con desmedido desenfreno,

perdida la voluntad y los sentidos,

irresponsable el corazón y sus latidos.

 


Después llega el desamor, tarde o temprano,

se deshoja la flor, mueren los árboles,

se arruinan las colmenas y los nidos

y en la memoria reina la mariposa del olvido.

 


Recostado al añoso tronco del recuerdo,

mi espíritu   de pájaro viajero,

triste se posa a cantar   en la enramada:

¡Cuando muere el amor, no queda nada!


Eduardo Toro

martes, 18 de abril de 2023

Profesor visitante en Tulane

 Jesús Rico Velasco

 


Una antigua casa ubicada frente al cementerio de Carrollton en Adams Street con vista a cientos de lápidas blancas organizadas en perfectas filas, como recordatorio del paso fugaz sobre la tierra fue el lugar que el destino caprichoso me brindó como residencia.   Alquilé   uno de los cuatro aparta estudios de la casa.   A tres cuadras quedaba  la estación para   tomar el tranvía    y viajar  al centro de la ciudad de Nueva Orleans . El  espacio era  amplio  con  una cocineta y al lado   un baño con tina. Había comprado una mesa de comedor  con cuatro asientos  en el Salvation Army. En el fondo había un  espacio  para una cama doble con una  puerta de salida .   En la parte trasera existía un lugar para la lavadora y la secadora bajo  un techo cubierto y separada de las casas vecinas por una malla de alambre. Una ventana lateral  no  debía abrirse  para evitar  los robos. Detalle que olvidé  durante una mañana  de  otoño. El aire fresco y encantador  hizo que desclavara la ventana de la cocina y la dejara abierta. Ya avanzada la mañana decidí ir al centro de la ciudad, sin mayores precauciones, al fin y al cabo estaba en Estados Unidos. Pero al regresar me encontré con la policía y la sorpresa de que muchachos del barrio habían entrado por la  ventana.

 Uno de los  policías  pregunto  mis datos de identificación.  Al escucharme decir que  era colombiano  sus ojos se posaron sobre mi con una mirada inquisidora y dijo: «Es muy probable que los muchachos se hayan enterado  de que usted es Colombiano y se metieron al apartamento buscando algo.  Y como no había nada, decidieron drogarse en  el baño. Encontramos un caucho de amarre tirado en el suelo. Sólo revolvieron  sus pertenencias y las tiraron al suelo.»

 Con mi orgullo herido y frenando los impulsos del torrente corriendo por mis venas, le dije: « ¿Insinúa que  tengo algo que ver con la presencia de drogas?. Yo soy profesor visitante  de Tulane University en la Escuela de Salud publica. Si necesita  mas información con mucho gusto se la envío a la oficina de la policía.»

Tu ausencia

 Alexandra Correa

Ella tenía la imagen grabada en su memoria. Tal cual como lo encontró aquella mañana dormido en un sueño profundo, del cual nunca despertó.

 


La mujer lo organizaba todos los días. Lo peinaba, vestía, le dejaba la comida servida. Acomodaba su cabeza con una almohada cuando no podía maniobrarla. Variadas conversaciones   le brindaba cada tarde. El cuerpo frío e inerte, sin respuesta alguna. Añoraba con todo su corazón, una señal, un movimiento, un parpadeo. Nada, absolutamente nada pasaba. Recordaba los treinta años juntos, no podía superar estar sola.

Primavera

 Eduardo Toro G


La tarde es limpia y pura,

Parece un manantial

De flores y de aromas;

Está poblada de trinos y de cantos

Y nos atisba con sus ojos azules.

Allá lejos, allá en el horizonte,

Se levanta la niebla como tules.

 

Este es nuestro momento.

Desnúdate y tiéndete a la vera del río.

La hierba está mojada

Aun por el rocío,

Te ofrezco mi brazo como almohada.

 

Serénate y no tiembles

Que voy a galopar por tus laderas

Quiero subir hasta la cima

Sagrada de tus senos

Para besarlos con locura,

Estrujarlos y exprimirlos

Y beber el néctar que en ellos atesoras.

 

Quiero comerme de un bocado

Las fresas de tu boca

Para que tus gemidos aturdan mis oídos.

Me quiero desbocar por tus caderas.

Quiero abrirte a mordiscos

Las entrañas.

  

Entrégate total.

Sé absolutamente mía

Y sabiamente ofréceme

El rico licor que guardas.

Aplaca con tu aliento

El frenesí que siento

Hasta en el más pequeño músculo

De mí agitado cuerpo.

 

Mi piel, pegada de tu piel.

Mi piel, mi sudorosa piel,

Fundida con tu piel,

Respira por tu piel.

