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lunes, 25 de noviembre de 2019

No hubo regalo







Jorge Enrique Villegas M.

  
                 Las voces de quienes jugaban en el parque, el movimiento de las ramas y la claridad del día lo distrajeron. Por eso no vio ni escuchó al auto que lo tiró contra la cuneta. Gustó el sabor de la sangre y percibió distante los cobres y tamboras de la música que ponían en la radio de la tienda cerca de donde estaba: “…Plantación adentro camará, es donde se sabe la verda…”. Con movimientos torpes se aflojó la bufanda que lo ahogaba. Se arrastró y recostó junto al único árbol de guayabo que quedaba por ese lado del parque. Se pasó una mano por la boca y limpió la sangre que no pudo evitar. Creyó ver en ráfagas, escuchó en resonancia y sintió un entumecimiento que lo alejaba de todo.  Así comenzó la entrada a lo inefable. Cerró los ojos.  “…Y lo enterraron sin llorá…”

El rincón donde nacen y mueren los fantasmas


Eduardo Toro




    Cuando la casona se envuelve en la penumbra y las horas de la soledad se clavan en las entrañas como un dardo que paraliza los sentidos, ronda por todos los rincones el silbido de un viento fantasmal. Caridad, pone sus oraciones como escudo, se apretuja contra el rincón de la cama, se arrepiente de todos sus pecados, se santigua con la mano empapada en agua bendita y cierra los ojos con fuerza para no ver danzar a los fantasmas. Poseída por el miedo promete, ante el cuadro de la Virgen de los Dolores, que llegada la luz del día pedirá ayuda al padre Roberto, para que, de una vez por todas, espante de su casa a los fantasmas que no la dejan dormir.

martes, 10 de septiembre de 2019

Tras el silencio



                                       Jorge Enrique Villegas 




          Quería saber por qué le era difícil explicarse el dolor que le acompañaba. Pegados a su alma los tonos grises lo alejaban de las fiestas que la madre le organizaba para alegrarle la vida. “Deja el rictus de amargura que te sigue como perro amaestrado”, le decía mientras trataba de entender lo que no entendía. Leía para avanzar en los estudios, o para comprender mejor cómo era el mundo, o por unas horas huir de sí mismo. Cuando no lo hacía, se sentaba y miraba desde la ventana de la habitación el paisaje cambiante que se le imponía. Pronto comprendió que todo pasa y que lo que perdura queda en los libros, las fotos, los cuadros, y unos pocos recuerdos que habitan la memoria.

martes, 20 de agosto de 2019

Mi última carta


NATHALIA  ELIZABETH RUIZ



        Quiero compartir una experiencia única que me ocurrió trabajando en la  Unidad de cuidados intensivos  de un   hospital  en Toribio-Cauca, uno de los pueblos más violentos en la historia colombiana.

martes, 13 de agosto de 2019

Destino de un sueño



        Martha Eugenia Uribe



Miró su reloj, el tiempo corría de prisa, no le alcanzaba. Tomó su maletín  y echó a correr pensando en disminuir algunos minutos  su retraso. Por fin había llegado a su Facultad, le faltaba el aliento, subió las gradas que la separaban de su aula de clase, pero  a pesar del esfuerzo, llegó tarde una vez más; ya había empezado la actividad académica.

lunes, 12 de agosto de 2019

Crónica de un pacto






Alejandro Muñoz Gutiérrez


Ancisar Cuello Blanco, un escritor mítico de cierta edad que camina las calles frías y mojadas de Bogotá durante las tardes, en medio de un invierno que ya lleva tres años sobre la capital. Todavía  observa el ocaso y el alba entre la llovizna gris y las nubes manchadas por entre las que se filtra con dificultad la luz del mismo débil sol que aparece en el apocalipsis de una hermosa instantánea.
Lo abordé como cronista, después de un año de búsqueda, para saber su historia, la de un novelista que se deshace estando en lo mejor de su carrera, seis novelas publicadas, todas premiadas y traducidas. Lo encuentro con el semblante encogido por el viento, la borrasca apenas nos deja hablar, acompaño sus pasos y su mirada pesada se cierra en mí. Lo invito a un trago y entonces me conduce a la trastienda de la Librería Hernández.  

