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lunes, 7 de julio de 2014

La viuda de Malasia

              
                                                               Andrea Barona




I
–¡Lo sabía! dijo Gabriella enjugando sus lágrimas. Se dirigió hacia su dormitorio deteniéndose frente al guardarropa. Buscó el vestido que mejor le ajustaba. El negro resaltaba su busto y la falda era del largo perfecto para dejar a la vista sus tonificados muslos sin perder elegancia. No ibas en el avión Robert, pero estás muerto, dijo para sí Gabriella, embalsamando sus labios de un color tan rojo como la sangre.

—Walter. Voy camino a tu oficina, por favor contacta el investigador privado que trabaja para ti.
Gabriella entró en la oficina de Walter, donde ya estaba el investigador privado. Se saludaron acomodándose en la mesa de reuniones.
—Señores los cité porque requiero de un trabajo serio, que debe comenzar de inmediato. Los pongo en conocimiento. Hoy descubrí que mi esposo nunca abordó el vuelo que se encuentra desaparecido y que debería haberlo llevado a una conferencia en Pekín. No tengo la menor duda de que se encuentra con su amante. Walter quiero que comiences a redactar  los papeles del divorcio, mientras que usted señor…
—Yoo Seung-ho, pero dígame Smith.
Ok. Señor Smith, usted me convertirá en una mujer soltera y rica. Sí mi marido no quiso dar la cara, es porque sabía que era mejor para él haber estado en ese avión.
No se preocupe señora Collins, mañana mismo le daré noticias. —dijo Smith retirándose sin despedirse ni dar más explicaciones.
Walter se sentó más cerca de Gabriella.
—Hay algo que no entiendo. Me habías dicho que Robert te pidió que lo acompañaras en ese viaje.
—El estaba seguro que me negaría a ir. ¡Ya está muerto para mí Walter! Fue un sacrificio muy grande, dejar todo en los Estados Unidos  para que me hiciera esto.
—Quédate tranquila que Smith es el mejor.  Y lo siento por Robert, era un gran cliente, pero esta guerra la tienes ganada tu.
Entre el spa y las reuniones con Walter, Gabriella buscó mitigar la ansiedad. Dos días pasaron desde la reunión, cuando una llamada interrumpió su masaje matutino.
—Señora Collins, soy Smith. Hubo alguna demora porque su esposo la estaba haciendo bien. Inteligente el señor. Encontré la residencia de la amante. La frecuenta desde hace unos seis meses, la conoció en Pekín. Es la mano derecha de un industrial en Malasia. ¿Quiere que nos reunamos para darle los detalles?
—No —Contestó Gabriella ¿Tienes pruebas contundentes?
—Si señora Collins.
—Entonces solo dame la dirección y encárguese de llevarle las pruebas a Walter.
—Como usted ordene.                                    
Condujo casi doscientos kilómetros por una carretera que bordea la playa hasta una casa rodeada de palmeras. Las gafas de sol cubrían sus ojos tan profundos como el odio que albergaba. No había gesto que pudiera dibujarse en su rostro, como si la rabia fuera saciada por la certeza de una inminente venganza. Llamó a la puerta. Una mujer asiática, de largas piernas, figura esbelta y cabello negro hasta la cintura atendió. Había bajado corriendo como si esperara a alguien.
—Hola ¿Le puedo servir en algo?—dijo la mujer desconcertada.
—No. Y aunque el hombre que hospedas en tu casa tampoco me sirva de nada, necesito hablar con él.
—¿Qué dice?
—Sabes de que hablo. Soy la esposa del  “difunto” Robert Collins.
—¿Robert murió?
No lo oculte…ya no es necesario.
No comprendo lo que quiere, habla con incoherencia. Hace mucho no sé de Robert y no me interesa saber. Por favor váyase de mi propiedad o llamo a la policía.
La mujer cerró la puerta. Gabriella quedó inmóvil.
Cuando regresó a casa se acomodó para hacer dos llamadas. Una a la policía para informar sobre la desaparición de su esposo y la otra a Smith para despedirlo.

II
Cuatro horas pagó la rubia “buenona” que llegó con el hombre del cuarto siete, pero salió sola media hora después.
Me da mala espina  dijo Crestaegallo dirigiéndose con la llave maestra al cuarto. Se habían cumplido ocho horas y el hombre no daba señal  ¡Mierda! ¿Y ahora?
Encontró al tipo rígido, tendido en la cama y al lado en la mesita su billetera vacía. Revisó el pulso y nada, trajo un espejo para ver la respiración y nada. Volvió a decir ¡Mierda! ¿Y ahora? Un muerto en el motel significa policías.  Ese muerto es de la “Mona”, a mí ni que me esculquen — se dijo echándose el cuerpo al hombro para llevarlo hacia la nave en construcción del edificio.
En el burdel “La Ronda Gay” la rubia se había quitado la peluca, los lentes de contacto y el exceso de maquillaje con el que había ocultado su piel trigueña.
¡Cleo! Qué maquillaje tan espantoso, estás muy pálida - dijo el joven que entraba al vestier mientras comenzaba a rasurar su rostro  Se me hizo tardísimo, casi no llego querida.
El maquillaje ya me lo quité pendeja, estoy pálida de verdad. Collins se metió en la grande querida. Le dijo a su mujer que estaba en el avión ese, el que salió en las noticias, el desaparecido.
Tan bobo, y para qué si está desaparecido.
No sea tonta, antes de desaparecer. ¡Pon atención! Eso no es nada. El asunto es que me hizo ayudarlo. Pues tú sabes, tan buen cliente y todo lo que nos ha ayudado. Tocó. Imagínate que la mujer se entere que se inventó ese viaje y le dé por investigar dónde anda metido. Se enloquece donde descubra su gusto tan variado.
Me imagino, sino murió en el avión, ella lo mata. ¿Y cómo lo ayudaste bruta?
Pues me conseguí una escopolamina con la Rebeca… tú sabes que ella tiene sus mañas raras.
¡Ay no! Que peligro ¿Y para qué?
Pues mija, para decirle a la mujer que no se subió al avión porque lo secuestraron para robarlo. Se tomó esa cosa y lo dejé atolondrado en un motel de mala muerte al otro lado de la ciudad. Me pagó con toda la plata que traía y me dijo que desapareciera las tarjetas para que no las rastreen. Pero la verdad amiga, lo que me tiene asustada, es que han pasado más de ocho horas y ese güevon  nada que avisa cómo le fue.

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