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lunes, 24 de mayo de 2010

Rituales traspuestos

                                                                   Diego Tenorio

B
Alzas la mano adherida al puñal hasta los nudillos blancos y observas con la sevicia que te hormiguea en los genitales los ojos de horror de la carita púber. Sabes lo que sigue: no hay que golpear con el arma porque cortará implacable no importa cómo, y lento hay más deleite. Bajas la mano en un movimiento casi imperceptible mientras te alzas y agigantas en el poder de la sangre que se agolpa en la hinchazón de los músculos y el pene. Todopoderoso Tláloc se hace tú, sumerge tu cuerpo en su piel dura como el pedernal: Tláloc abunda en ti y se espesa en tu sangre.

A
Despiertas y te sientes inmovilizada contra una plancha de piedra, adherida a ella por trenzas de raíces fibrosas estratégicamente entorchadas para permitir el escueto movimiento de tus ojos. Al menos puedes parpadear, y sonreír. También… ¡grita! Tu alarido estremece la caverna similar a una iglesia –reverbera contra los techos altos y las puertas aojivadas–, cuando ves al hombre que eleva el puñal dispuesto para hender tu estómago o el pecho o cualquier órgano, dondequiera que acaso descienda. ¡Dios, me quiere matar! El pánico te arrastra en un vórtice de recuerdos y te aferras al de tu madre.

B
El sendero que te arrima a Tláloc se despejará para ti mientras la daga avance y se hunda. Te enardece hasta el paroxismo el contraste entre el tosco conjunto de tu fuerte mano y la tiesa daga contra la piel de suaves reflejos de luz rosada que núbil se abrirá, obediente como bolegrasa, y te ofrecerá los preciosos órganos que masticarás ansioso por robustecer los tuyos; hundirás con ansia tus dedos entre el silencioso fluir de la sangre que se evaporará en olores ferruginosos, una ternura tibia que sorberás con fruición. Tláloc entonces mostrará a los ojos de tu deseo las sendas de la sagacidad y el vaticinio.

A
Tu miedo lo enerva, aíra su entresijo y pone una mueca de gozo sardónico en su boca y los ojos se le alinean en la raya del odio. Debes serenarte, cambiar tu cara. Sabes que no puedes mostrar terror sino ternura. Oblígalo a detenerse en tu belleza, somételo a la sensación casi táctil de mares y cielos tras el pálido oleaje de tus ojos aguamarina. Ya conoces al hombre, te lo diseñó tu madre: es una fiera emborrascada que se apacigua en el remanso de tu cuerpo y en la dócil caricia de tu mirada. No lo dejes razonar. Vibra con todos los poros de tu cuerpo, que sienta tu temblor de hembra en celo, tu carnal munificencia.

B
Vislumbras destellos de entrega sumisa en sus grandes ojos con promesas profundas. Sus dedos tiemblan hacia ti en la urgencia de acariciar. Tu dominio es un poder de placer sobre su mansedumbre, que ensancha tus venas, las recorre indómito y enardece el orden de tus convicciones: debes desatarla y gozarla aunque te dilates un poco en concluir cuando se quiera el ritual que exige Tláloc. Tláloc es atempóreo. Domina tus recelos y desata tus impulsos sobre este cuerpo inerme, abierto al placer. Suelta el estorbo de la daga a un lado y ocupa tus manos en el goce de amansar esa blanda y lechosa carne al enardecido desfogue de tu placer. 

A
Asqueada, te adueñas del arma, suelta por descuido, y exclamas En el nombre de mi Dios, más poderoso que el tuyo, yo te destino demonio al infierno donde perteneces… y hundes con fuerza la daga en su estómago distraído e inerme en su desmadeje y retribuyes la intrusión en tu bajo vientre con la dureza del acero que hiende y se desplaza dibujando una cruz que –primavera roja– se abre en cuatro pétalos de flor abierta por donde se desprenden, en surcos lentos y como asustados por la luz, las entrañas en masas informes de color rosado sucio veteadas por la sangre ya inútil, tumulto incontrolable como avalancha roja, de quien fuera.

C
¿ Satisfacto divulgante? ¿Complacióle?
Si. Extrasensuario. Condúzcame: ¿tuve eyecta?
Culmen virtual. Supraestímulos glandulares y exacciones orgánicas. Asimulación real.
Mai, obyecto: ¿falseo de vida?
No de vida. De memorabilia. Hurgamos sus rememorias. Se programa con preteria.
¿Estuvo esa contumacia en mía cacumelia ?
Estuvo contuvia. No fata violanza plícita. Cai sublimanza. Hurgo preteria para explenación: “Homicidio crapuloso: Voluntad de violanza de púber con amago previo de destripamiento. Homicidio virginal gravoso”.
Masco coyunda: nula terminación. Aludo: “defloración permita justa como onnomacio”.

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