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lunes, 3 de septiembre de 2018

Último minuto


Adriana Yepes

En ese instante, Javier recordó lo bien que le iba cuando trabajaba en el casino en la mesa de Black Jack. Sabía con precisión las reglas y de manera oculta, las trampas. Confiaba en lo aprendido, esperaba estar del otro lado para alcanzar a ganar la cifra que necesitaba, sabía que era cuestión de un par de horas para lograrlo, era poco  y mucho a la vez. Disponía de 24 horas para entregar el dinero,  le habían definido con precisión  los límites, conocía las reglas del  juego y sabía que las  cumplirían: “o lo traés, o no volvés a ver a Rosita, vos sabés “. Una y otra vez esta frase le daba giros en su cabeza como si en cada vuelta pudiera encontrar una solución a su preocupación.

Se vistió con su pinta de intelectual acomodado, corbatín y sombrero negro de fieltro, pantalón satinado y zapatos charolados, cabello engominado, su olor a limpio y pesadumbre se percibía con facilidad. De un portazo ya estaba en dirección al casino.
Le gustaba el ambiente, sabía que entre copa y copa, sumado al denso olor humeante se consiguen  olvidar  las penas aunque se gane o pierda.  El va con todo, es su única oportunidad. Ubica la mejor mesa, la más estratégica, aquella que supone comparte la  buena suerte. Golpea fuerte las fichas y da inicio al juego. Pierde un par de veces, mientras  entra en calor y ubica el estilo de los jugadores, en especial el de un hombre enigmático que lo observa sin parar por encima de las gafas. Lo saluda y hace la venia para que continúe en el juego, sabe que no es casual que ambos estén allí.  Siente una gota de sudor  frio bajando desde su frente. Todo va y viene, debe centrar una vez  más  su atención .Ganando confianza, apuesta un poco más, gana un par de veces.  El hombre lo observa, una y otra vez. Se decide, apuesta con todo lo que tiene .Toma un sorbo de licor levantando el vaso en señal de brindis con la mirada dirigida al hombre enigmático, y es allí entonces que  el repartidor luce sorprendido al entender que el, ha ganado un millón.
Sin más preámbulos, cobra el dinero y parte sin dar explicación alguna, sabe que después de ganar no es bueno salar la suerte jugando sin parar. Se desvía de su destino y entrega lo que debe, “todo bien”.
Camino a casa, en la madrugada  la brisa lo  despeina un poco, notando que olvidó su sombrero en el casino; sin detenerse y  sentado en el sofá de siempre, enciende un cigarrillo, con la mirada perdida y la mente confusa;  sabe que habrá muchos otros plazos en circunstancias similares, como una ruleta que solo se detiene para ganar o perder. Ya no más, piensa en Rosita. Cuánto la ama, como en una película sin  editar pudo recordar la primera vez que la sostuvo en sus brazos, sus manos pequeñas y blancas, eran tan jóvenes, fue el primer momento de ambos, los invadía el miedo, la curiosidad y el deseo eran una sinfonía multicolor que no les permitía pensar, solo vivir una experiencia mágica. Estuvieron tantas veces juntos, innumerables sueños pronunciados, planeaban hijos y querían recorrer el mundo, habían construido toda una leyenda. Poco lograron vivir de semejante historia que jamás editaron. Se veía a sí mismo tan perdido de su propio ser a los 30 años sin un propósito claro, y llevando de la mano a su Rosita tan solo con 24 años y una vida por delante, que pudo ver con claridad el sin sentido.
 Envuelto en una profunda nostalgia  escribe su último mensaje  “para  Rosita del alma, con mi  tormentoso  amor, pero amor al fin y al cabo “.

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