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viernes, 22 de febrero de 2019

Camino a Bandai


 Jorge Enrique Villegas M




       Después de tres días de búsqueda encontraron a Fumiko. Estaba recostada, cubierta por las hojas amarillas de un gingko, a un lado del viejo y derruido templo de Buda, cerca al monte Bandai. Quienes la hallaron dijeron que “parecía dormida”. “Este caso es bastante extraño”–comentaron los investigadores.


—La conocí en la estación del tren en Aizu. Yo iba para Koriyama cuando la vi. Me sorprendió el rostro límpido, la manera suave y delicada al caminar, la sencillez del traje que lucía y el brillo del cabello. Tenía una figura agradable. Recuerdo que miraba seguido el pequeño reloj de pulsera que llevaba y denotaba preocupación.
—Perdone–me dijo–, ¿el tren ya debía estar aquí, verdad?
—Sí–respondí–lleva retardado un minuto. No es mucho…Ya se aproxima, ¿lo escucha?
—Cierto. Me preocupa llegar tarde.
—¿A dónde va?
—Al hospital de Koriyama. Tengo una entrevista. Aspiro  vincularme como enfermera.
—¿Como enfermera?
—Sí.
—Yo trabajo allá. Despreocúpese. Llegará a tiempo.
Conversamos mucho y me enteré sobre su preparación. Ella no supo–me encargué de que fuera así–que yo formaba parte del comité de selección. Me pareció muy competente. Llegado el momento de la entrevista, me disculpé ante mis compañeros. Quise que hicieran sus propias deducciones. Una hora después regresé y habían llegado a la misma conclusión. Estábamos ante una candidata idónea. Al final del proceso, fue seleccionada. Con nosotros estuvo cinco años. Lamenté su traslado al hospital de Aizu. Le quedaba más cerca de donde vivía y se ahorraba dos horas de viaje al día. Ojalá se sepa qué fue lo que le pasó.

—La conocí en el hospital, acá en Aizu. Llegué luego de un accidente de trabajo. Me operaron y desde el día siguiente empecé el proceso de recuperación y terapias. Ella se llamaba Fumiko. Era una enfermera muy amable. Uno la veía atenta a la evolución de los pacientes, brindando los cuidados que requerían con humanidad. En la medida en que mejoraba, recorríamos los jardines del lugar. Me enseñó a reconocer los matices de colores en las flores y sentir su aroma. Descubrió para mi otro mundo. Mencionó–lo recuerdo bien–que el arco iris estaba también en el bosque, en los senderos, las plantas y corrientes de agua. Decía que era cuestión de serenar el espíritu y dejar entrar la magia que hay en lo que nos rodea. Era muy especial. Los compañeros del hospital que cuidaba, mejoraban rápido. Desearía saber qué le pasó.

—Es lógico que quiera saber qué fue lo que sucedió. Legalmente era mi esposa.
—¿Entonces…?
—Es que no tengo nada que decir. Pensé que me darían alguna noticia.
—¿No observó algo anormal en la manera de comportarse? ¿Sabe si se veía con alguien?
—Si lo hubiera sabido…¿Tienen algún indicio?
—Entienda que investigamos para saber qué pasó. Debemos preguntar.
—Ya está bien. Por favor salgan de mi casa…

Al comenzar la semana, Hinata vio a las últimas grullas remontar el cielo del norte y  los bosques vestirse de bruma. “Hará mucho frío”–pensó–. La ciudad en silencio recibía las lluvias del comienzo del otoño. Una bandada de cuervos buscaba comida en el terreno yermo de la parcela que había vendido. El aviso colocado por los nuevos dueños rezaba que construirían bloques de apartamentos. Sintió desazón. El verde que tanto le gustaba se escurría poco a poco a lugares más alejados y las aves con él, junto con las flores y sembrados. Recordó los hermosos cultivos de arroz, las espigas en su punto y los atardeceres únicos, llenos de color, que lo hacían soñar. “Qué rápido pasa todo”–afirmó mientras oteaba el horizonte–. Tenía presente la promesa hecha a Fumiko y lamentó que fuese así como empezaba una nueva vida.

