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domingo, 18 de agosto de 2013

Cómo se pasan por agua de mar

Eliseo Cuadrado       


                                
 Mientras esperaba que hirviera el agua, para agregar los huevos, aparecieron en su mente, como un fogonazo, todas las respuestas a las preguntas  que se había hecho durante ochenta años. En realidad era una sola: Sin importar cuantas veces volviera a nacer.  ¿Su vida se repetiría igual?
Probablemente sí.

Volvería a nacer en un estrato pobre, quedaría huérfano de padre y madre acompañado siempre de una hermana a quien no abandonaría de cerca ni de lejos. Su paso por la vida sería tan meritorio como incomprendido por todos. Aún por su propia familia y moriría solo sin sentirse solo, aunque estuviera bien acompañado, sin importarle un carajo a qué  paraíso o infierno iría a resucitar.  
No se daría cuenta cuando los pies del ídolo se volvieran  de barro y lo que hubiera sido un vulgar asesinato se convertiría en un magnicidio imperceptible y por siempre impune.
Comprendió que se encontraba en un estado estable protegido por una especie de escudo invisible con  pequeños orificios por donde permitía que se filtraran las ofensas que más le convenían. El tamaño de los agujeros variaba por control telepático del que no era consciente, de acuerdo a la hediondez de la traición.  
No siempre había sido así. Esta clase de felicidad era nueva, invento suyo que no patentaría por pura perversidad. Sufrió mucho al principio, mientras aprendió, a los trancazos, a utilizar el cinismo como protección impenetrable a los desagradecimientos de los consanguíneos, a las traiciones de los mejores amigos, a las infidelidades de las promesas más sólidas y al doble juego de la impudicia por temor a ser víctima de quien maneja los hilos de la vida cuotidiana detrás de una máscara.
Se sintió el hombre más feliz cuando descubrió que la hipocresía sublimizada es la fuerza que mantiene la paz en el corazón y al cerebro del ser humano libre de la atroz migraña.
Es obligatorio descubrir el pedazo de felicidad que se esconde en toda desgracia.
Cando empezó  hervir el agua puso a andar el cronómetro que detuvo a los tres minutos con treinta segundos. Estos huevos tres cuartos eran el justo premio por haberse atrevido a enviar a borrar toda fuente de angustia imaginada o verdadera, teniendo en cuenta que su corazón se detendría en el momento que su alcancía dejara de sonar. Lo mejor de los huevos era su punto de sal.

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