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domingo, 25 de septiembre de 2011

Mirando al sur


Eduardo Toro



               Erase un alejado pueblo de construcciones pequeñas, coloridas y armoniosas,tenía la magia de todos los pueblos  del nordeste antioqueño y una temperatura fresca. Todos los pobladores eran mineros que dedicaban el tiempo al barequeo mientras las mujeres se ocupaban de tejer con agujas.


Los fines de semana eran alegres, el vino calentaba las copas, se bebía y se bailaba  al son de  pasillos y bambucos. Todos fraternizaban al amparo de la luz de los faroles y los turistas que llegaban atraídos por el clima, el paisaje, los tejidos y las filigranas de oro,  no ocultaban una sonrisa placentera al ocupar un puesto  en el convite de paisanos.



Los amigos departían y cantaban alegres en las esquinas y practicaban su deporte favorito, piropear a las damas. Todos los piropos que decían y alguna vez tuvieron algo de gracia, se habían  gastado de tanto decirlos. Para las mujeres siempre eran novedosos, insinuantes y alegres, ellas sabían que antes que un cortejo era un homenaje de admiración.


Un día las manecillas del reloj de la torre principalde la iglesia giraron enloquecidas ante la mirada incrédula de todos los pobladores, hasta que se detuvieron a las cuatro en punto de la tarde del día siguiente. Nadie hablaba, el viento dejó de murmurar entre las ramas, las aves silenciaron su canto, todos expresaban tristeza, la algarabía se volvió callada. Estábamos en el pueblo del silencio. El tiempo se había perdido en la confusión de los giros alocados del reloj. ¡Qué callada tristeza!

La chusma se había tomado a Yaburí. Saquearon, incendiaron y mataron. El pueblo quedó sumido en la congoja y por sus calles deambulaba la impotencia. Los turistas no volvieron a pisar sus calles empedradas, buscaron destinos más amables y seguros.

Días después, en medio del silencio y la congoja, acordaron realizar el desfile de la no alegría. Se ordenó una participación masiva y que  todos vistieran de blanco y llevaran pancartas alusivas a la angustia en su más amplia expresión. En la capital se enteraron de que en el pueblo se organizaba el gran desfile de la no alegría, entonces enviaron una comisión de soldados para impedir la realización de esta marcha subversiva. Hombres, mujeres y niños vestidos de blanco desfilaron en silencio por las calles polvorientas del pueblo, llevaban carteles con letreros y fotografías,  que más que reclamos, eran voces que se elevaban mudas clamando se les devolviera el regocijo.

Los soldados, parados con las piernas separadas, amurallaron el recorrido  del desfile. La muchedumbre permaneció inmóvil, muda y en completo orden bajo la mirada impenetrable de los militares. Nadie avanzaba y nadie retrocedía. Los manifestantes tenían una mirada decidida y los militares intimidaban con una sonrisa burlona. Había mucha tensión cuando de pronto apareció una viejecita que se abrió  paso entre la multitud, hasta ponerse al frente de la manifestación. El peso de los años la habían encorvado y la trágica muerte de sus seres más queridos  le habían arrugado el alma.

La anciana avanzó decidida con la pancarta que portaba en la cual se apreciaba la imagen sonriente de un hombre joven con un niño en sus brazos y debajo de la imagen un letrero que helaba la sangre. Se desprendió de los manifestantes y avanzó en solitario diez pasos, levantó la pancarta como estandarte en actitud retadora. Los soldados sonrieron ante los gestos desafiantes e inofensivos de la anciana, quien derramó lágrimas, siempre con su mirada puesta al sur.

La viejecita quiso sacar un pañuelo  del bolsillo de su delantal para secar las lágrimas, y los soldados  ante el peligro de ser atacados por la anciana, dispararon sus armas y la acribillaron sin piedad. El cuerpo de la anciana cayó de bruces  sobre la polvorienta calle y con el último aliento levantó la cabeza y mientras miraba fijamente hacia el sur, hacia el horizonte, la rojiza línea que divide el cielo de la tierra, exclamó: ¡Me los mataron, hijueputas!

“Me los mataron” era el letrero escrito bajo la imagen del cartel que quedó aplastado bajo su pecho, como queriendo  proteger a sus hijos de  una segunda muerte. La valiente anciana murió como siempre soñó: con sus seres amados  muy cerca del corazón y  mirando hacia el tranquilo horizonte del ensueño, mirando al sur.
























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