Vistas de página en total

viernes, 30 de julio de 2010

UN PASO ATRÁS

Melva Galvis

“Hay una práctica muy bella y muy fácil, querida Diana, para hacer crecer nuestra conciencia, nuestro entendimiento, y es dar un paso atrás”, decía Lucy, una controvertida sicóloga amiga entrañable de Diana y admirada por su primo Hernán allí presente. Y agregó: “Esto es muy importante: antes de hablar, antes de pelear, antes de juzgar, antes de trabajar, antes de comprar, antes de hacer cualquier cosa, debemos dar un paso atrás. Da un paso atrás y mira, da un paso atrás y luego actúa”. Sentados alrededor de una sencilla mesa en el cuarto para tres huéspedes número 322 del mejor hotel de una pequeña población al pie de altas montañas, Hernán, Diana y Lucy, compartían experiencias y reflexionaban acerca del curioso comportamiento de los seres humanos.
Dice Hernán: “Yo tengo un problema: cuando doy un paso atrás, caigo en el pozo de los recuerdos... y ahí qué... de qué sirve recordar si el pasado ya pasó y no se puede cambiar, no podemos deshacer los errores... Mmm... … eso me llena de tristeza, de nostalgia y hasta de remordimientos”. Lucy replica luego de tomar otro sorbo de café: “Es que allá va mi cuento, a la necesidad de corregir prácticas vitales erróneas”, y mirando a su amiga dice: “Diana... y tu...”
Diana objeta: “Habíamos acordado que después del café haríamos una práctica de meditación, no?”.