 

Te invito  a navegar

Por el mar de la lujuria,

Sin norte y sin  rosa de los vientos.

Y para que este navegar nos dure

Una eternidad, desnuda entre mis brazos,

Mar adentro, dejemos de remar.

 

Es primavera. Desnúdate otra vez.

La hierba es lecho blando

Y aun está cubierta de rocío.

No temas que mis brazos y mi pecho

Te servirán de almohada.

Por Dios, no digas nada

Y entrégate total.

Quiero vivir contigo

El regocijo del deseo carnal,

Sintamos por dentro y a la vez

Ese viento huracanado,

Imposible de atajar.

 

Es primavera.

Desnuda y exhausta

Tendida sobre el prado,

Pareces una imagen vencida

En lirios florecida.

 

miércoles, 12 de abril de 2023

Sin remedio[1]: caleidoscopio para ver que las cosas son iguales a las cosas

 

María Lucía Muñoz Giraldo

 Leer la novela Sin remedio es una experiencia visual multicolor con fuertes sensaciones en las que a la manera de un caleidoscopio, un narrador omnisciente conduce con diversos ritmos al lector por múltiples imágenes y formas, intensidades, atmósferas y estados de ánimo. La novela construida con una prosa descriptiva da vida a Ignacio Escobar, personaje principal, cuyo punto de vista subjetivo de su mundo burgués, abre y cierra un foco que acerca y distancia detalles mientras transita por diversos entornos de una época histórica, política, cultural y social, son las décadas setenta ochenta, del siglo veinte en Colombia.


miércoles, 5 de abril de 2023

Sin remedio

 


 Sin Remedio es una novela que podemos leer desde varios frentes:  el comportamiento de la clase alta bogotana en los años setenta; la   relación madre e hijo, contextualizada en un ambiente social de dinero y poder; el surgimiento de los grupos guerrilleros en Colombia y la forma como muchos jóvenes de clase alta ingresaron a sus filas; aunque el gran tema que atraviesa la novela es la poesía. El protagonista Ignacio Escobar, se define como poeta, y el autor lo contrasta con otros poetas. Con el personaje protagonista padecemos su drama existencial de la mano de la imperiosa necesidad de escribir poesía. Seguir el diario vivir de Ignacio Escobar es estremecedor y puede generar en los lectores cierta desazón.  A pesar del drama y la complejidad de los temas, Antonio Caballero nos seduce con el dominio de la prosa poética y la visión crítica de su entorno que refuerza con humor e ironía de manera magistral.

Luz María Gómez

Olvidame bandoneón

 

OLVIDAME BANDONEÓN

 

“El duende de tu son, che, bandoneón

Se apiada del dolor de los demás;

Y al estrujar tu fuelle dormilón

Se arrima al corazón que sufre más.”

 Che Bandoneón de Homero Manzi, 1950

 


En el fragor de sórdida barriada

Lluvia de alcohol, y un son lejano

Que estruja el corazón

Escucho bandoneón

Tu milonguero acento

Desde un lóbrego rincón.

 

Yo no sé, che bandoneón,

Qué aturde más, si los espectros  

Que rondan por tus fuelles                                       

O los fúnebres compases

Que baila el arrabal.

 

Vení, vení decime a mí,

Aquí, aquí bajito,

Que no nos oiga nadie,

¿Será posible que se acerque

Tú pena a mi dolor?

¿Y se enamoren como locos

Y hagan el amor  

Bajo la moribunda luz

De un cómplice farol?

 

Cubrí mi dolor con tu percal

Y abrazáme a tu pena,

Retazo de Malena.

Solo la luna, desde su palco real,

Podrá mirar, vestida de arrabal,

Que hacemos el amor como chiflados

En clara posición de offside.

 

Vení, vení y arropáme

Con el reproche amargo

Que escapa de tu fuelle.

No implorés más con tu llanto.

Vení, sentáte aquí, aquí a mi lado

Pongámonos en forma

Y apurémonos un guaro

¿No ves que la luna está de ronda?

Olvidá tu canción y no rezongués más

¡Che bandoneón!   

 

Eduardo Toro

miércoles, 29 de marzo de 2023

Amor bajo el opio de la luna


La noche toda nuestra: la brisa,

La oscuridad y las estrellas.

Fuiste mía bajo el opio alucinante

De la luna y   mío fue también

 El incendio de todas tus caricias.

 

 Asidos de la mano caminábamos.

 En un instante, la ráfaga de un trueno

Rasgó las vestiduras de la noche,

 Humedeciendo en tus ojos almendrados

 La ondulante llamarada del deseo.

 

Entonces palpitaron como alas

Los impulsos de un vértigo escondido,

Tu cintura fue presa de mis brazos,

Y tu boca, dos pétalos abiertos,

Unidos con pasión a mi lujuria.

