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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Si pudiera decírselo

Yolanda de Tenorio
     
             La miraba, la miro. Siempre la miro. Desde  mi terraza tengo visión completa del apartamento  de los recién casados.  Solo tienen una cama redonda.
             Mi marido es agente de viajes.  Me he casado por un hijo. Lo tuve y lo perdí. Desde siempre mi marido se va y regresaba por inercia. Tenía yo treinta  años.  Miro la cama redonda.
            Es rubio, atlético, alto. Tiene una risa abierta  que  alcanzo a oír. Es piloto de avión, e igual que mi marido,  se pierde por días. Pero al contrario de nosotros, para ellos el reencuentro es una fiesta. Y como creo que se saben observados, la generosidad de grandes ventanas abiertas, cortinas corridas, me involucra en ese amor de cama redonda, que siempre termina en los más adorables aullidos, de lobos jóvenes que se mueren, mientras se van.
           Cómo deseaba   su risa  cuando  le hacía cosquillas con sus pezones, risa de francesita menuda, cintura fina, rizos rojizos   y ojos azules. Algunas veces Geraldine  y yo  nos encontrábamos casualmente en la panadería de la esquina  o en el servicio de máquinas lavadoras. Traté de acercarme a ella,  de hablarle, de ayudarla, fue inútil.
¿Cuántos años tendría? Veintiocho o treinta. A medida que la observaba fui llevando   un  diario  con el registro de los días:
Viernes 12 de Agosto
Hoy encontré  a Gustavo Adolfo  en el pasillo. Llevaba  camisa  gris  y pantalón gris, un poco más oscuro. 
Sábado 2  de Septiembre
Iban  de la mano,  caminaban despacio, tal vez van para el cine.  Salieron a las 6:15  y volvieron a las   9:40.
Sábado 18  de septiembre
 Salieron.  Ella lleva el vestido floreado con campanitas  que brillan y tintineaban con su andar, su pelo recogido, atravesado   por una peineta. Él la lleva del brazo.
Martes 2   de octubre
  A las  once llegaron. Encendieron las luces y fueron a la cocina.
Jueves 26 de octubre.
No deben estar en la ciudad. Hace tres días no los veo.
            
 Registré el amor de Geraldine, con el deseo de verla salir a la calle y acercarse a decirme en su mal español: Hola Clarisa, hoy hace frío.
 Jamás supo cuánto  necesité que hubiera pasado  su  brazo por mi cintura, que me hubiera tocado, dándome una gota siquiera de su lujuriosa calidez,  que  yo sentía en el alma.
  Jamás sabrá cuánto, cuánto lo necesité mientras noche  tras noche los veía volar felices por entre los cielos de su cama redonda, jamás lo sabrás mi dulce Geraldine,  oh mi  pequeña Geraldine...

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