Mis recuerdos



Adriana Yepes





San Andrés de mi alma, inunda mis recuerdos de color, brisa y nostalgia. La  Isla huele a humedad salobre y a mar, desde la pista de aterrizaje.

Sí, a ese San Andrés evoco, al que llevo tatuado en mis recuerdos. Al mismo en el cual rezábamos en la gruta de la virgen del Colegio Sagrada Familia, para que nos fuera bien en los exámenes, aunque nunca le pedíamos por nuestra Isla mágica y colorida porque la creímos eternamente sana y tibia, inagotable en todo su esplendor y mágica belleza. ¡Cuán equivocados estábamos!

jueves, 4 de julio de 2019

El hombre que amaba los perros: mucho más que historia


Luz María Gómez


La obra me impactó desde el comienzo por el  dominio de la prosa que se torna poética y de gran profundidad filosófica; por la estructura que es novedosa y por la agudeza del autor para trabajar el estado emocional de sus protagonistas e indudablemente por la presentación del tema histórico que deja ver una investigación rigurosa, que no se queda en lo histórico y ahí radica uno de los grandes méritos de la obra; va más allá,  al traspasar la frontera entre lo histórico y lo literario.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Contra las cuerdas

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Jorge Enrique Villegas M.




Moma leía “Nunca beses sapos” bajo la sombra de un arce. La tarde estaba fresca, con pocas nubes. Alfredo la vio y lamentó que estuviera ahí, en su sitio favorito. Allí preparaba la vara para la pesca, lanzaba el sedal al estanque al frente, lo aseguraba, se sentaba, sacaba de la cesta un emparedado, bebía vino, se fumaba un porro y esperaba a que las percas picaran. No sabía que hacer. Se arrimó un poco más, carraspeó y silbó una vieja tonada. Moma se fastidió.

La gallina azul


                                     Jorge Enrique Villegas


Desde que se conoce ha estado junto al mar. No le ha sido fácil esta proximidad. Observándolo, entiende las furias y los sosiegos que le acompañan. Sabe de la ternura, de los besos cálidos junto a la playa. Ya distingue las voces en las que se expresa. Una y otra vez le agradece el aliento que la arrulla y que en días ardientes la refresca. Percibe en la distancia las bateas en las que anidan mejillones, y a los hombres en su ir y venir en pequeños botes. Madruga para ver las gaviotas en busca del desayuno que el océano ofrece. Admira la serena forma de los vuelos y hasta los graznidos que emiten a pesar de estar un poco sorda. Anhela remontar las alturas como lo hacen aquellas primas lejanas. Quiere ver a los polluelos desde cimas que aún le son imposibles. Los imagina como puntos en grandes galpones que apostadores invisibles tasan. Espera tener el momento para compartir con las nubes, dejarse llevar por los vientos, reconocer en los destellos iridiscentes los bancos de peces, jugar con los cardúmenes, gustar otros sabores y comer otros alimentos. “Mañana, u otro día–piensa–seré admirada por los polluelos”.

viernes, 22 de febrero de 2019

Qué suerte la de Filippo



Nancy F Dominguez


  No cabe duda del amor entre ellos. Ana acaba de bañarlo y lo está peinando, le coloca un pañuelito azul en el cuello, lo acuesta en sus brazos, lo arrulla y le dice: mi bebé. 
Él le lame la cara.
Hace casi dos años lo encontró tirado en uno de los corredores, su cara estaba ensangrentada, le pareció que agonizaba. Lo arropó hasta que cogió calor y, mientras tanto, le pidió que no se muriera,  ella se iba a encargar de él.

Camino a Bandai


 Jorge Enrique Villegas M




       Después de tres días de búsqueda encontraron a Fumiko. Estaba recostada, cubierta por las hojas amarillas de un gingko, a un lado del viejo y derruido templo de Buda, cerca al monte Bandai. Quienes la hallaron dijeron que “parecía dormida”. “Este caso es bastante extraño”–comentaron los investigadores.