Los dos amigos aprobaron, “vamos!”
Pero el pasado siempre va con uno a donde quiera que vaya, o no? Añadió Hernán.
Eran las siete de una mañana primaveral, y los tres amigos salieron a la terraza que quedaba justo al frente del dormitorio. Esta era espaciosa, limpia y hermoseada con plantas frescas que exhibían flores de diferentes colores y tamaños. Sentados en el suelo en posición cómoda, hicieron una especie de triángulo con sus cuerpos, y cada cual se abstrajo en su propia experiencia de meditación. Ninguno de los tres personajes tomó nota del tiempo de meditación transcurrido al momento de escuchar llanto y suspiros a su alrededor. Lucy abrió sus ojos casi al mismo tiempo que Hernán, e inmediatamente se dieron cuenta de que Diana era quien -sin interrumpir su estado de meditación- , estaba llorando copiosamente. Con mucha delicadeza y temor de sobresaltarla, Lucy tocó su hombro y le dijo: “antes de llorar, da un paso atrás”. Hernán que seguía pacientemente cada movimiento desde una distancia prudente dijo casi susurrando: “Si Dianita, eso es”, procurando detener el llanto de su prima; pero Diana continuó llorando por largo rato. Ellos, retomando sus posiciones, observaban amorosamente las reacciones de Diana, pues a pesar del llanto, ella irradiaba  paz, armonía y hasta gozo; todo, menos dolor o sufrimiento.
Lucy le dijo en voz muy baja a Hernán: “Me da la impresión de que está dando un paso atrás”. Un rato más, y Diana abrió lentamente sus apacibles ojos y esbozó una amplia sonrisa, como si estuviera despertando del más placentero de los sueños.
“Ay prima, tuviste tiempo de dar tantos pasos hacia atrás, que tuve miedo de que te quedaras por allá y no nos volviéramos a ver”, manifestó Hernán y rieron todos juntos.
Diana, imperturbablemente, buscó con qué secarse su cara, y se frotó con una porción de  la toalla humedecida con lo primero que encontró: un poco de bretaña. Se le observaba tranquila y radiante.
Lucy, un tanto tímida propuso: “Diana, si no te incomoda, sería muy interesante que compartiéramos las experiencias que acabamos de vivir, empezando por la tuya, lógicamente”.
Hernán agregó: “Supongo que fue algo extraordinario, pero no te sientas presionada...”
Diana sonreía mientras servía sendas tazas de fresco y humeante café colombiano que llevaba sin falta como elemento de su equipaje, y se acomodaron nuevamente alrededor de la mesita.
Diana tomó la palabra: “Amigos, si...di uno, dos, cuatro, diez... no sé... muchos pasos atrás, pidiendo al Creador que sacara de mi mente toda idea, recuerdo, pensamiento o emoción negativa, e inmediatamente, apareció ante mi el rostro de mi padre. No entendí el suceso, entonces me reacomodé y volví a empezar con el mismo propósito; pero el rostro afable de mi padre volvió a aparecer frente a mi, y sus hermosos ojos azules me miraban amorosamente. Di un paso atrás y comprendí que no debía pedir nada, sino tratar de concentrarme y no permitir que la mente actuara y me volviera a sacar de la meditación. Mi papá hace ya más de 30 años que falleció dejándonos mucho dolor; pero yo estaba segura de que lo había perdonado con total sinceridad, así que rechacé concientemente su presencia en mi meditación. Intenté una vez mas concentrarme, y me vi a mi misma como de 15 años, llorando desesperadamente, reclinada en el regazo de mi madre, y diciéndole: “Mi papá me torció el destino”, y esta expresión se repetía en la visión una y otra y otra vez, mientras el rostro de mi padre seguía ahí nítido, mirándome con una súplica amorosa en sus lindos ojos. Y si... di unos pasos hacia atrás, y recordé a mi padre, rico en ese entonces, cuando se ufanaba de su posición económica, y decía a los cuatro vientos que no dejaría plata a sus hijos, que su única herencia sería el conocimiento, es decir, el estudio hasta donde ellos quisieran llegar, así los tuviera que enviar al exterior. De todos sus hijos, solo dos -decía Diana- optamos por el estudio; así que al terminar con éxito la secundaria, contábamos con la reiteradísima promesa del estudio universitario. Le dije una tibia mañana: “Papá, quiero saber a qué ciudad me va a mandar a estudiar Medicina” Me miró con un desprecio que me caló hasta los huesos, pues en ese tiempo una serie de excesos de él habían afectado la convivencia familiar, y las relaciones con todos  los hijos estaban bastante deterioradas. Mi papá sacó pausadamente su billetera de cuero, contó ciento veinte pesos con la misma lentitud, los colocó sobre la mesa junto a mi, y me sentenció: “Tenga este dinero y mañana viaja de madrugada a la capital a conseguir trabajo. El doctor Suárez, secretario de Educación es copartidario y amigo mío, y él le va a decir dónde va a ir usted a trabajar como maestra”. ¡Ir yo sola a la capital!, cuando él no nos dejaba salir solas ni donde la vecina del lado!? Yo nunca había viajado sola! Tenía solo 15 años! Mi madre no estaba ahí presente, yo sabía que no estaría de acuerdo; pero su opinión no tenía valía frente a él para nada. Nunca pasó por mi cabeza que mi padre -cuya palabra era fiel-, me fallara justo a mí... De verdad que quedé aturdida. En ese preciso momento me di cuenta que mi padre había torcido mi destino para cobrarme el precio de sus errores. Sentí indignación, sentí odio, sentí mucha rabia... y después... mucho coraje, y puesta de pie frente a él, mirándole a los ojos con el mismo desprecio suyo, agarré los ciento veinte pesos, y le dije: “Muy bien, gracias Señor”, y me retiré. Una semana mas tarde me inicié en la docencia, y a pesar de que estudié el pre y pos grado, nunca me fue posible acceder a la carrera de Medicina.
Entonces -continuó Diana-, todo eso volvió a mi como pasando una película. A cada momento, yo miraba el rostro sereno de mi padre, y sentí que ese doloroso episodio ya no existe, que yo no soy ahora esa niña; soy otra persona nueva, diferente, que ese incidente ya carecía de valor, ya no existe mas, que ese sufrimiento me enseñó muchas cosas y me obligó a ser lo que hoy soy, y saben una cosa? Hasta me divertí repasando esa historia.
Sé que lloré, parece que bastante, pero ese llanto fluía sin control como limpiando mi alma, porque al final me sentí libre, feliz, invadida por una paz divina. No era conciente de que esa deuda estuviera ahí agazapada, a pesar de que muchas veces solté esa acusación: Mi papá torció mi destino.
Hoy, dando un paso atrás, he podido valorar el presente, la importancia de vivir el ahora  porque es una estrategia válida en la búsqueda de la felicidad como estado espiritual”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario