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domingo, 14 de abril de 2013

El último relajo



                                                             José Antonio Cortés       

Cuando Obdulio despertó  no pudo moverse, estaba atado a una silla de pies y manos. Su mujer de un golpe lo había dejado  inconciente. Hasta él llegan los  ruidos lejanos del caos que envuelve la ciudad. Aún aturdido,  quizás piensa que lo que todos temían, está  ocurriendo como fue vaticinado hace varios meses. Según las  profecías, una lluvia de  asteroides aniquilará a toda la humanidad, mañana 21 de diciembre a las seis horas. La gente,  convencida  de  que  el final  es inevitable,  parece enloquecida. No hay electricidad, servicios públicos, ni transporte. Obdulio desconcertado, se mira a sí mismo y ve a la mujer, pero no entiende todavía lo que pasa. 
         La mujer asomada a la ventana mira hacia la calle con el gesto alterado. Mientras toma un trago de la botella de aguardiente que él traía, prende con gesto nervioso un cigarrillo que aspira sin deleite. Su cabello, largo y deslucido tiene un tinte que deja ver las canas. Con un vestido modesto, su cuerpo lánguido aún conserva los rasgos de una hermosura no lejana. El marido la mira desconcertado, ella se devuelve hasta él y le arroja el humo del cigarrillo en la cara.
         ─¡Qué creías! ¿Qué te iba soportar toda la vida?       
         ─¡¿Qué te pasa carajo?!- brama el hombre -.
─¡Pasa que me harté! ¡Sí, me harté de ti y de esta vida de mierda!¡Treinta años de maltrato y humillaciones!
         ─ ¡Suéltame, carajo! - dice Obdulio con rabia, mientras intenta soltarse las ataduras -.
         ─ ¡Ya no mandas más!¡Ahí te vas a quedar!
         ─ ¡Cálmate…!¡El mundo se va acabar…!
         ─¡Qué se acabe! ¡Pero antes voy a acabar contigo! ¡Por las golpizas, por tus mozas y por todas tus borracheras!
         ─¡Carajo…!
         ─¡No quiero ni oírte! - le grita histérica, mientras le cubre la boca con cinta pegante-.
         Obdulio se revuelve tratando en vano de  zafarse e impedir la mordaza.
         ─¿Creíste qué nunca me iba a rebelar?
Se vuelve, y violenta, arroja contra la pared varios platos y un jarrón.
Obdulio, un tipo ordinario, barrigón, casi calvo y frisando los sesenta, observa a su mujer incrédulo.
         En la azotea de enfrente, las últimas luces del sol de la tarde rebotan en la cerámica del piso. Es una terraza semicubierta, amoblada y con vista. Varias personas organizan sillas, una gran mesa con fritanga, botellas de licor y unos grandes bafles. La canción que suena atrapa su atención. Ella parece bajar la guardia. Permanece en la ventana siguiendo el estribillo, toma un trago mientras lleva el ritmo con el pie. Recuperando el gesto huraño, aspira largo el cigarrillo y soltando una bocanada de humo, se vuelve hacia Obdulio, quien cabecea y zapatea incómodo.
Mi madre me dijo: “Con ese tipo, vas a sufrir mucho…” ¡Y yo de terca:« Que yo lo amo, que él va a cambiar ». ¡Y  me empeciné contigo! Todavía recuerdo mi primera vez; tú, apresurado como siempre y yo helada del susto; sólo tenía diecinueve años. Me regalabas flores, chocolates y hasta me escribías versos y acrónimos amorosos; después, apenas escasamente me dabas un beso para el cumpleaños. ¡Qué poco duró tu amor! A partir de allí fui sufriendo cada vez un poco, hasta ahora; me veo y no me reconozco. ¡A veces me dan ganas de cogerme a garrotazos!
         Toma  un trago de aguardiente, enciende otro cigarrillo y furiosa retaca: 
         Me molesta que no puedas evitar mirar a todas las mujeres en el restaurante, en la calle, en el cine o las que pasan, sin disimularlo siquiera.¡Siempre has sido un perro sinvergüenza!¡Vivías detrás de mis amigas y hasta de mi hermana!
Se le aproxima y lo abofetea.
¡Te acostaste con mi mejor amiga y la hiciste tu amante! Ella misma me lo confesó. ¡Y me rechazabas cuando me ponía amorosa! ¡Porque el sexo era solo cuando tú querías! Pasaban semanas en que solo me mirabas para golpearme por cualquier motivo. Luego llegabas borracho y después de darme una golpiza me forzabas al sexo. ¿No te acuerdas?  ¡Cuántas veces pensé en matarte!
Iracunda, le lanza un florero que se estrella contra la pared sin golpearlo, hace una pausa mirándolo con rabia.

