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miércoles, 9 de marzo de 2022

Un año de vida en Villa Marista

 

                                                  Jesús Rico Velasco

              

El dolor de la muerte de mi papá,  ocurrida en marzo de 1948, lo llevaba a pesar de que hacía esfuerzos por superarlo. Fue un papá de corto tiempo sobre la tierra. Ya había pasado tres años en la  primaria del colegio de San Luis Gonzaga. Ahora estaba en el seminario, tratando de acomodarme a una nueva vida de recogimiento, dedicación y disciplina. En las noches, acostado en mi cama, a mi mente llegaban los recuerdos de esos días, cuando mi papá me llevaba a recorrer los potreros en la finca, nos bañábamos en el río, y asistíamos de madrugada al ordeño para tomar leche tibia, recién ordeñada, y de vez en cuando arriesgarme junto a él en los socavones de las minas, cuando tenia la sensación  profunda de lejanía. La amargura de no volver a verlo  arropaba completamente mi ser.

Los primeros años de la escuela primaria los realicé en el colegio de los hermanos maristas en Cali, que quedaba en la esquina de la calle octava con carrera novena, en un edificio hermoso de cuatro pisos que casi le daba la vuelta a toda la manzana. Era muy buen estudiante, aplicado y reconocido por todos. En kínder siempre ocupé el primer puesto. Siempre estuve listo a participar en las actividades, los juegos, los recreos y en el equipo de futbol, para menores de doce años, en todas las actividades recreativas. Ayudaba en cualquier acto de  recaudación de dineros para las vocaciones, la evangelización en el África y  la ayuda a los pobres, y a las personas más  necesitadas en Colombia.

domingo, 6 de marzo de 2022

Amanda y Petunia

 


Alejandro Muñoz

Amanda se había instalado en el apartamento 15-02 de la torre B del edificio Mirador del Zoológico y tenía una bebita de dos meses que acostumbraba llevar a la terraza a tomar el sol. Aquella mañana realizó los quehaceres con cierto apuro, los hizo mientras hablaba por celular, parecía sobrellevar bien su maternidad, subió con el canastillo de mimbre a la plataforma de cemento de la azotea, como lo hacía todos los días. Era una mañana de cielos azules y despejados.