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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Jaki y yo


 
Yolanda de Tenorio
 
 
         Por entre las breñas, encaramado  en los árboles la miraba con  ojos  de perro chiquito  mientras me agarraba  con mis  manos de  mico  recién nacido.
         Me camuflaba, me recogía, me volvía un zurullo para verla.  Ella se acostaba desnuda al borde  de la piscina con sus  teticas,  dos copas  blancas boca abajo sobre su carne  morena,  para que  se pusieran canelas como el  resto de su cuerpo. Se ponía  un pañito en los ojos y abría sus piernas para que el sol  la calentara por dentro.  Desde los breñales la miraba y me asombraba su mata de pelo.  Acostada en el suelo  parecía una estatua  y yo caminaba con mis ojos su cuerpo.
Yaki  tenía  36  años.
Con cuanta ternura me miraba  cuando pasaba por  su casa con mi morral  al hombro rumbo a la escuela. Me atraía a ella, yo me abrazaba a sus piernas y aspiraba el olor de  su sexo, a la altura de mi olfato.  Me  olía  a mujer  fuerte, a mujer  que sabía hacer el amor.  Eso lo sé ahora.Un día vi  que  se había  esponjado. Su barriga   me impedía  llegar   al  nido donde ponía mi nariz.
         Parado frente a ella  la veía  amamantar a  Nando. Mientras él tragaba leche  que se escurría por  sus  comisuras, ponía  una mano sobre su otra  teta grande que quedaba al aire   con su botón entre rosa y violeta   descubierto ante mis  ojos. Me  extasiaba mirando   y mis labios se  movían  y succionaban  aire.
         La vida me arrastró. Crecí llevando  en mi mente las copas blancas  que  imaginaba llenas de vino y que se  llenaron de   leche  para  Nando. Recordaba  el desparpajo con que abría sus piernas, su risa  que subía y la sacudía, la cabellera negra que colgaba  sobre  sus hombros, pero sobre todo el olor de su sexo metido en mis sentidos  cuando   me  amarraba  a  ella.
           Volví después de  25  años.
          Podría camuflarme entre las breñas, subirme  a los árboles y sujetarme,   mirarla  subrepticiamente con ojos de perro ansioso, hacerle el amor, verla sacudida  por un orgasmo como lo soñé tantas veces, mirarla arrebatarse mientras su  larga cabellera es sacudida,  como   un río crecido, pero Yaki  a sus  61  años  es abuela,  Nando es un  jayanazo de 25,  padre de Raúl,  y yo   con mis  33  septiembres, todavía no encuentro  una mujer que me huela a  Yaki. 
 
 

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