¡Después, arrodillado, me rogabas que te perdonara! ¡Hipócrita! ¡Y yo, de idiota, te perdonaba! ¡Y  a los pocos días, otra vez lo mismo o peor!¡Tenía que atender bien a tus amigotes, aunque son unos imbéciles que me comen con la mirada. No resisto más que estés apoltronado frente al televisor, pedorreando,  rascándote las güevas y pidiendo comida y cerveza. ¡No aguanto que me grites delante de tus amigos!

Mientras él hace gestos, ella continúa.

Poco a poco me fuiste abandonando. Ahora me dirás que: « El trabajo y las reuniones de la empresa me quitan mucho tiempo», pero yo sé que eran las mujerzuelas y tus amigotes quienes te robaban todo el día y hasta la noche.¡Jamás te importó dejarme sola! ¡A veces ni una puerca llamada en todo el día! ¡Lo único que pedía era un poco de atención! ¡Fuera de la casa, un botarate; pero a mí me tacañeabas todo! ¡Por andar emparrandado y puteando casi perdemos hasta la casa! ¡Y no se te puede decir nada! “¡Ahhh, usted sí que jode!”, es lo único que sabes decir.

La mujer toma un sorbo de la botella y enciende otro cigarrillo.

Vives diciéndome que soy una mantenida, que gastaste un montón de dinero en mi tratamiento de infertilidad, en “tu embeleco de tener hijos”, como me lo enrostraste en una discusión. ¡Qué cruel fuiste! ¡No te imaginas cuanto me dolió! ¡Para qué un hijo contigo, siquiera no lo tuve!  Y seguro ahora me dirás que debo agradecerte “Porque tú sin mí no eres nada”. ¡Debí matarte hace tiempo! ¡Ahh!  ¿Pero matarte e irme a una cárcel? ¡No! ¡Tú no vales la pena!

Los de la terraza, con gran regocijo y sonoras carcajadas, beben chocando las copas; conversan, fuman porros y aspiran con pitillos cocaína extendida en líneas. Mientras unos bailan muy amacizados, otros emparejados se acarician y besan sin recato. El volumen de la música y la algarabía cada vez son más altos. Virgilio - el anfitrión - exhibiendo su gran barriga, exhorta a todos alzando una botella de whisky.
─ ¡El mundo se acaba!  ¡Vamos a morir, pero de placeeerr!
Todos celebran alborozados con vivas y risotadas.

La mujer con gesto adusto se vuelve hacia Obdulio.
Ahora me vas a decir que: « Sólo vives para celarme» ¡Y yo  pregunto ¿qué mujer no es celosa? ¡Lo que me ha tocado aguantar por tus devaneos! Los anónimos y las llamadas mudas. ¡Cómo me miraban con sorna cuando íbamos juntos por la calle!¡Simulabas atracos, accidentes, heridas y moretones para desaparecerte! ¡Después me enteraba que andabas con una de tus queridas! ¡Tú y tus cuentos! ¿Qué creías? ¿Que iba a seguirte por todos los moteles? ¿Que iba a  hacerte una escena de celos?
¡Veaaa! - hace una señal vulgar -.
En la terraza, una morena y dos rubias voluptuosas, apoyadas en las barandas metálicas que cercan la terraza, ríen mostrando toda la dentadura; chocan vasos y manos con varios tipos que las tocan. Otras dos se manosean y besan con frenesí; al fondo, dos hombres hacen lo mismo.
─ ¡Ja! ¡Qué zorras, cómo se dejan manosear! ¡Cuánto darías por estar allá, metido en ese relajo!

Mientras Obdulio lucha contra la mordaza, la mujer se da cuenta de su distracción pero retoma la diatriba.

¡No hay nadie más celoso que un tipo infiel! ¡Llegas tarde, haciéndote el bravo! ¡Qué cinismo! Y casi temblabas de furia, cuando te dijeron que me acostaba con un hombre que entraba a la casa cuando no estabas. ¿Qué tal? ¿Quieres saber la verdad? ¡No era uno, eran cinco! ¡Y sí, eran mejores amantes que tú!
Obdulio rezonga, ella hace una pausa larga y mirándolo, sonríe con malicia.