En las mañanas Hinata se encargaba de abrir el almacén donde laboraba. Luego de hacerlo, desayunaba en una cafetería dos cuadras más allá del almacén. Fue allí donde conoció a Fumiko. Hacía un pedido de nato, tofu y té. Hinata observó el suave y largo cuello y el brillo del cabello. Se sintió cautivado. Buscó dónde hacerse para mirarla, fascinado, mientras ella desayunaba. Cuando Fumiko acabó, salió del lugar, montó una bicicleta, lo miró y le sonrió. Hinata se sintió animado. “Qué suerte. Tendré un buen día”–pensó–. Volvió contento a su rutina. Desde aquella ocasión, cada vez que pasaba por la cafetería, confiaba en la aparición de quien lo había atraído.
Al llegar la primavera enfermó. La alergia al polen lo ponía mal. Le recomendaron que fuera a consulta al hospital. Se sorprendió al verla, ella estaba de servicio. Se saludaron. Conversaron sobre sus vidas y se agradecieron el momento. Quedaron de tomar un té en el lugar donde se habían visto por primera vez.
Cumplida la invitación, Hinata decidió esperarla en las noches y acompañarla hasta cerca del lugar donde vivía. Ella le dijo que así estaba bien porque no quería más problemas con el marido. Cada vez que se despedían, él le obsequiaba un detalle y recibía a cambio una sonrisa y un beso en la mejilla. El amor llegó. Hubo escapadas y  dolor cada vez que se despedían. Hinata la trataba bien y con él se sentía mujer.
Fumiko no llegó a sentirse amada por su marido. Advertía  que las ganas de vivir, cuando él la requería, se le apagaban. Una tarde de amor Hinata y Fumiko decidieron rehacer sus vidas. Él le prometió llevarla al mar, lejos de donde ahora vivían. Ella prometió seguirlo.

Aunque se había acostado, Hinata no pudo dormir. Estaba preocupado y el resfriado lo acosaba. Los mocos le tapaban la nariz. No encendió la lámpara. Prefirió acostumbrarse a las sombras de la noche. Se levantó y caminó sin hacer ruido. Calentó un poco de agua y tomó algunas medicinas. Miró las manecillas fosforescentes del reloj encima de la mesa. “En poco más de dos horas romperá el alba”–pensó–. Estimó que el momento había llegado. Se vistió y salió al camino. Guardó en una bolsa el dinero recibido por la venta de la parcela. “Fumiko, te lo prometí”–murmuró–. Lo recibió el aire gélido de la madrugada. Se orientó hacia el monte Bandai y emprendió la marcha. Sabía que al caminar por los arrozales debía cuidarse de las serpientes. Al saltar un montículo torció el pié derecho y cayó de bruces. Perdió los anteojos y sintió un fuerte ardor en una de las manos. Supo que lo había picado algún crótalo. Palpó la tierra y experimentó una nueva mordida. El corazón se le aceleró y un sabor metálico le llegó a la boca. “No, no. ¡Por esta vez no!”–suplicó–. Con esfuerzo se levantó y volvió a caer. Percibió el olor suave y húmedo de la tierra. Pensó en Fumiko, cerró los ojos y lloró. “Lo prometí”, murmuró.

—Me prometió llegar–afirmaba Fumiko–me dijo que me llevaría junto al mar. Sé que vendrá y me dará calor. Qué noche más fría y oscura...dijo que este era el mejor lugar para encontrarnos. Sabe que me tiene, que lo amo y lo amo tanto que me duele todo–sin poder evitar las lágrimas–vendrá, este frío me revienta–se frota las manos y los brazos con intensidad–nos iremos al mar y nadie sabrá de nosotros…cómo me duele la cabeza. Siento que el frío es más frío con el viento, como los cierzos de invierno. ¡Hinata, llega pronto!...no demores más o moriré de frío...por fin. Mira que has tardado…
—…
—Perdona. Tengo tanto frío. Abrázame…¿Eres tu verdad? Estás tan helado como yo.

—Mamá–el niño señaló el cielo.
—¿Y ese par? Es raro. No es tiempo para grullas…


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