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domingo, 29 de noviembre de 2009

¿Vas a salir?



Estaba preocupado. Era una incomodidad que venía sintiendo en los últimos días; no era posible que a sus años, después de haber pasado las verdes y las maduras, su economía estuviera de nuevo viniéndose a pique.

Había pasado la noche entera pensando en la manera de conseguir la gruesa suma de dinero que debía pagar al día siguiente pero por más que echaba cabeza, no encontraba la solución, a no ser con un nuevo crédito; pero aun si lo conseguía no solucionaría en mucho su situación y  tendría una preocupación más para el próximo mes.

Cruzó por su mente la idea de vender las joyas que año tras año le había regalado a su esposa en cada ocasión especial.
Buscó el cofre que reposaba en la cámara secreta de una pared de su alcoba y estuvo mirándolas largo rato; advirtió que por su altísimo valor, no sería fácil venderlas en lote.  ¿Quien estaría en disposición de pagarle de contado la fuerte suma de dinero que realmente valían?
Ante esta duda pensó que sería mejor ensayar primero  con alguna alhaja  para tantear el mercado.  Se dedicó a tratar  de encontrar la joya que produjera el equilibrio perfecto  “más por menos”; es decir la que más dinero le reportara y la que menos echara en falta su mujer.

Pasó largo rato clasificando una por una.
-Es triste - se decía, acariciando las prendas, admirando sus filigranas o las espectaculares piedras  engastadas en el oro macizo.
Cada joya trajo a su mente recuerdos de mejores momentos  cuando festejaba en sus años jóvenes algún acontecimiento familiar con su también joven esposa y sus pequeños hijos que felices celebraban cuando él entregaba a la madre el estuche con la gargantilla, un anillo o esa pulsera que en complicidad habían escogido para ella.
Todos reían y alborotaban; siempre era una novedad verla abrir  los ojos de sorpresa a la par que su boca lanzando exclamaciones de admiración.
-¡Que se la ponga!- coreaban los pequeños.
-¡Siii, mami, póntela! -, decía el mayorcito.
 -¡Qué belleza!- exclamaban con cierto dejo de envidia muy bien disimulada las amigas invitadas a la celebración de turno.

Cada alhaja que examinaba  simbolizaba para él un episodio de su vida.
Los diamantes que le regaló para restituir esa canita al aire de fin de semana  que por poco le cuesta su hogar.
 -No, estos no-.
Surgió ante sus ojos el juego de esmeraldas que le dio cuando nació el primer hijo que traía consigo la semilla de la prolongación de su estirpe.
 –Estos tampoco-.
 Y así siguió buscando la prenda de la que pudiera desprenderse con menos dolor.
Finalmente, un pensamiento trascendental lo consoló momentáneamente:
-Cuando se muera tampoco se las va a llevar-. Sentenció.

Mientras persistía en su tarea recordaba que muchas veces habían comentado con sus hijos que en caso de una emergencia, estas joyas podrían sacarlos de apuros.
Y él sentía que ese momento había llegado; mañana no tendría manera de cumplir con sus obligaciones y era cuestión de tiempo para que vinieran  a embargarle sus bienes, situación que no estaba dispuesto a admitir; no sería capaz de saber a su familia sin techo y sin las comodidades que siempre habían disfrutado.
Sin embargo se sintió débil a la hora de definirse por alguna alhaja en particular.
Cerró el cofre que simuló  convertido en caja de Pandora y se limitó impotente a pasar sus dedos por los bordes una y otra vez en un acto mecánico; realmente no lo acariciaba;  su mirada fija en un punto indeterminado indicaba que su pensamiento estaba detenido en sus propias remembranzas, evocando  escenas, recreándolas, disfrutándolas acaso más ahora que se habían convertido en éter. Hubiera querido accionar el túnel del tiempo para vivirlas de nuevo y congelarse en ellas en un infinito “por siempre jamás”, pero recordó que retenerlas es imposible en esta dimensión.
Y al igual que se desvanecen las pompas de jabón, desaparecieron sus ilusiones y volvió a la realidad. Ahora aquellas solo existían aprisionadas en algún rincón de su mente y se mantenían fuertemente atadas a su corazón con los hilos invisibles del amor.

Permaneció inmóvil largo rato; repasaba su vida, sus esfuerzos, todos los sacrificios por sacar adelante a su familia, por lo único que sintió que valía la pena luchar y vivir la existencia; en su discurrir no atinaba a precisar en qué momento empezó a deteriorarse su vida y a derrumbarse el estado de las cosas a su alrededor.
Se detuvo a pensar que valía más muerto que vivo.
En la intimidad de su alcoba y en la más sagrada comunión consigo mismo, resumió su vida en una lágrima.
Salió de allí como cargando un enorme peso. Nadie lo notó.
Se sentía  frustrado, impotente,  iracundo y lleno de conmiseración consigo mismo en medio de su soledad.
-Vas a salir?- le preguntó su esposa.
-Por ahora no pienso hacerlo; ¿por qué? ¿Qué necesitas?-
-Necesito hacer una vuelta- le respondió ella; -¿Podrías llevarme? Me dejas y te regresas, si quieres-.
Asintió con un movimiento de cabeza.

Se veía ausente y así condujo  absorto en sus pensamientos; cuando llegaron a su destino, ella bajó del automóvil y él siguió su camino.
Llegó hasta el próximo semáforo para retomar la avenida; entonces repentinamente un hombre se abalanzó hacia su carro y antes de que se diera  cuenta, limpiaba el parabrisas. Su figura irradiaba dignidad. Su rostro sereno, modales mesurados,  vestimenta humilde, se percibía entusiasmo en lo que hacía y un inusual destello de  esperanza en sus ojos.
-Oiga, noo!- le increpó; -no quiero; no lo haga-.
El hombre, impasible, siguió su labor.
-Una monedita-, le imploró; - Usté me colabora con una monedita… lo que tenga- insistió en un tono de voz suave y sumiso.
Su rostro se contrajo con furia. Hizo el ademán de buscar en sus bolsillos y en los compartimientos del carro mientras  lanzaba improperios contra el hombre:
- Malnacido, hijueputa, qué se cree este gran marica: que tengo obligación de mantenerlo ¿o qué? – Vociferó.
El semáforo dio vía;  el hombre lo miró ansioso; él, mirándolo de reojo le advirtió que no tenía que darle nada.

Esperó  su reacción. Necesitaba un pretexto por leve que fuera para descargar lo que tenía represado.
-Está bien, Don; otro día-.
Su descontrol fue grande cuando le respondió con una sonrisa y una mirada llena de comprensión.
Desvió el arma que portaba.
A cada momento que pasaba percibía más su pequeñez.
Reconoció  lo mucho que pudo haber agradecido a la vida; ante sus ojos desfiló todo aquello que disfrutó, empezando por sus seres queridos.

En sus pupilas quedó grabada la imagen del hombre que dependía de la moneda que él le negó para completar el pan que ese día llevaría a los suyos.

Y al agudo dolor que le doblegaba se  sumó una gran vergüenza.

PALABRAS MAYORES – MEDELLÍN. Mercedes Castellanos

Noviembre 2009

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