¿Te duele? ¡Pues no fue verdad! ¡Aunque te lo merecías! ¡En cambio Raúl, que dices es gay, ese  sí sabe tratar a una mujer! Y no es gay, es un hombre, como quedan pocos !Me hizo sentir que yo valía la pena ¡No como tú, que me tratas como si fuera una tarada. Raúl es distinto, es el hombre perfecto. ¡Ah! La pasé increíble con él; rogando por dentro que me pidiera ser suya. No pasó nada porque él no quiso; nos despedimos con un beso en la mejilla. Él, seguro, no es de los que después de hacer el amor, dan la espalda y a roncar! ¡Como haces siempre tú! Bueno, como lo hacías. ¡Tú nunca tienes detalles conmigo!¡Nunca te acuerdas de mi cumpleaños y menos del aniversario. Me puse el cabello rubio y ni siquiera lo notaste ¡Me puedo poner un papagayo en la cabeza y no te darías cuenta!
Como un gesto automático revisa su cabello, inhala con fuerza el cigarrillo,  soltando lentamente el humo, luego de un instante de reflexión, continúa.

─ ¡Esta fue la última noche!  ¡Al amanecer ya no estaremos! ¡Nunca me imaginé que treinta años después, íbamos a terminar así! ¡Ahh! ¡No hay nada que le quite a una está tierra del alma; es el alma podrida de aguantar tanta mierda!

Ya está anocheciendo, ella busca en los cajones; saca dos velas y las  enciende. A la luz de las velas, como si fuera un muñeco de año viejo, se ve la figura fantasmagórica de Obdulio, quieto, amarrado a la silla. La mujer se quiebra, toma otro trago, está a punto de llorar al comprender su orfandad.

Finalmente la culpa es mía, porque tú siempre fuiste un patán, desconsiderado, machista y mujeriego. Yo misma siento pena por mí, de lo bajo que caí; pasar las noches en vela esperando al que no ha de venir; añorando tus ronquidos de barco viejo, tu cuerpo obeso y sudoroso. Ahora que lo pienso, yo no sé qué esperaba de ti.

Los de la terraza, desnudos, se besan, acarician y juegan al sexo compartido. Varios se gozan a las chicas de la baranda, que gritan de placer.

El bullicio casi opacó la voz de la mujer, que exasperada les grita por la ventana.
─ ¡Carajo! ¡Bájenle a esa bulla! ¡Degenerados!

La fiesta se hizo oscura, encendieron antorchas. La nueva luz muestra los  cuerpos entrelazados. Algunos hacen pausas para beber, fumar y aspirar cocaína. La euforia del sexo oral embarga a la comunidad de la terraza. Una rubia de senos inmensos jadea con dos tipos que la acometen al mismo tiempo. A Virgilio, perdido en una maraña de senos, piernas y traseros, solo se le ve la panza. Más allá, un hombre rocía con licor y lame, el cuerpo de una morena. Al ritmo de la bachata, la luz de las antorchas refleja en las paredes un revoltijo de apetitos  lúbricos  y cuerpos desnudos.
La mujer, los mira con desprecio. Apura el último trago y con el pucho entre los labios, mira la botella vacía. Tambaleándose la arroja a la terraza, pero no llega a su destino.

─¡Depravados! ¡Cochinos! - les grita con voz entrecortada -.

Con la mirada confusa, se vuelve hacia Obdulio.

─ ¡Si vieras qué relajo armaron en la casa del viejo Virgilio! ¿No oyes la bulla? ¡Qué viejo tan sinvergüenza! ¡Corrompidos! ¡Qué gente tan sucia! ¡Y esas viejas borrachas se dejan coger de todos! ¡Mira eso! ¡Parece Sodoma y Gomorra!¡Cómo serias de feliz metido entre esas zorras!
Ella con paso vacilante se acerca al marido;en su rostro hay más fatiga que rabia. Pero mientras se aproxima, el cuerpo de Obdulio es sacudido por fuertes y violentos espasmos. Con el rostro amoratado y los ojos desorbitados, queda inmóvil y desmadejado sobre sus ataduras. Ella, teniéndose en pie con dificultad lo llama y lo sacude. Las piernas no le ayudan, se abraza al cuerpo inerte de  Obdulio, pero se va deslizando despacio hasta quedar desmayada al pie.

Amaneció, es 22 de diciembre.Una neblina vergonzante cubre la desnudez de Virgilio y sus invitados. Hombres y mujeres se confunden en un amasijo de cuerpos desvanecidos que aunque parecen muertos, respiran quedamente. El olor de alcohol, sudor y sexo, satura la terraza. Un manto de silencio corre por las calles vacías, mientras un viento insolente baila sobre la ciudad desolada.

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