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martes, 24 de mayo de 2016

Cuenta regresiva

Jorge enrique Villegas 



      Ella sembró en mí nuevas ilusiones. Ese jueves, luego de cenar, nuestros amigos llegaron para celebrar el cumpleaños de Ana Milena. Iban a ser las once cuando les dije: muchachos, mañana hay cosas que hacer. Entendieron y se fueron. Feliz miré a Ana Milena. La abracé. Al  oído le dije: es nuestra noche. Lo es–respondió ella–. Sentí sus labios ansiosos.

     Desperté temprano, la abracé de nuevo y le dije que debía salir. Al medio día comeríamos y luego iríamos con los amigos a ver una película. 
    Iba distraído en el vehículo. Le cantaba a Ana Milena. Cuando acabé la melodía, escuché aplausos, eran las latas del carro que chocaba con otro . Me rescataron y me subieron a una ambulancia.

      Alejo desayunó, leyó el periódico, encendió un cigarrillo, vio la hora y fue al baño. Luego de lavarse las manos se vio en el espejo. Estaba ojeroso y con una barba incipiente. Se sintió fastidiado. Iba al parqueadero por el automóvil cuando se encontró con la vecina. La noche anterior él durmió poco. A ella le celebraron  el cumpleaños y el ruido lo desveló. No reclamó, porque, ¿para qué? A él le gustaba así, madura y jugosa. Estaba seguro que, llegado el momento, se acostaría con ella. La conoció una mañana de lluvia, cuando la ayudó a cambiar una llanta del coche. Desde entonces, procuraba salir a la misma hora para saludarla.
     Un conocido le había aconsejado que debía procurarse tres cosas en la vida: un médico, un mecánico y un abogado. Tenía los dos primeros. Ahora, buscaba tener más que la confianza de Ana Milena.  No podía creer que la vecina se resistiera a tratarlo como amigo. Se ofreció a llevarla a su trabajo en una oficina de abogados.
    Ella había vendido el carro. “Me estresa conducir ”–le comentó–. Le agradeció el favor y le mencionó que en la tarde iba a cine con unos amigos.  Le pidió que no se preocupara en recogerla, como había dicho. Alejo se sintió incómodo. Eran otros los que le alegraban la vida. Cuando se apeó, Alejo aceleró de manera brusca. El semáforo estaba en verde. Ana Milena pensó que llevaba mucho afán. Cuando entró a la oficina, escuchó un fuerte estruendo. ¡Dios mío!
  Me sentí culpable. Uno de los paramédicos me pidió que estuviera tranquilo, que en el hospital me atenderían. Quise hablar y no pude. Vendaron mi cara. Quise mover los brazos. Los habían sujetado de tal modo, que no pude quitarme las sondas que me causaban dolor. No sentí una de mis piernas. Las conversaciones de los enfermeros no eran  alentadoras. Perdí el conocimiento.
     Cuando desperté sentí un fresco agradable. La luz del día era clara sin ser brillante. Miré hacia abajo. Me sorprendió ver la cama suspendida en lo más alto del cielo. Gasas de nubes cubrían la ensenada del puerto. Sentí miedo. Algo me observaba. Se acercó.
–¡Córrase!–le entendí.
–¿Cómo se atreve?
–¡Córrase! ¡Tengo frío!
–No puede ser–dije–. Esto es...
–¡Córrase o me lo llevo! ¡Usted! ¡Por usted!
Me ericé del pánico.   

     Despierta corazón–escuché–. Vi a Ana Milena poner las manos en mi rostro. Está frío, oí que susurró. ¿Tienen otra manta?
–¿Por qué lloras Ana Milena? –quise preguntarle–. 
Sus lágrimas resbalaban en mi cara.
–Rubén, no te vayas–decía.
 Abrí los ojos.
 Alguien dijo: “Doctor…el otro accidentado murió”.





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