 

Desnudos, bajo el marco plateado

De las nubes, tú fuiste ánfora

Y yo fuego, cuando encendimos

La lámpara interior del desenfreno

Con los destellos del opio de la luna.

 

Tus senos de fina orfebrería,

Provocaron la comba de mis manos

 Que como arcilla se escapaban de mis dedos.

Y fuiste sabia al ofrecerme

 El fruto madurado del deseo.

 

Me sentí pirata en un mar de tempestades

Timoneando un barco con las luces apagadas

 Sobre las olas morenas de tu carne.

Y fue la entrega, la pasión y el éxtasis

Bajo el opio alucinante de la luna.

 

Como un canto lejano

Se quedó en mi memoria detenido

Tu último gemido.

Aquel gemido musical y largo que insinuaba

La dualidad de estar plenos y vacíos.

 

 Eduardo Toro Gutiérrez



martes, 21 de marzo de 2023

Un ejercicio de voces

 Alexandra Correa

PRIMERA PERSONA 

La pantalla del computador está en blanco, el cursor titila impaciente, desesperado como quien espera al ser amado y no llega. Tecleo algunas letras y de nuevo las elimino.  Me decepciono y apoyo mi frente en la mesa, los pensamientos divagan, trato de dar rienda suelta a mi imaginación. Me pregunto: ¿En qué momento la mente quedó en blanco igual que una hoja de papel? ¿Por qué las ideas no me fluyen? 

 Cae la noche y con ella la penumbra, sombras de árboles penetran por mi ventana, el sonido incesante de los grillos retumba en mis oídos. De repente la veo venir muy elegante con su sombrero de ala ancha. Se sienta en la poltrona que tengo al lado del escritorio, escucho que me susurra al oído: empieza a traer tus recuerdos, quiero que te pongas nostálgica.  La miro de reojo y pienso, ya llegó esta vieja a dañar mis emociones.  ¡Claro! Quiere que me ponga de víctima, desea intimidarme, pretende que me inunde la tristeza. Echo la vista atrás y recuerdo a mi abuela cuando me decía, ponga la escoba atrás de la puerta, si quieres que esa visita inoportuna se vaya. Miro con cierta suspicacia a la vieja Soledad, sabe que hoy estoy dispuesta a librarme de ella a como de lugar. De lo más profundo de mi ser sale un grito agónico y espeto: ¡Lárgate hoy estoy acompañada de “ellos”! Entonces no tiene mas remedio que dar media vuelta e irse. Miro fijamente el escaparate donde guardo mis libros. Los repaso, uno a uno. El tacto permite que las letras vayan penetrando de manera que recuerdo cada historia, cada imagen, hay una conexión sublime transmitida por los autores. Voces atrapadas deseando que alguien las escuche. Los voy trayendo uno a uno en mi regazo, como quien tiene bajo su cuidado un ser indefenso, débil, esperando cariño.  Todos los libros organizados en forma de abanico encima de mi cama, me brindan calor, susurran ideas brillantes para mi próxima historia, los párrafos se van alineando, cada uno quiere lucirse a su manera. Les pido que me acompañen en esta historia que sean mis héroes y villanos según lo prefieran. Empieza a clarear y con ella mis ideas a fluctuar. Cuando menos lo espero aparece la bola de pelos. El minino… maúlla, ronronea, acaricia el entorno de mi pierna cuando estoy en mi escritorio tecleando de una manera sosegada, me pide compañía no sabe si para mi o para él, se acuesta con sigilo a mi lado, no exige, no habla, pero lo entiendo, comprendo su soledad, ese momento será nuestro.

Palomas bajo la nieve

 Eduardo Toro

 “Sin darse cuenta, a través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años luchando en vida por la causa legítima de su propia canonización”

Cuento La Santa de GGM

 

La primavera estaba rezagada, el invierno con un manto inclemente de nieve mojada cubría las colinas de Roma. La radio y la televisión alertaban sobre una tormenta que, en pleno inicio de la primavera, azotaría a la ciudad por espacio de por lo menos cuarenta y ocho horas. Anunciaban que los vientos helados llegarían con peligrosas ráfagas de hasta ciento ochenta kilómetros. Las alarmas se accionaron cuando el fenómeno que no tenía antecedentes se acercaba, etiquetado con el nombre de “La bestia siberiana”.

Cerraron aeropuertos y carreteras, alertaron sobre posibles interrupciones en el sistema eléctrico, invitaron a la prudencia y a tomar suficientes abastos, ordenando a la población no abandonar sus casas y refugios. La ciudad estaba desierta y blanca como un descomunal pastel de boda.